Opinión

Recuerdos de un viejo zapato

Actualizado el 09 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

Opinión

Recuerdos de un viejo zapato

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Es que, en ocasiones, de vez en cuando, me detengo a pensar. Algo así como dejar de ser para continuar siendo. Entonces miro, contemplo, analizo las cosas, todo lo que me rodea que es parte de mí, pero que, por lo general, no me doy cuenta.

Por ejemplo, un zapato viejo, que pasó por años formando parte de lo inservible, con todo lo que fue y que aparentemente dejó de serlo. Pero si se mira con detenimiento, es posible pensar, admitir, que parte de lo que se ha sido está allí, guardado, recogido.

Iba con mi esposa, mi cuñado Manolo y Pepita, la esposa de Manolo. Íbamos alegres, despreocupados, caminando, una tarde de verano por aquel barrio periférico de la gran ciudad, sin rumbo.

Solamente íbamos por ir; hablando por hablar. “¿Te acuerdas de las retamas, allá en la playa de la infancia? ¡Qué bellas eran las retamas!; y siempre con un insecto revoloteando o un pequeño caracol, más allá, perdido en el espacio inmenso. ¡Un pequeño caracol, cómo puedo verlo ahora, tan delicadamente colocado en la arena, ahora, después de tantos años!”.

Sí, y nuestro padre que nos llevaba, que nos recogía en la playa, por la playa, entre la playa, mirando, observando y, también, deteniéndonos para pensar: que el mar, que los barcos, que los peces, que lo que vemos, que lo que no vemos, que lo que fuimos, que lo que dejamos de ser, que todo, que nada. Lo absoluto de una vida, concentrado en un momento olvidado, pero que siempre estuvo allí.

Manolo y su esposa Pepita, Lina y yo, perdidos, caminando despreocupadamente una tarde de verano, sin rumbo, por las calles de un barrio periférico de una gran ciudad cuando, de pronto, una pequeña zapatería y, en su escaparate, un par de zapatos, ¡qué bellos en su rusticidad! Entré, los compré y salimos completamente felices, los zapatos y yo.

Es que en ocasiones, de vez en cuando, es conveniente detener la marcha, solamente para pensar y comprender que no es cierto que todo lo que fuimos dejó de serlo. Un segundo de vida que recoge el recuerdo de un barrio, de una calle, de una pequeña zapatería, de una playa con su retama, puede regresar para demostrarnos que todo lo que hemos vivido continúa viviendo y que es posible que nuestra principal obligación sea evitar que desparezca el niño que llevamos en nuestro corazón.

De jóvenes, creamos lo que de viejos vamos a necesitar. Al final, solo somos el recuerdo de pequeños instantes de nuestras vidas.

Y nunca olvidar que las cosas que nos rodean nos hablan y nos cuentan historias, nuestras historias. Por esto, por todo esto, no debe tirarse a la basura un viejo zapato. Podría ser un suicidio.

Enrique Obregón Valverde es abogado.

  • Comparta este artículo
Opinión

Recuerdos de un viejo zapato

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota