Periodista con convicción de hierro

Ernesto Rivera es uno de esos raros seres empeñados en buscar la verdad y luchar por ella

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Buena parte de los seres humanos sopesan las alternativas que les presenta la vida pasándolas por una especie de calculadora de beneficios personales y familiares.

La ecuación implica privilegiar todo aquello que permita hacer más dinero con menos esfuerzo, evitar la confrontación y, en general, complicarse lo menos posible a cambio de lograr la mejor posición y las mejores condiciones de vida para el círculo inmediato de seres amados. Así razonan también la mayoría de los amigos cuando se les pide consejo, en medio de una encrucijada.

La misma sociedad está diseñada para que los verdaderos maestros en aplicar esa ecuación se conviertan en los más fuertes, en los más admirados.

Por eso parecen extrañas las personas que incluyen en la balanza, asignándole igual y hasta mayor peso, aspiraciones que emanan de su convicción y de su determinación por alcanzar el bienestar común.

Son personas que están dispuestas a sacrificar, no solo condiciones pasajeras como una posición o un beneficio, sino hasta su seguridad personal, con tal de descubrir la verdad y revelarla.

El periodista Ernesto Rivera es uno de esos raros seres humanos empeñados en buscar la verdad y luchar por ella, a pesar de los riesgos y de los obstáculos.

Durante los últimos 12 años, Ernesto y su agudo olfato periodístico siempre han llegado primero, y con grandeza, a la llaga de las componendas más oscuras que carcomen nuestra democracia.

Ha descubierto e investigado, con valentía, las verdaderas historias periodísticas que han impactado las entrañas de este país. (Vea en nacion.com una recopilación de sus investigaciones en este especial preparado por su compañero, Rigoberto Carvajal)

Ernesto ha sido autor de las investigaciones periodísticas más emblemáticas en la historia reciente de Costa Rica: el caso CCSS-Fischel, el caso ICE-Alcatel, la intermediación financiera de la Conferencia Episcopal, el financiamiento ilegal a las campañas políticas y, más recientemente, el caso del exministro Fernando Herrero, por mencionar solo algunas.

A Ernesto lo amenazaron de muerte cuando investigaba las operaciones de una casa de apuestas, lo sacaron alzado de otra de estas empresas cuando pidió hablar con su dueño, enfrentó enormes riesgos cuando se internó en el sur del país para contar la historia de la pesca de cocaína en altamar y en el 2004, casi lo atropella una estampida de políticos, abogados y empresarios a los que sorprendió reunidos en secreto, fraguando su defensa anticipada para el entonces desconocido caso CCSS-Fischel.

Su nariz ha sentido el cerrar de decenas de puertas, lo han provocado con todo tipo de exabruptos y acusaciones, y le han intentado cerrar el paso en todos los mundos posibles: el físico y el virtual, el público y el corporativo, el laico y el eclesiástico, el visible y el invisible. Ernesto Rivera nunca se ha dado por provocado, nunca se ha dado por limitado.

Y es que Ernesto no viaja con mapa, sino con brújula y sin agenda. Lo guía un sofisticado algoritmo que le permite combinar su perspicacia y apasionada entrega con un corazón sabio y noble y con la entereza profesional desde la que siempre ha sabido escuchar y tratar con respeto, justicia y dignidad a quienes investigaba.

Su inagotable combustible es su convicción de hierro por descubrir la verdad, por entenderla en sus dimensiones más complejas y por relatarla magistralmente.

Lo ha hecho desde este periódico que, sin dudarlo, le prestó su independencia, su credibilidad y sus páginas para contarla; y lo seguirá haciendo, con la misma integridad y obstinada perseverancia, desde la próxima plataforma que abrigue sus convicciones y su invaluable experiencia a partir de ahora.

No podría ser de otra forma, porque Ernesto es de esos seres humanos fuertes que determinan sus acontecimientos. Por eso, siempre celebraré verle crear los más sublimes acontecimientos, los que emanan de la valentía de un héroe sin máscara, los que muy pocos hombres se atreverían a emprender o tan siquiera a imaginar.

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