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Primavera Árabe: el ganador menos pensado

Actualizado el 21 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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Primavera Árabe: el ganador menos pensado

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PARÍS – La guerra de Irak (que en el 2003 produjo la caída del régimen de Saddam Hussein) tuvo un claro ganador: Irán. La intervención militar dirigida por Estados Unidos provocó el debilitamiento de los regímenes sunnitas de Oriente Próximo (aliados tradicionales de Estados Unidos) y el fortalecimiento del principal enemigo de los estadounidenses en la región: la República Islámica.

Diez años después, es posible que estemos siendo testigos de otro resultado irónico en la región: al menos por ahora, el único ganador claro de las revoluciones de la “Primavera Árabe” parece ser Israel.

La mayoría de los israelíes cuestionarían decididamente esta interpretación, ya que el entorno regional en el que se encuentran se ha vuelto mucho más inestable e impredecible. Hace pocos días, el sistema de misiles de defensa de Israel (la “Cúpula de Hierro”) interceptó un cohete lanzado desde el Sinaí que iba dirigido al puerto de Eilat.

A diferencia del pasado, hoy ninguna frontera israelí es segura, lo cual vale especialmente para la larga frontera con Egipto. Las alianzas implícitas no se pueden dar por ciertas. Todas las hipótesis son posibles. ¿Puede Israel seguir siendo un oasis de estabilidad, seguridad, modernidad y crecimiento económico en un entorno tan volátil?

La respuesta, obviamente, es “no”. Aunque Israel siempre está expuesto a la tentación de considerarse una especie de Arca de Noé moderna, no lo es. Tel Aviv se ha convertido en una mezcla de San Francisco, Singapur y São Paulo, pero no deja de estar a menos de 300 kilómetros de Damasco. En opinión de los pesimistas (o realistas, según se mire), Israel debe mantener un estado de alerta máxima para minimizar los riesgos que enfrenta.

Sobre todo, muchos israelíes (tal vez, la mayoría) creen que no es momento para ser imaginativos y audaces. La reanudación del proceso de paz con la Autoridad Palestina puede ser solamente una tapadera. Israel no puede ignorar a los estadounidenses, igual que lo hace el Ejército egipcio mientras masacra a sus oponentes islamistas.

Pero es posible una lectura muy diferente de la situación. Lo que comenzó como una revolución en el sentido dieciochesco del término se está convirtiendo en una reproducción de las guerras religiosas que asolaron Europa entre 1524 y 1648, enfrentando a católicos y protestantes como hoy se enfrentan sunnitas y shiítas. (Sin embargo, lo que estamos viendo en Egipto no es otra cosa que el regreso de un estado policial militar).

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Se podrá estar en desacuerdo con esta interpretación eurocéntrica, pero está claro que los países musulmanes de Oriente Próximo tendrán bastante de qué preocuparse con sus luchas intestinas como para prestar atención a Palestina o a la existencia de Israel. La guerra contra judíos o cristianos quedó necesariamente en segundo plano (excepto allí donde, como sucede en Egipto y Siria, se ve a las minorías cristianas como aliadas del régimen).

Hay, incluso, algunos casos de cooperación explícita con Israel. El régimen jordano está luchando por sobrevivir en un entorno sumamente complicado y necesita de la colaboración de los israelíes en materia de seguridad. De hecho, en este momento las fuerzas israelíes y jordanas trabajan juntas para asegurar sus respectivas fronteras contra la infiltración de yihadistas venidos de Irak o Siria; por su parte, Egipto e Israel comparten ahora un mismo objetivo en el Sinaí.

De modo que la paradoja de las revoluciones árabes es que han contribuido a la integración de Israel como socio estratégico (de algunos países) en la región. Solamente en la guerra civil siria ya se han perdido más vidas árabes que en todas las guerras árabe-israelíes combinadas.

Por supuesto, no hay que apresurarse a sacar conclusiones erróneas. Puede ser que Israel se haya convertido, hoy más que nunca, en un socio estratégico clave de algunos regímenes árabes, incluso aliado de facto contra Irán (como ocurre en el caso de Arabia Saudita), pero esto no implica que sus vecinos se hayan resignado, emocionalmente hablando, a su presencia permanente en medio de ellos.

Tampoco implica que Israel pueda hacer lo que quiera, cuando o donde quiera. Por el contrario, el Gobierno israelí no debería usar la conmoción regional como justificación para no hacer nada por resolver el conflicto con los palestinos. Las condiciones actuales son indudablemente inciertas, pero se pueden ver como una oportunidad: un momento para pensar en hacer grandes sacrificios a cambio de supervivencia a largo plazo.

Israel debería hablarle al mundo árabe en estos términos: “Puede ser que no les caigamos bien y puede ser que eso no vaya a cambiar nunca, pero ni somos el principal problema de ustedes, los árabes, ni deberíamos haberlo sido jamás. Ahora está claro que tienen otras prioridades por las que preocuparse”.

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Tal vez el atolladero en que están metidos los árabes no esté creando condiciones para la paz y la reconciliación entre los israelíes y los palestinos, pero ha convertido la “tregua estratégica” por la que abogan muchos líderes árabes en la única alternativa concebible. Los árabes no pueden estar en guerra consigo mismos y con Israel al mismo tiempo.

El caos que se desarrolla en Oriente Próximo puede (y debe) cambiar el modo de actuar y de pensar de los protagonistas. Ya no basta el análisis de corto plazo. Los líderes israelíes deben adaptar su pensamiento estratégico al nuevo Oriente Próximo que surgirá en algún momento del actual desorden.

Esto implica que Israel no debe aprovechar esta oportunidad para construir más asentamientos en tierra palestina o para ampliar los ya construidos (como parece ser la determinación del gobierno de Benjamín Netanyahu). Puede ser que hoy Israel sea el ganador de la Primavera Árabe, pero la prudencia debe aconsejarle no abusar de la victoria.

Dominique Moisi es profesor en el Institut d’études politiques de Paris (Sciences Po), asesor superior en el Instituto Francés de Asuntos Internacionales (IFRI) y profesor visitante en el King’s College de Londres. © Project Syndicate.

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