‘Queremos hospitales calidad FIFA’

¿Qué sucede con los gobernantes que no quieren escuchar?

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Esta frase era una de las consignas escritas en una de las miles de pancartas que desfilaban por las calles de Brasil, el pasado 20 de junio, ante la protesta por el gasto millonario de 15.000 millones de dólares, por parte del Estado en la organización de la Copa Mundial de Fútbol, en contraste con la desatención a las verdaderas necesidades del pueblo brasileño. La última semana del otoño en Brasil ha sido marcada por las manifestaciones más grandes en décadas que han hecho recordar a muchos las marchas prodemocracia de los años ochenta.

Lo que se inició como un reclamo al aumento de la inflación reflejado en el incremento de la tarifa de los buses en el municipio de Sao Paulo, se ha convertido en un movimiento generalizado a lo largo del país. Un mar de gente ha tomado las calles principales de Sao Paulo, Río de Janeiro, Brasilia, etc. Las protestas mayormente pacíficas terminaron en saqueos esporádicos en varias ciudades.

Frustraciones políticas. Las multitudinarias protestas parecen ahora sumar frustraciones más generalizadas contra la clase política: falta de infraestructura y de transporte adecuado, el aumento en el costo de la vida, la violencia, la falta de acción en las prioridades nacionales, el repudio a la corrupción y al uso descuidado de los fondos públicos; asimismo, demandan que los recursos se inviertan en escuelas y hospitales con servicios de calidad que requiere la población.

Brasil es conocido por ser un pueblo alegre pero tal vez pasivo. En Sao Paulo y otras ciudades, los manifestantes corearon “el pueblo despertó” con la melodía de una ovación de fútbol popular. Para algunos las protestas masivas pero difusas representaban una especie de “despertar” de una nueva clase media brasileña que se ha expandido enormemente durante el boom económico, y ahora está exigiendo una mayor rendición de cuentas de su clase política. No existe una sola voz para el movimiento de protesta. Según una encuesta de Datafolha, se congregaron a marchar en Sao Paulo el lunes 17 de junio unas 65.000 personas, de las cuales el 77% posee un nivel de educación superior y el 84% manifestó no tener afiliación política.

La corrupción y la impunidad han alimentado el malestar de los brasileños, a pesar de que el Tribunal Supremo condenó a alrededor de dos docenas de políticos por prácticas corruptas e ilegales, diez están en la cárcel, y varios están de vuelta en el Congreso haciendo las leyes. Los estadios son también símbolo del “descuidado” uso de los fondos públicos. Nuevos estadios para la Copa del Mundo en ciudades lejanas parecen un poco como gastos frívolos, en un país donde las carreteras, los trenes y los hospitales siguen siendo emblemas del peor pasado de Brasil.

La respuesta de la presidenta Dilma Rousseff, del Partido de Trabajadores, fue respaldar el movimiento de protesta. “Brasil se despertó hoy más fuerte, la grandeza de las manifestaciones de ayer demuestra la importancia de la democracia”, dijo Rousseff en Brasilia, “los que fueron a las calles dieron un mensaje que quieren más ciudadanía, mejores escuelas, mejores hospitales, más participación”.

Las señales mostradas por Dilma indican su anuencia a escuchar a la ciudadanía, y se han anunciado una serie de posibles medidas, incluyendo el convocar una constituyente para cambiar el sistema político. Sin embargo, se espera que esta actitud vaya acompañada de acciones concretas, con mejoras palpables en el corto plazo, sobre todo en materia de transporte público.

Democracia y representatividad. La democracia, en ningún país, autoriza a los gobernantes a ignorar las demandas del pueblo, a utilizar la indiferencia ante la controversia. La legitimidad de los políticos depende de la representatividad que realicen del pueblo y de las acciones que emprendan para resolver sus necesidades.

El expresidente estadounidense John F. Kennedy decía que “ningún presidente debe temer al escrutinio público, pues de ese escrutinio surge el entendimiento y de esa comprensión emana apoyo u oposición. Y ambos son necesarios.”

A pesar del crecimiento de la última década, las manifestaciones públicas son los mecanismos que los ciudadanos y las ciudadadanas están empleando para expresar su opinión y acceder a la toma de decisiones políticas. En particular en situaciones donde el descontento del pueblo se ha venido acumulando como sucede en Brasil, donde se detona este malestar en la coyuntura de la organización del Mundial 2014. Para los brasileños es incomprensible que se escojan más sedes de las que resultan necesarias para la realización de la Copa, permitiendo al Gobierno invertir en la construcción de estadios, como cortina de humo ante posibles actos de corrupción que se camuflan en la edificación de estas obras.

El uso del sentido común. Es por eso que los brasileños claman por “hospitales calidad FIFA”, porque se invierta en salud, en educación, en mejorar la infraestructura y el transporte público. ¿Qué sucede con los gobernantes que no quieren escuchar?, ¿qué sucede que no quieren invertir en obras que el país requiere?, ¿por qué muchas veces se observan ejemplos de proyectos que no son rentables para un país y, aun así, se invierten los recursos públicos y luego se entregan a manos privadas?

El ejercicio de un puesto político debería descansar sobre el uso del sentido común, una actitud responsable en el manejo de los recursos públicos y su utilización en lo que es verdaderamente importante, basándose en el valor de la honestidad y sin subestimar, jamás, pero jamás, al pueblo.

Los políticos en Brasil se han equivocado. Ni el crecimiento económico, ni el amor al jogo bonito les dio carta blanca para la construcción de elefantes blancos, la corrupción y el descuido de las necesidades del pueblo. Hoy en las calles se los recuerdan.

Dra. Laura Alfaro Maykall Profesora Catedrática Universidad de Harvard

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