Opinión

Rápidos y asesinos

Actualizado el 19 de abril de 2015 a las 12:00 am

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Las lágrimas de la madre de Verónica Guerrero Gamboa nos dejaron el corazón en un puño. Ella, con su sonrisa llena de confianza en el futuro y su birrete con el 2014 colgando de un lado, se convirtió en una estadística más.

Es lamentable que Maricruz Leiva, periodista que a diario hemos dejado entrar a nuestra casa, sufriera tan trágico accidente. Igual de lamentable son los miles que lo sufren, pero ella le dio un rostro al costo humano de la velocidad temeraria. Ella y la adorable joven de 17 años con quien había pasado una semana de vacaciones idílicas al lado del mar.

La noche del mismo día, un grupo de jóvenes se congregaron en la gasolinera Delta, sobre la carretera de Pavas, como lo hicieron todos los días de Semana Santa. Muchos, con licor en mano, se aprestaron a ser testigos y celebrar las muestras de hombría en los piques. La carretera de Pavas es tomada por estos galanes y los vecinos despertamos en estupor ante el escándalo de motores, frenos, aceleradores y derrapes. Entre las 11 p. m. y las 3 a. m. las llamadas al 911 son constantes.

Un par de meses antes, a mediados de febrero, don Luis Guillermo Salas Maroto, de 81 años, había madrugado para llevar bolsas a la feria del Agricultor de Pavas. Se bajó del bus y, mientras caminaba por la acera, un picón de 23 años lo atropelló, lo mató y se dio a la fuga. Él, un trabajador dedicado a su edad, fue enterrado al día siguiente. El picón fue localizado en el hospital y puesto en libertad.

Ese mismo día en la noche, unos 80 jóvenes vitorearon a varios automóviles modificados y a unas 20 motocicletas. Los machos al volante se lucieron realizando piques en la misma carretera donde había sido asesinado don Luis Guillermo menos de 24 horas antes.

Cerca de una semana después de la muerte de don Luis Guillermo, una empleada de un call center salía del trabajo luego de cumplir su horario laboral vespertino. Para su desgracia, otro de los varones que necesitan cultivar su vanidad con velocidad la embistió y ella murió en el lugar. El suceso apenas se cubrió en las noticias.

“¿Conseguiste tapones de oído tamaño niño? Los que tengo son adulto y ya me cuesta despertar a los chicos a tiempo para llegar a la escuela. Y como los piques los despiertan sobresaltados, cuesta mucho que se me vuelvan a dormir”, me pregunta una vecina en el supermercado.

A finales del 2013, un contador guadalupano, parqueado en Sabana sur, fue embestido por un picón a toda velocidad. Pensamos, entonces, que su muerte sinsentido iba a ser la única llamada de alerta necesaria para que las autoridades tomaran responsabilidad. Y efectivamente se logró detener el comportamiento delictivo. A esta hora de la madrugada, mientras escribo esta nota, escucho los piques en Sabana oeste.

Al llamar al 911 me preguntan si es la zona de Sabana sur donde recién se reportaron también piques; la misma calle donde aquel diciembre vivimos lo que esperábamos fuera la única muerte por velocidad temeraria en el marco de una fiesta de piques.

¿Qué ha pasado en el 2015? A pesar de la cobertura noticiosa, a pesar de los anuncios de hashtag de #nomáspiques y #callesmásseguras y a pesar de alguno que otro operativo, no vemos soluciones sostenibles ni constantes. Es más, lo que vemos con temor y desazón es que se incrementa día a día una actividad delictiva pública, celebrada y planificada. Actividades en que vanidades machistas ponen en riesgo y han costado la vida a trabajadores honestos.

No poder proveer a los ciudadanos la paz y seguridad mínima deteniendo de cuajo las fiestas de velocidades temerarias donde son evidentes y prácticas comunes, es la muestra más contundente de un Estado fallido.

La autora es abogada.

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