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De la Primera Guerra Mundial a hoy

Actualizado el 03 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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De la Primera Guerra Mundial a hoy

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Recientemente se ha conmemorado con luto y análisis crítico, el inicio de la Primera Guerra Mundial, continuada y concluida en la Segunda Guerra Mundial con la participación determinante del fascismo, el nazismo y el absolutismo nipón de corte militarista y teocrático.

Fuerzas emergentes. Todos estos movimientos fueron parte de la reacción y acomodo de las fuerzas emergentes por el vacío político, económico y militar que, desde 1919, sacudió a una Europa dividida y devastada, donde los más favorecidos fueron los movimientos y partidos socialdemócratas, y aquellos otros de corte totalitario de base marxista y antimarxista.

Con el fin de la Primera Guerra Mundial en 1918, por medio del abusivo, absurdo y vengativo Tratado de Versalles, se puso también fin a las dos fuerzas prevalecientes en el Mediterráneo oriental desde la caída del imperio bizantino: el Imperio austro-húngaro de los Habsburgo y el Imperio otomano, cuyas desmembraciones territoriales y políticas quedaron reflejadas desde Saravejo en Bosnia hasta Haifa en Palestina.

En efecto, la caída del imperio de los Habsburgo dio paso al nacimiento de Austria, Hungría, Checoslovaquia (dividida pacíficamente en 1992) y a la desaparecida Yugoslavia, con su trágica desintegración, apenas a setenta años de su creación como Estado, desde la raíz del reino de los serbios, croatas y eslovenos.

Por su parte, el Imperio otomano quedó reducido a la meseta de Anatolia con sus costas marítimas, cuando antaño había dominado la mayor parte del Mediterráneo oriental y las provincias árabes de África del Norte, a excepción de Marruecos.

A lo anterior se suman dos hechos de relevancia complementaria, durante y después de la Primera Guerra Mundial: la caída de las monarquías alemana y rusa, y la de sus respectivos imperios.

En todo caso, a pesar de las múltiples especulaciones, no cabe duda de que las verdaderas y determinantes causas de la Primera Guerra Mundial se debieron tanto al marcado impulso de los nacionalismos para la formación de nuevos Estados nacionales, con elementos étnicos, lingüísticos y religiosos, como a las rivalidades expansionistas coloniales en Europa, sobre todo al este y al sur de la cuenca Mediterránea.

De esta forma, parte del ideario del romanticismo del siglo XIX quedó plasmado en toda la corriente nacionalista del siglo XX, con un impulso renovado por los movimientos nazi-fascistas que, aunado a la gran depresión económica de 1929, con el aumento de la pobreza y desocupación, fue abono de cultivo para la consolidación de los nuevos regímenes totalitarios como expresión transformada del viejo autoritarismo político, en combinación con el desarrollo de los medios –o, mejor, fines– de comunicación masiva.

En 1932, por ejemplo, Alemania no estaba en condiciones de pagar las reparaciones impuestas por el Tratado de Versalles considerado como “un puñal en la espalda” en el anquilosado Reich. También los comunistas y anarquistas sacaron real provecho de la crisis existente, sin dejar de lado la expresión del nacionalismo franquista y antirrepublicano en España, con una guerra civil de amplia participación nazi, fascista y estalinista, y la dictadura de Salazar en Portugal, entre otros.

Consolidación de Estados. Luego de la Segunda Guerra Mundial se consolidaron muchos Estados independientes y el avance del derecho internacional, con especial énfasis en la protección de los derechos humanos.

El nacimiento de nuevas proclamas a nivel regional y de distintas constituciones políticas, bajo la defensa de los Estados de derecho y sociales, darán fundamento sólido a la nueva corriente de los Estados democráticos como Estados participativos, y no ya solo representativos, en el ejercicio del poder público.

Así se dio forma a los llamados “Estados constitucionales” como garantes de los principios republicanos, aun en monarquías parlamentarias, en cuyo sustrato esencial radica el disfrute y defensa de los derechos humanos, dentro y fuera de las fronteras estatales, como parte de la justicia pronta y cumplida a nivel universal.

Sin embargo, una realidad se impone a partir del símbolo de la caída del Muro de Berlín, con la desaparición de la Guerra Fría y el enemigo del comunismo como fuerza antitética de la libertad individual y social, lo cual, sumado a la tragedia del 11 de setiembre, ha dado paso para que los islamistas o, simplemente, musulmanes sean –en la perspectiva nacionalista y torcida de algunos– los emergentes enemigos de la civilización occidental. De nuevo, al traste con los derechos humanos como simple expresión semántica, sin contenido práctico-existencial.

