Opinión

¿Petróleo en subsuelo tico?

Actualizado el 30 de septiembre de 2016 a las 12:00 am

Con petróleo, ¿tendríamos la tentación de seguir el populista ejemplo de Venezuela?

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¿Petróleo en subsuelo tico?

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A principio de la década de 1980, cuando la prensa local informaba de intentos de exploración petrolera en Costa Rica, soñé (quizá más bien fue una pesadilla) que en la cordillera de Talamanca había aparecido petróleo en grandísimas cantidades. Tan grandes, que el país no solo llenaba su demanda por ese producto, sino que lo exportaba a montones. “¡Aleluya!”, cantaba un casi angelical coro polifónico, “atrás quedará la histórica pobreza del país”.

En mi sueño, un primer pozo en Campo Diablo, por Bribri, entró en producción; luego lo hicieron dos más, después tres en Gandoca y en muchos otros lugares. También comenzó a temblar Talamanca por el ir y venir de vehículos de trabajo, maquinaria y de gente extraña. Gasolineras, hoteles, mercaditos, mercadotes, comederos, cantinas y bailongos aparecían, cual hongos, de la noche a la mañana.

Los dólares producto de las exportaciones, de lo que algunos llaman “oro negro”, llegaban verdecitos en fajos día con día. El Banco Central los recibía y los cambiaba por colones. Eran tantos aquellos, que el tipo de cambio comenzó a bajar y bajar. El Central adoptó un régimen cambiario de flotación que –por exceso de oferta– pronto llevó al hundimiento del dólar estadounidense y de otras monedas. La gente feliz, pues podía comprar más y más cosas en el extranjero. También se podía viajar con más frecuencia y a sitios cada vez más lejanos y exóticos, como a Bali en Indonesia, donde se podía cenar con arroz a la java y vino australiano.

Consecuencias. Desapareció el turismo receptivo, porque los gringos, canadienses, europeos y hasta los jeques de los emiratos árabes encontraban relativamente caro hacer turismo en Costa Rica. (Escuché que un señor de Jacó, tan religioso como malhablado, dijo: “¡Qué dicha, porque esos machos, medio viejos verdes, solo vienen a putear!”).

El gobierno decidió poner un impuesto (creo que del 37,5%) a las exportaciones de petróleo, y era tanta la plata que eso producía que, aun habiendo eliminado todos los demás tributos, el déficit fiscal desapareció.

Pero “no hay mal que por bien no venga”, decía mi abuelo Juan Miguel. También la producción de cosas ticas comenzó a venirse al suelo, porque era más barato traer todo de afuera. Para finales de la década de 1990 (continuaba mostrando el sueño), las cebollas blancas y los frijoles negros traídos de Nicaragua eran más baratos que los cultivados en Salitral y Santa Ana centro; hasta más cómodo resultaba importar de Miami malanga caribeña, que comprar la de Jiménez de Pococí.

Todo porque el precio del dólar había bajado como a cinco colones. Y seguía bajando, porque las exportaciones petroleras continuaban creciendo.

Ya poquísimos empresarios quedaban en la producción tradicional de Costa Rica, no porque no lo quisieran o no supieran hacerlo, sino porque no les cerraban los números. Algunos pusieron el negocio de llevar ropa, cortinas, sábanas y otras similares, a David, Panamá, para que fueran lavadas y planchadas allí. También los zapatos eran llevados a embetunar en esos lados, y traídos de vuelta dos días después, porque salía muy barato que hacerlo aquí.

Casi toda la producción de Costa Rica (excepto lo que no es objeto de comercio internacional, como los cortes de pelo, servicios de cantina y de salas de masaje) cesó. La mayoría de las chambas que quedaron fueron en el Gobierno: en la dirección de aduanas, inmigración, Asamblea Legislativa, etc., donde se daban unos bonos y pluses grandísimos.

El gobierno adoptó un gran esquema de subsidios en efectivo para que la ciudadanía tuviera “poder de compra”; también subsidió el precio de la electricidad y el de la gasolina y el diésel.

Llenar un tanque de gasolina de un perolito mediano costaba como cinco colones. Importar un 4X4 resultaba baratísimo (no solo por lo barato del dólar sino porque no tenían impuestos) y las calles se llenaron de ellos. Ir de Tibás a San Pedro tomaba, en promedio, 3 horas y 27 minutos si se hacía en carro; una, si a pie.

Despertar. Mas un día, “¡pum!”; el precio internacional del petróleo se vino abajo. La dolce vita terminó. El precio internacional por barril de petróleo no cubría siquiera el costo de extraerlo. La gallina de los huevos de oro entró en prolongada coma.

Para entonces, no había producción tica de nada, ni de chayotes, ni de yuca, ni de arroz o elotes, ni del “grano de oro”, como se le llamó al café. Los cafetales se dejaron encharralar, pues era más caro recogerlo que importarlo tostadito de Colombia.

¿Será posible que eso pase? ¿Estaba el coro polifónico, que con su fino canto alabó el hallazgo de Campo Diablo, constituido por ángeles caídos? Y en ese momento de la historia desperté.

Realidad. Hoy, cuando leo las cada vez más tristes noticias de la Venezuela de Maduro, no me queda duda de que lo de la película que vi pasar en el sueño que he relatado sí puede pasar.

Pero, por fortuna, no tiene necesariamente que suceder. Esa tragedia puede obviarse si se toma la decisión de aislar de la economía doméstica el efecto de la lluvia de divisas que apareja la producción del petróleo (o, en efecto, la de cualquier otro producto o servicio, por ej., turismo, que llegara a presentar esa enorme ventaja comparativa).

Esto se logra creando un fondo de inversión soberano que se alimente con las divisas caídas del cielo. Dicho fondo invertirá en una cartera diversificada de bonos emitidos por gobiernos con calificación de grado de inversión y en acciones de empresas extranjeras seguras (si se quiere, se puede adoptar la norma de no invertir en bonos de países con gobiernos dictatoriales, ni en empresas que no sigan altos estándares ambientales o que empleen mano de obra infantil, etc.).

Solo se utilizarán para el gasto anual en el país los intereses reales ganados por el fondo (es decir, lo que queda después de eliminar el componente inflacionario que tengan). De esa manera, el saldo real del fondo no disminuirá y crecerá con los aportes anuales.

La economía doméstica, al no tener la competencia “desleal” de los petrodólares, seguirá boyante, pues el tipo de cambio no resultará afectado por estos.

Y esto no es un sueño. Noruega procedió, con la creación de un fondo soberano como el descrito, a aislar así el efecto de los ingresos extraordinarios por concepto de exportaciones de petróleo. La baja en el precio internacional de este no la ha afectado.

¿Venezuela o Noruega? A veces pienso que el Creador, al intuir que quizá en Costa Rica tendríamos una enorme tentación de seguir el populista ejemplo de Venezuela, y no el de Noruega, decidió no depositar petróleo en el subsuelo tico. De haber sido así, en buena hora.

El autor es economista.

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