Opinión

Realidad electoral: Venezuelay Costa Rica

Actualizado el 10 de enero de 2014 a las 12:00 am

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En 1998, la sociedad venezolana optó por una propuesta de cambio porque el modelo bipartidista conformado por Acción Democrática (AD, socialdemócratas) y Copei (democratacristianos), que gobernó durante 40 años (1959-1999), había dejado de representar a los sectores mayoritarios de la población. La corrupción, el alto costo de la vida y el desempleo alcanzaron niveles que hacían difícil el día a día para subsistir.

El bipartidismo creó las condiciones que los enterraría. Los lideres fundamentales de estos partidos ignoraban la realidad social de un país que reclamaba un cambio de rumbo en lo social, político y económico. El futuro para los distintos sectores de la sociedad era incierto. No se sentían representados por los partidos que por 25 años fueron la esperanza de un pueblo (1959-1984).

La dirigencia de AD y Copei habían perdido la capacidad de reinventarse y adaptarse a la nueva realidad: una sociedad que rechazaba la corrupción y demandaba una mejora en los servicios de salud, vivienda y educación. La respuesta fue continuar con más de lo mismo.

Ante esta situación, los sectores intelectuales, empresariales, universitarios y populares estaban desencantados e inconformes con AD y Copei, y le dieron la oportunidad a la antítesis de la democracia para gobernar el país: un militar que dio un golpe de Estado –sin éxito– en 1992. Prometía la inclusión de los sectores débiles de la sociedad mejorando su calidad de vida, ampliar la democracia de representativa a participativa, acabar con la corrupción, los niños de la calle y Acción Democrática, fortalecer el sector privado a través de las privatizaciones de las empresas públicas, frenar la violencia y reducir la burocracia.

Así, la propuesta electoral introdujo la esperanza de un cambio profundo, tanto de la clase política como de las propuestas sociales, dándole preeminencia a los sectores empobrecidos y excluidos que valoró como sujetos fundamentales del sistema democrático.

Mientras tanto, el bipartidismo lo estigmatizaba como autoritario, antidemocrático, propiciador de la violencia, con una personalidad que, de ganar, no titubearía en barrer con las instituciones y desatar un clima de terror que llevaría a una guerra civil.

Esta estrategia la aprovechó para crear una polarización social –creciente– que encontró en él su expresión política, y más tarde convertiría en resentimiento social. Por otro lado, el hábil manejo de los emblemas y símbolos patrios estimuló una muy necesitada elevación de la autoestima de los venezolanos, quienes llevaban cuatro lustros asistiendo a una regresión del proceso de modernización.

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Han transcurrido 15 años del triunfo de una alternativa que cabalgó sobre la transición irresuelta de la sociedad venezolana. Hoy, sus necesidades en lo social, político y económico siguen vigentes –más acentuadas– desde que decidieron optar por un cambio en 1998.

El cambio ocurrió en el sentido contrario: un Estado autoritario en la administración del poder, con elecciones para legitimar su origen, y propulsor del modelo comunal centralizado, con la alianza Cuba-Nicaragua-Ecuador-Bolivia (Alba).

Hay un paralelismo entre la Venezuela de 1998 y la realidad electoral costarricense de hoy.

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