Opinión

Populismo sin el pueblo

Actualizado el 21 de abril de 2013 a las 12:00 am

Democracia liberal: espacio para perspectivas diferentes y opciones políticas sustitutivas.

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PRINCETON – La victoria por muy poco margen de Nicolás Maduro en las elecciones presidenciales de Venezuela plantea una cuestión importante (independientemente de la planteada por la oposición de si Maduro ganó de verdad las elecciones): ¿puede prosperar el populismo sin un dirigente carismático y genuinamente popular o hay movimientos como el chavismo condenados a quedar reducidos a la insignificancia, una vez que han perdido a sus dirigentes convertidos casi en deidades?

Para muchos observadores, el populismo es inconcebible sin un vínculo fuerte y directo entre un dirigente antisistema y los ciudadanos que se sienten desatendidos por los partidos políticos principales. Sin embargo, se ha sobreestimado enormemente el papel de los dirigentes en el populismo. De hecho, dada la importancia del este último como fenómeno político, hay que discutir esa opinión, junto con otras dos: la de que el populismo es en cierto modo un llamamiento en pro de la democracia directa y la de que los populistas solo saben protestar, pero nunca gobernar.

Imaginar la política. El populismo, a diferencia, por ejemplo, del liberalismo o del marxismo, no es un corpus coherente de ideas políticas, pero tampoco se puede definirlo simplemente como cualquier movimiento político que halaga a las masas promoviendo propuestas políticas simplistas. Si bien los populistas pueden ser particularmente propensos a propugnar soluciones facilonas, no tienen precisamente el monopolio de esa táctica. Además, la impugnación de la inteligencia y la seriedad de los populistas solo juega a su favor: vean –responderán– como las arrogantes minorías establecidas desechan el sentido común del pueblo.

No se puede entender el populismo en el nivel de las políticas: más bien es una forma particular de imaginar la política. Enfrenta al pueblo inocente y siempre muy trabajador con una minoría corrupta (que, en realidad, no trabaja, salvo al servicio de sus intereses) y quienes ocupan los estratos más bajos de la sociedad (que tampoco trabajan y viven de los demás).

En la imaginación populista, tanto la cumbre como los estratos más bajos de la sociedad no forman parte en realidad de ella: están apoyados directa o indirectamente por poderes exteriores (piénsese en las minorías liberales proeuropeas de la Europa central y oriental); más evidentemente, son emigrantes o minorías, como los gitanos. Lo típico de la imaginación política populista es la idea de que las minorías selectas se preocupan desproporcionadamente de quienes, como ellas mismas, son marginales. Las minorías selectas de Europa son acusadas sistemáticamente de prodigar prestaciones sociales a las minorías étnicas en nombre de la protección de sus derechos. Los populistas del Tea Party estadounidense imaginan con frecuencia una alianza contra natura de las minorías izquierdistas de las dos zonas costeras de los EE. UU. y la subclase afroamericana (alianza que, en su opinión, encarna el presidente Barack Obama).

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Sensación de exclusión. Un dirigente que pueda representar esa imagen puramente moral –y no política– contribuye a ofrecer un centro de atención a los votantes, pero no es decisivo. Tenía su importancia que Chávez tranquilizara a las masas diciéndoles: “Soy un poco de todos ustedes”. Sin embargo, podría ser otra persona o un grupo o podría no ser nadie en particular (¿quién dirige realmente el Tea Party?). Los votantes que apoyan los movimientos populistas lo hacen porque creen que las minorías selectas actuales no los representan de verdad. No son contrarios a la democracia representativa como tal: simplemente quieren representantes diferentes: personas a las que consideren moralmente puras.

Así, pues, los reclamos de más participación popular no son esenciales para el populismo: más bien son un síntoma de una sensación de exclusión (que podría ser real, en particular en Latinoamérica), pero las consignas en pro de la integración política son diferentes de las exigencias de democracia directa. Allí donde la democracia directa es una parte muy importante de la política normal –en Suiza, por ejemplo–, los partidos populistas han tenido resultados mejores, no peores, que en otros países.

Igualmente errado es pensar que los políticos populistas, una vez que ocupan el poder, no podrán gobernar eficazmente, porque proceden de partidos protestatarios cuyos programas se basan enteramente en aquello a lo que se oponen. Más bien lo distintivo en los populistas en el poder es que solo atienden a su clientela (el resto de la población no merece nada) y pisotean los controles y equilibrios entre los tres poderes del Estado.

Pluralismo y oposición. Desde una perspectiva populista, es totalmente lógico: ¿por qué habrían de aceptar los controles a su poder, si representan la voluntad auténtica del pueblo? Los populistas pueden convivir con la democracia representantiva; lo que no pueden aceptar es el pluralismo político y la idea de oposición legítima.

Esa tendencia a demonizar a los oponentes, y no las políticas particulares favorecedoras de los pobres, es lo que hizo de Chávez un populista. En Finlandia, por poner otro ejemplo, lo que hace de Finlandeses Verdaderos, nombre revelador, un partido populista es la afirmación de ser la única representación auténtica, no la crítica a la Unión Europea. Asimismo, el intento del populista italiano Beppe Grillo de conceder poder a los ciudadanos de a pie no es motivo de preocupación, pero su afirmación de que su Movimiento Cinco Estrellas no merece menos del ciento por ciento de los escaños del Parlamento, porque todos los demás candidatos son corruptos e inmorales, sí que lo es sin lugar a dudas.

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Esa característica del populismo –la idea de que el pueblo quiere una sola cosa y que solo unos representantes auténticos pueden concedérsela– es la que explica una simetría (con frecuencia citada, pero raras veces explicada claramente) entre el populismo y el gobierno tecnocrático. Así como los tecnócratas dan por sentado que solo hay una solución correcta para todos los problemas –por lo que el debate político es innecesario–, así también, para los populistas, el pueblo tiene una –y solo una– voluntad incorrupta. La democracia liberal da por sentado lo opuesto exactamente: espacio para perspectivas diferentes opciones políticas sustitutivas.

Jan-Werner Mueller es profesor de Política en la Universidad de Princeton y miembro de la Escuela de Estudios Históricos del Instituto de Estudios Avanzados. Su libro más reciente es Contesting Democracy: Political Ideas in Twentieth-Century Europe (La impugnación de la democracia. Las ideas políticas en la Europa del siglo XX).

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