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Puriscal: conservar o demoler

Actualizado el 25 de octubre de 2009 a las 12:00 am

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Puriscal: conservar o demoler

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Ciertamente, hay ocasiones en que para construir el mañana, hay que demoler el ayer. Pasa, muchas veces, con las instituciones y, no pocas, con las edificaciones, caso en el que puede ser que el criterio de la conservación por la conservación –concepto pasivo, burocrático y arqueológico de “preservar” de por sí– atente más que contribuya a la creación de un mejor porvenir. Sobran casos que mencionar en Costa Rica.

Sin embargo, en esta ocasión deseo referirme a la planteada demolición del viejo, hermoso y muy valioso templo de Santiago Apóstol en Puriscal, una barbaridad, digámoslo de una vez y con todas las letras, que está pasando hoy y aquí ante nuestros ojos, sin que esos mismos ojos se conmuevan ante tanta ceguera compartida, de parte del Ministerio de Salud por un lado y de la Iglesia Católica por otro. Porque son ambas instituciones las responsables de impulsar una y aceptar la otra, lo que pareció ser desde su anuncio una decisión tomada, sin tomar de previo en cuenta lo que sobre el particular pudieran aportar otros... los especialistas en el campo de la restauración arquitectónica, la ingeniería estructural y la promoción cultural, por ejemplo.

Olvidos compartidos. Porque si la Iglesia Católica está, como dijo estar ( La Nación , sábado 10 de octubre, 2009, página 10A) “a favor de la vida”, debería entonces favorecer la conservación de los monumentos que, como en este caso, les recuerdan a los pueblos la lucha que dieron sus antepasados por ella; entiéndase, por su propia vida y por su fe ancestral, que era la católica, precisamente. Pues ese es el caso de Puriscal, comunidad que como otras de nuestra entonces área rural, hizo innumerables esfuerzos para dotar a su parroquia de un edificio digno de esa jerarquía y de su santo patrono, templo que es centro e icono de esa población hasta la fecha.

El Ministerio de Salud, por su parte, debería recordar que la salud de un pueblo, por lo menos en un sentido integral, pasa también por su memoria. Pues el arraigo cultural, está de sobra decirlo, es uno de los elementos sociológicos indispensables para una vida sana en comunidad, para su “salubridad”; como bien sabían los gobernantes liberales que nos dieron esa institución, y en cuyo pensamiento de estadistas el sanitario era solo una parte del más amplio ideal civilizatorio que los impulsaba. No en balde entonces a la creación de un cantón por el Estado, solía seguir la réplica de su respectiva parroquia por parte de la Iglesia; luego venían la escuela y la cañería, el dispensario y el alumbrado, y como una consecuencia casi de esa sana vida comunal, la construcción de un nuevo templo, orgullo aldeano.

¿Y la comunidad? Y precisamente por eso, una de las cosas que más extraña en este trágico trance para el patrimonio construido del país es, si no la ausencia, al menos sí su presencia organizada levantando la voz del arraigo y del orgullo, de la gente de esa comunidad, hoy agredida por las dos instituciones dichas. Porque a mi juicio no se trata de protestar tan solo, ya sea mediante el cotilleo privado o la queja pública, justa por demás, sino de llevar el asunto al plano de la organización comunal y de la movilización popular para exigir el respeto a uno de los tácitos derechos ciudadanos: el de la memoria social, representada en este caso por el más importante edificio cantonal.

Tampoco se ha escuchado, con claridad al menos o publicada en los medios, la posición de la Municipalidad de Puriscal… si es que tiene alguna, dada la indigencia política en que vive nuestro régimen municipal. En cualquier caso, ojalá no se esté escudando ese órgano en que el templo es de las Temporalidades de la Iglesia, porque este es un asunto que al afectar al interés público, va más allá de la inviolabilidad de la propiedad privada.

Pero, de ser así, cabe recordarles a los puriscaleños que el Código Municipal dice claramente en su artículo 1.° que: El Municipio está constituido por el conjunto de vecinos residentes en un mismo cantón, que promueven y administran sus propios intereses por medio del gobierno municipal ; de modo que no es pretexto si el gobierno local no se comporta a la altura y no representa en este caso a la Comuna: hay que exigírselo entonces o buscar los medios alternativos de representar ese interés.

De la protesta a la propuesta. Porque existe para ellos, si de verdad están interesados, otra opción a la demolición prevista: la conservación del edificio y su reconversión funcional a favor, una vez más, de la comunidad que lo creó. Esto, porque, según el criterio del Centro de Patrimonio del Ministerio de Cultura, este podría quedar como la otra parroquia nuestra dedicada a Santiago Apóstol: “en ruinas”, pero debidamente reforzado en su estructura para que no implique el peligro objetado, como tampoco lo hacen las de Cartago.

Eso, con las lógicas previsiones de seguridad que amerita y con un acuerdo interinstitucional que lo permita, le brindaría a la cabecera de Puriscal un importante punto de atracción turística hacia el exterior y, más importante aún, un espacio de difusión cultural hacia el interior, como el que cumple ahora, luego de su restauración, el antiguo Mercado Municipal de Ciudad Colón, tan cercano además, que es en mi opinión modelo de fácil y honrosa emulación.

Es cierto que es más sencillo plantearlo que hacerlo. Pero otra vez es cuestión de imaginación operativa y de esfuerzo comunal, algo que, a juzgar por la materialidad magnífica del templo mismo, no les faltó a los puriscaleños de ayer, que lo construyeron pensando en el mañana de quienes hoy pueden dejarlo caer ante la arbitrariedad institucional… que es lo que deberíamos, todos los costarricenses, empezar a demoler de una vez si queremos construir un mejor porvenir.

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