Opinión

Recogiendo mirrusquitas

Actualizado el 28 de agosto de 2013 a las 12:00 am

Los buenosgenerales dejanla piel enla batalla

Opinión

Recogiendo mirrusquitas

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

En una democracia hay cuatro poderes: legislativo, ejecutivo, judicial y popular. Este último es el superior y del que se desprenden los otros tres. En definitiva, es el único que puede dar solución a los graves momentos de crisis. Si en la actualidad estamos pasando por uno de estos difíciles momentos –como piensan algunos–, el buen estadista ha de recurrir a este cuarto poder.

Desde hace muchos años se aprecia en nuestro país un gran temor al pueblo por parte de no pocos dirigentes políticos. Rechazan la colaboración o el parecer de organizaciones populares y apelan a economistas, politólogos, vendedores de imagen y especialistas en todo, menos en el difícil arte de gobernar, para que les digan lo que deben hacer y cómo hacerlo. Sin embargo, no le preguntan al pueblo. La confusión es total y la democracia, así, se convierte en desorientada tecnocracia.

Por esta preocupante desviación, se olvida lo grande y se recurre a lo pequeño. La democracia de los partidos ideológicos, fuertes y consolidados, que dan sustento y base al gobierno representativo, la comienzan a sustituir por la cantidad: es mejor tener veinte partidos que dos (sostienen quienes andan confundidos con estos temas), pero eso no es cierto. Muchos partidos denuncian una democracia enferma, que es el mal que estamos padeciendo hoy en Costa Rica. Multipartidismo y ausencia de capacidad política son tendencias que marchan por el mismo sendero. Por esto se equivocan los líderes de partidos históricos que pactan con agrupaciones de ocasión.

Mirrusca es una palabra que el ingenio popular costarricense inventó y que la Real Academia Española recoge para enriquecer nuestra bella forma de hablar. Es un vocablo que significa pizca o porción muy pequeña. A mirrusca todavía la podríamos reducir más, empleando el costarriqueñismo de mirrusquita, que es el término al que deberíamos referirnos si deseamos analizar adecuadamente la política electoral de nuestros días.

El camino fácil. Nos hemos desviado y, en el desvío, estamos escogiendo el camino fácil. Ya no es la confrontación que ocasiona la propuesta pública de grandes proyectos transformadores –campo natural de lucha en el proceso de desarrollo de la democracia–, sino el acuerdo silencioso con pequeños grupos que nada representan y que solo aportan el virus de la pandemia que viene afectando a nuestra histórica forma de gobernar, grupos que se debaten en la más completa y total mediocridad.

PUBLICIDAD

Pactar con estos sectores es consensuar con la antidemocracia. En vez de recoger la herencia histórica que tenemos, los ejemplos de los verdaderos estadistas, pareciera que algunos han decidido inclinar demasiado la cabeza, perdiendo el panorama de los amplios horizontes, para recoger las mirrusquitas que solamente puede ofrecer una degradante democracia que ha sustituido la inteligencia y la razón por la demagogia y el más grosero de los oportunismos.

Acudir al consenso para gobernar es destruir toda posibilidad de avanzar. El consenso lo único que garantiza es la permanencia del estado actual de cosas sin modificación alguna. Piden consenso los conservadores. El buen gobernante se pronuncia, propone, confronta, fracciona, separa. En Costa Rica, el gobernante no usa la espada ni el chafarote del militar abusivo, usa el raspadulce de la cocina para partir el ayote por la mitad. En el siglo pasado, ayotes partieron Calderón Guardia y José Figueres. Hoy lo que nuestro pueblo está pidiendo es un gobernante con un buen raspadulce en la mano para rebanar corrupciones y ratificar derechos populares.

En condiciones normales, se gobierna peleando, proponiendo proyectos buenos y denunciando prácticas malas, pero no cediendo para evitar todo tipo de controversias. La democracia es combate, no pacto para permanecer pasivamente sosteniendo la jáquima a la mula por temor a jinetearla.

El político verdadero se apresta a la lucha pretendiendo que sus ideas triunfen y se impongan, por lo que no suscribe acuerdos para evitar la contienda. En política consensuar es rechazar las reglas democráticas, plegar las velas, doblegarse, ceder. Los buenos generales dejan la piel en la batalla y solo entregan sus cuarteles cuando han sido derrotados totalmente.

  • Comparta este artículo
Opinión

Recogiendo mirrusquitas

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota