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Rascar donde no pica

Actualizado el 23 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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En la víspera del proceso electoral 2014, habremos de escuchar cada vez con mayor frecuencia, vehemencia e intensidad, discursos alrededor de la prioridad que se le asignará al combate a la pobreza y la reducción de la desigualdad como ejes vertebradores de una nueva era de progreso para el país. Nadie osará negar la importancia de tal cometido.

Preocupaciones como esas han propiciado en el pasado reformas sociales profundas, sobre las cuales se han edificado los pilares de la identidad nacional. El problema de la actualidad es que, una vez diagnosticado el mal, los candidatos -médicos o no- no siempre proporcionan recetas adecuadas.

Lugares comunes. Para rascar donde pica el desafío de la pobreza nacional, conviene no detenerse en lugares comunes. El principal, harto recurrido, es la denuncia de la inoperancia de los programas sociales.

El argumento formulado por todos los actores del espectro político nacional es que la pobreza no se reduce porque los programas sociales son ineficientes, clientelistas y fuentes de corrupción. La solución de todos pasa por la magia tecnocrática: lo que hace falta es un sistema de información para identificar a todos los pillos que reciben ayuda sin necesitarla o que son receptores de múltiples beneficios.

Aceptando que existen problemas de diseño y ejecución en los programas sociales (nunca tantos ni tan graves como dice el juicio de valor), es preciso señalar que el propósito de las iniciativas dirigidas a atender a personas en condición de pobreza no es erradicarla. Se trata de programas diseñados para atender una amplia gama de derechos que la operación universal indiferenciada de las políticas sociales o el desempeño económico excluyente no garantizan.

No son solamente acciones para la compensación de ingresos por medio de la entrega de efectivo: muchos otorgan prestaciones en especie, como la asistencia alimentaria y nutricional de los CEN CINAI y los comedores escolares o las ayudas técnicas del Consejo de Rehabilitación. Otros ofrecen transporte para estudiantes de bajos ingresos en zonas alejadas de los centros educativos. Otros más aportan financiamiento a proyectos comunitarios que proporcionan empleo temporal a personas desempleadas. Están muy lejos de ser la repartición indiscriminada de sobres con dinero que algunos se imaginan. Justamente por esa diversidad de prestaciones, muchos de estos programas no son susceptibles de integrarse en una sola entidad prestataria. Se requiere de especialización y conocimiento técnico de la materia.

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Asignaciones vitalicias. Y en cuanto al tiempo, ante una buena parte de las carencias que cubren, algunos programas se presentan como asignaciones vitalicias no temporales, como es el caso de las pensiones del régimen no contributivo.

Con una perspectiva basada en los derechos, que corresponde al siglo XXI, y no en la atención de los pobres meritorios, que proviene del siglo XIX, estas asignaciones son parte de la aspiración por un ingreso mínimo de subsistencia para quienes, temporal o permanentemente, no pueden obtenerlo por sus propios medios. Pero si alguien cree que en Costa Rica las personas en condición de pobreza viven de la ayuda del Estado, eso tampoco es cierto. Estos programas representan solo el 12% de los ingresos de los hogares del 20% más pobre (INEC 2012).

Los programas sociales selectivos no están diseñados para erradicar la pobreza.

No obstante, son necesarios porque cumplen funciones esenciales para la protección social ante riesgos específicos que no perjudican a toda la población sino a grupos sociales diferenciados.

Origen de los ingresos. La causa principal de la pobreza en nuestras sociedades está en el origen de los ingresos. Con la excepción de quienes viven de las rentas, todos los demás generamos ingreso a partir del trabajo. El problema es que el acceso a las fuentes de empleo presenta una discriminación negativa para las personas en condición de pobreza: mientras entre las personas no pobres la tasa neta de participación en el mercado laboral es de 63%, entre las personas en condición de pobreza cae al 46%. (Idem) Y si no hay trabajo, tampoco hay ingreso estable y suficiente. Se construye un círculo vicioso: las personas caen en la pobreza porque no acceden a empleos decentes y no logran tales empleos porque están en condición de pobreza.

Para romper ese ciclo es necesaria una asignación desproporcionada de oportunidades a los grupos más carenciados: en educación básica, capacitación para el trabajo y oferta laboral. Algunas de ellas son tareas de la política pública, otras muchas, responsabilidad del desempeño económico y la iniciativa privada.

Para establecer la eficiencia de un sistema social en la lucha contra la pobreza, debe ponerse especial atención en la capacidad del funcionamiento económico para integrar a las personas a las oportunidades del mercado laboral. Esto es, por cierto, más una tarea de políticas económicas que de políticas sociales.

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Esperemos, pues, que en la gestión macroeconómica futura importen tanto las metas de empleo incluyente como las de inflación.

En fin, si alguien le dice que el problema de la pobreza se encuentra en la ineficacia de los programas sociales, pídale que rasque en otro lado.

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