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¿Podrá Minsk salvar a Ucrania?

Actualizado el 28 de febrero de 2015 a las 12:00 am

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¿Podrá Minsk salvar a Ucrania?

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KIEV – El nuevo cese el fuego para Ucrania se firmó en Minsk casi un año después de que tropas rusas, con las caras enmascaradas y sin sus insignias militares, invadieran a Crimea. Entre tanto, miles de ucranianos han sido muertos y centenares de miles más han quedado convertidos en refugiados en su propio país. El presidente de Rusia, Vladimir Putin, decidido a restablecer por la fuerza la esfera de influencia de la que en otros tiempos disfrutaba el Imperio ruso o soviético, ha destrozado las normas que garantizaban la paz en Europa –y, de hecho, en gran parte del mundo– para tres generaciones.

Mientras Rusia se lanzaba a intentar subordinar a Ucrania, yo estaba en la cárcel y abrigaba pocas esperanzas de recuperar jamás la libertad. El régimen del expresidente Viktor Yanukóvich bailaba al son del Kremlin y mi encierro se acabó solo gracias a la valentía de los millones de ucranianos que pidieron su destitución. Sin embargo, la libertad me ha dejado un regusto amargo, porque mi encarcelamiento concluyó precisamente cuando comenzó la guerra contra mi país.

Ahora, después de un año de salvajismo, sabotajes y mendacidad que no se habían visto en semejante grado desde el dominio nazi de Europa, los dirigentes de Francia, Alemania, Rusia y Ucrania han acordado una nueva hoja de ruta hacia la paz para nuestro país. Debo abrigar la esperanza –contra toda esperanza– de que el acuerdo logrado en Minsk, a diferencia del anterior acuerdo firmado allí en setiembre del 2014, dé resultado. La población de Donbas, aún bombardeada y asediada por tropas rusas y sus cómplices locales, merece un regreso a la normalidad.

Igualmente importante es que nuestros prisioneros de guerra y rehenes merecen que se los devuelva a sus familias. Una primera prueba del grado de compromiso del Kremlin con el acuerdo de Minsk ha de ser la de si libera a Nadiya Savchenko, la primera mujer piloto de combate de Ucrania. Savchenko ha hecho una huelga de hambre en Rusia durante más de dos meses para protestar por la patente ilegalidad de su encarcelación con acusaciones aún más ridículas que aquellas por las que yo fui encarcelada.

Naturalmente, espero que el nuevo acuerdo dure y aporte por fin la paz a Ucrania, pero ese resultado es improbable, en vista de que el acuerdo carece de mecanismo alguno para la imposición de su cumplimiento, como, por ejemplo, la automática expulsión de Rusia del sistema de transferencia financiera SWIFT, en caso de que incumpla algún aspecto del acuerdo. Limitarse a confiar en la “buena voluntad” del Kremlin sería temerario.

Ucrania y sus socios deben formular una estrategia y un plan de acción claros para el caso de que el último acuerdo de Minsk sea torpedeado. En ellos debe figurar una disposición de ayuda defensiva letal para las fuerzas ucranianas; al fin y al cabo, la fuerza disuade y la debilidad provoca. En un sentido más amplio, Ucrania merece, pese a la tan cargada atmósfera de nuestro país, una hoja de ruta clara para salir de su actual “zona gris” en materia de seguridad y hacia un futuro euroatlántico. Ya hemos pagado un precio alto por nuestras ambiciones europeas; no se nos debería denegar la entrada ahora.

Además, si los socios de Ucrania hablan en serio sobre el respeto del Estado de derecho, se deben presentar cargos contra los dirigentes del Kremlin ante el Tribunal Penal Internacional de La Haya por los numerosos crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad que sus fuerzas han cometido en Ucrania. Desde su invasión a Crimea hace un año, Rusia ha violado continua y gravemente la Carta de las Naciones Unidas, numerosos tratados y normas humanitarias internacionales.

En Ucrania hemos aprendido mucho sobre nosotros mismos –y sobre Rusia y Europa– durante este año de salvajismo. Hemos encontrado en el sufrimiento de nuestro país una nueva e inquebrantable unidad nacional, además de una nueva determinación para emprender una reforma completa de nuestra economía, nuestro gobierno y nuestra sociedad, porque nuestra propia independencia –y no solo nuestro futuro europeo– depende de ella: si no hacemos la reforma, seremos esclavizados.

Pero el terremoto que Rusia desencadenó en Ucrania ha expuesto también líneas de falla en Europa. Putin ha encontrado en Ucrania el instrumento perfecto con el que confundir y dividir a Occidente. Y su credo político es sencillo: podrá dominar lo que pueda dividir.

De hecho, en el último año, en Ucrania hemos contemplado, incrédulos, la dificultad de Europa para afrontar un acto de agresión tan claro. Sin el derribo del vuelo 17 de Malaysia Airlines sobre el territorio controlado por los rebeldes (acto que mató a las 298 personas que iban a bordo), parece dudoso que Estados Unidos y la Unión Europea (UE) hubieran acordado nunca el programa actual de sanciones económicas impuesto a Rusia.

La primera línea de falla que Rusia ha expuesto la encontramos entre los países del exbloque soviético de Europa. Algunos, como Polonia y los Estados bálticos, han denunciado coherentemente las acciones de Rusia y han pedido una reacción firme, pero, en otras partes de esa región, los dirigentes se apresuraron a disculpar la invasión por parte de Rusia y su anexión de Crimea, o a sostener que Rusia es, sencillamente, demasiado poderosa para enfrentarse a ella. Al parecer, la contemporización impera en países que deberían ser más sensatos.

Y después ha habido la creación de algo parecido a una quinta columna política en Europa. Los partidos políticos euroescépticos del continente, tanto de derecha como de izquierda, presentan el nacionalismo autoritario de Putin como modelo para el tipo de régimen no liberal que desearían establecer, en caso de que se disolviera la UE.

En realidad, el Kremlin está financiando a muchos de esos partidos. En cierta ocasión, Lenin dijo que los capitalistas venderían las cuerdas con que serían ahorcados. Actualmente, los Gobiernos europeos parecen dispuestos a permitir a Putin que compre los votos con los que destruirá a la UE.

Además, hay otros que apoyan al Kremlin, incluidos los dirigentes empresariales que quieren volver a una situación de normalidad con Rusia y los apologistas académicos de la Unión Soviética que, 25 años después de su desplome, ven una posibilidad de vindicarla, y, como las encuestas de opinión revelan que una minoría importante de europeos está aceptando la retórica de Putin, su estrategia de dividir a la UE y a la OTAN parece estar abriéndose paso.

Hablemos claro. Lo que ocurre en Ucrania –y no el punto muerto financiero de Grecia– será la prueba definitiva de si perdurará la unidad europea y transatlántica. Las líneas de falla que se extienden desde Ucrania están socavando los valores fundamentales que han sustentado la paz y la prosperidad de Europa en la posguerra. Si no se defienden esos valores en Ucrania, se desbaratarán mucho más allá de nuestras fronteras. Un Occidente dividido en esta crisis no se sostendrá. Es hora de actuar.

Yuliya Tymoshenko es ex primera ministra de Ucrania. © Project Syndicate.

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