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Recuerdos afectuosos sobre el papa Ratzinger

Actualizado el 12 de febrero de 2013 a las 12:00 am

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Recuerdos afectuosos sobre el papa Ratzinger

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Recuerdos afectuosos sobre el papa Ratzinger - 1
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Recuerdos afectuosos sobre el papa Ratzinger - 1

En el año 1971 tuve la ocurrencia de escribirle una carta al entonces profesor Ratzinger y lo hice con la impresión de estar desperdiciando tiempo, papel y estampillas. Sorprendido, recibí una respuesta calurosa que conservo en la memoria porque perdí el texto, que ahora sería un valioso autógrafo. Desde ese momento, sentí que ese civis bavaricus (así lo llamó Strauss en la despedida de Munchen) era eso, un bávaro que hacía honor a la proverbial amabilidad de los bávaros que consideran “pruso” todo el arquetipo de alemán que tenemos los ticos. Se confirmó mi impresión cuando me contestó una felicitación que le envié cuando el gran papa Pablo VI lo hizo cardenal y monseñor Barquero, obispo emérito de Alajuela, me contó que en una reunión muy seria que hubo con él en Colombia se notaba su amabilidad.

El así llamado “Panzer-Kardinal” no parecía cuadrar muy bien con sacerdote vestido de negro que atravesaba a pie en las tardes la plaza de San Pedro, deteniéndose a saludar a quien lo reconocía y tratando con respeto sumo incluso a los teólogos llamados a cuentas en la Santa Sede. Edouard Schillebeeckz y el mismo Leonardo Boff lo confirmaron luego de las sesiones en que se revisaron sus escritos. Si tener ideas claras y distintas convierte a las personas en “Panzer”, entonces sí que el cardenal Ratzinger calificaría para serlo, pero su talante sereno y cariñoso no parece confirmar semejante perfil.

El joven teólogo que influyera con discreción el Concilio Vaticano II tenía todo el ardor y toda la energía que un joven gasta al servicio de sus más nobles aspiraciones.

Tengo la impresión, habría que confirmarlo, de que las opiniones del cardenal Frings de Köln, que lo llevó como su experto al Concilio, están influidas por la sabiduría del joven teólogo bávaro. Recuerdo de las actas del Concilio que el cardenal Frings se atrevió a decir con gran libertad que el esquema sobre la revelación si libere loqui liceat, non placet (si es lícito hablar libremente, no place) y provocó con esto una discusión que hizo que ese esquema fuera de los últimos en aprobarse. Tengo la impresión de que Joseph Ratzinger estaba detrás de esto.

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Jamás me esperé que el que entrara cardenal al cónclave del 2005 saliera Papa. He admirado en estos años de pontificado la serenidad confiada del hombre de fe que sabe que en la Iglesia y en la vida cristiana “la gracia tiene prioridad absoluta” y por eso se da el lujo de vivir en paz y con confianza en la acción de Dios. Me ha encantado el ejercicio de su magisterio siempre con ideas claras y distintas, me han encantado sus homilías llenas de ciencia y sapiencia y siempre breves (ojalá aprendiéramos esta cualidad, por lo menos, ya que no tenemos ni la ciencia ni la sapiencia del papa Ratzinger), sus viajes exitosos, su valentía ante las incomprensiones cuando hizo una cita erudita en Regensburg o cuando no lo dejaron hacer una lección magistral en la universidad “La Sapienza” (¡qué ironía!) de Roma.

No he podido comprender mucho, aunque sí respetar, la solución universal que dio a un problema francófono, el del gusto por celebrar la Sagrada Eucaristía en latín y con los ritos antiguos, que no son tan antiguos, pero reconozco que son esfuerzos por atraer sectores de la Iglesia que parecen anclados en formas antiguas mientras otros sectores quisieran que nos adelantáramos a las épocas sin mucho discernimiento. Distingue tempora et concordabis iura...

La grandeza humana del papa Benedicto se pinta de cuerpo entero en la nobleza de reconocer que no tiene las fuerzas para ejercer el ministerio petrino y poner la renuncia a partir de las 20 horas del próximo 28 de febrero. Hacía siglos no se hacía esto, creo que desde Celestino V, a quien el Dante en la Divina Comedia coloca en el infierno llamándolo colui chi fece il grande rifiuto. Los creyentes más bien pensamos que la oferta que hace el papa Benedicto de seguir sirviendo a la Iglesia desde la oración, lo llevarán finalmente al premio eterno. Vivas et valeas, Sanctissime et Dilectissime Pater.

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