Así, lo que fue contra los judíos durante el régimen nazi es ahora contra los musulmanes, con políticas de implementación antiinmigratoria, segregacionista y discriminatoria en el (in)culto continente europeo y, en especial, a través de las nuevas tendencias políticas y electorales de estirpe xenofóbico, radical y populista, que han aumentado su caudal participativo en el Parlamento europeo y en distintos Parlamentos de Estados miembros de la Unión Europea.

Nacionalismos a ultranza. De nuevo, resalta la cara de Jano con los nacionalismos a ultranza que sacan multiplicado provecho de las crisis económicas, la desocupación y la pobreza, con el populismo y la mentira a boca de jarro, y con la proclama común de la amenaza a la cultura y estabilidad social en cada Estado, aunque, claro, con el cuidado de no tocar ni exhibir el maloliente término de la “raza inferior” frente a la “raza superior”, no obstante su presencia, algunas veces solapada y otras evidente, en las distintas manifestaciones y proclamas nacionalistas.

No se trata, entonces, de un simple euroescepticismo, sino de la potencial y latente aniquilación de la Unión Europea forjada desde las cenizas de la destrucción colectiva, que tomó gran fuerza asesina a partir de la Primera Guerra Mundial.

Sin duda, los nacionalismos a ultranza en Europa han sido fuerza causante de las dos guerras mundiales y de guerras regionales, e incluso, desde la era napoleónica, han favorecido el colonialismo a sangre y fuego que, en la jerga nazi, pasó a llamarse “espacio vital” como elaboración conceptual y sutil que envolvió y legitimó a su manera el robo, sojuzgamiento y explotación de los conquistados, con apropiación de sus riquezas naturales y de los distintos bancos centrales de los Estados invadidos, pasando por las obras de arte, tierras y esclavitud como fuerza motora y necesaria en la economía de guerra, y más allá de esta.

Rescate de valores. En todo este panorama, nada lozano para el futuro de la humanidad, se impone, entonces, el rescate de los valores y fines de las democracias liberales, sociales, y participativas desde la base ciudadana, donde el imperio del ordenamiento jurídico y no ya solo de la ley ordinaria, sea respetado y ejecutado como medio óptimo para la salvaguarda de sus valores insertos en la expresión del derecho escrito y no escrito, que, a la vez, queda inmerso en el contenido rector del disfrute y protección de los derechos humanos.

Si bien es cierto que los Estados deben proteger sus tradiciones, costumbres, aspiraciones e intereses compartidos en sociedad, tanto en el ámbito del derecho público como del privado, el fin último de cualquier organización y actividad política es el ser humano, como entidad individual y distinta, aunque también como sujeto de derechos y obligaciones que, a la vez, sea receptor de la aplicación igualitaria del ordenamiento jurídico, bajo la tesitura aristotélica de la igualdad entre iguales y desigualdad entre desiguales.

Así, pues, las leyes contrarias a la inmigración, de tinte racial, represiva y excluyente, a todo aquello que huela a extranjero, son de contenido explosivo –recuérdense las leyes de Nüremberg de 1935 en la era nazi–, por lo cual deben dictarse y aplicarse disposiciones normativas que favorezcan el filtro en la escogencia, con adaptación técnica y eficiente a las necesidades de cada Estado y sociedad, sin posturas radicales, dogmáticas y prejuiciadas, pues cada ser humano tiene su valor como proyecto y realidad de vida, y como entidad con historia, cultura y preparación. Esto es de enorme utilidad para el desenvolvimiento de la producción a niveles material e intelectual.

Otro elemento se impone en este repaso histórico y diatriba liberal y social: el espejo de la historia queda unido a la memoria individual y colectiva de los pueblos de Europa. Si bien no han podido consolidar un solo Estado europeo con múltiples nacionalidades, a la manera de una federación donde los conflictos entre Estados se dirimen por el derecho interno, a partir de una constitución primigenia y de unidad en la organización y actividad estatal debe darse un plan de compromiso público por parte de las fuerzas opositoras a la Unión Europea.

Y esto debiera sentar los fundamentos para formular, con amplia participación y sobre la mesa, la eventual formación de una confederación de Estados a nivel europeo, con Estados independientes, pero con objetivos compartidos y con prevalencia, en caso de conflicto entre los Estados, del derecho internacional sobre el derecho interno.

Lo anterior no contradice la posición nacionalista de cada partido o propuesta, y daría firmeza y fe para que Europa pueda mantener su vínculo en paz, colaboración y libertad. Lo demás es pura destrucción y enemistad con la democracia y la libertad, y, además, sería una muerte anunciada sobre la muerte consumada en la tragedia compartida.

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