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Peregrinos, príncipes y mártires

Actualizado el 30 de octubre de 2012 a las 12:00 am

¿Cómo se percibenlos protestantesen estacomunidad política?

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Peregrinos, príncipes y mártires - 1
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Peregrinos, príncipes y mártires - 1

En 2008 la Fraternidad Teológica Latinoamericana me invitó a que expusiera en su consulta nacional sobre el tema “ciudadanía y protestantismo”. En vez de ofrecer una reflexión normativa, creí oportuno proponer una tipología que caracterizara las distintas formas en que los evangélicos ticos comprenden y viven su condición de ciudadanos.

¿Cómo se perciben en esta comunidad política? ¿Cómo se representan a sí mismos en sus mentes? Entonces perfilé las categorías peregrinos, príncipes y mártires; hijos de Lutero, Calvino y Muntzer, respectivamente. Al celebrarse, el 31 de octubre, 495 años de la Reforma, vuelvo sobre el tema, con la advertencia de que estos tipos ideales no pretenden dar descripciones exactas de personas concretas, que, en la realidad, suelen tener rasgos más o menos pronunciados de un tipo, mezclados con los de otro.

El peregrino. El peregrino es el rostro más conservador del protestantismo. Se piensa ciudadano de la “Nueva Jerusalén”. En Tiquicia es solo un extranjero. Enfatiza la transitoriedad de su paso por el mundo así como la corrupción endémica y condenación decretada de este. Por ello, no suele involucrarse en asuntos políticos. Se somete en todo a la autoridad civil, respeta piadosamente a los gobernantes y difícilmente se involucra en acciones de rebeldía contra ellos (por eso, a pesar de estar de acuerdo con los campesinos, Lutero no los apoyó).

No es que simpatice con el Gobierno, sino que le asigna una importancia tan baja, que en modo alguno entiende su vida afectada, de manera última, por este. Su participación política se limitará a la emisión del voto, al que tampoco da mayor relevancia. En suma, la suya es una ciudadanía de baja intensidad.

El príncipe. El príncipe se percibe a sí mismo como “hijo del Rey”. Esa condición, según su creencia, le confiere un estatus especial, regio, integrado por una serie de prerrogativas y autoridad que el común de los mortales no tiene. A diferencia del peregrino, no ve este mundo como un “valle de lágrimas” que deberá sortear.

Interpreta el mundo como la tierra que le ha sido entregada por Dios para ser conquistada y en la que él está destinado a gobernar. Ese ejercicio de autoridad, a diferencia del imaginado por el peregrino, no será solo espiritual, sino también material, por lo que el énfasis en la prosperidad económica y la consecución del poder político no es extraño.

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Justamente de estos círculos (con presencia mediática) han surgido las expresiones más visibles de participación política formal. Como Calvino, enfatizan el valor del trabajo duro, pero, a diferencia del francés, no suelen ser frugales. Más bien han sacralizado la cultura de consumo y ostentación, resignificándola positivamente.

El mártir. El mártir es el creyente de la fe combativa. Un progresista de inspiración religiosa. Los rasgos faraónicos de los Gobiernos le enardecen. Macabeo contra la globalización económica, está convencido de que las condiciones generales de nuestro mundo, sobre todo del tercero (lo que implican para la vida de millones de seres humanos empobrecidos), son abominables a los ojos de Dios, que lo manda a ser “testigo” suyo ante los poderosos.

La cruz, cual resultado inevitable del choque de la buena nueva del reino de Dios con la maldad humana, signa su vida religiosa. Considera que la misión cristiana incluye la liberación de las personas de toda forma de opresión política y económica. Desconfía de la autoridad estatal.

Su participación política, por ello, si bien intensa, no la canaliza por los mecanismos formales o institucionales sino por los informales, parainstitucionales o, incluso, antiinstitucionales.

Crítica. Ahora permítanme un tono más crítico. El mártir, en medio de ese ardor, suele ser víctima de una especie de ingenuidad militante, que lo hace presa fácil del canto de sirenas de mesías refundacionistas, olvidando que ni el ocaso del statu quo ni el alba de la revolución, merecen la devoción de quien haya decidido seguir a aquel que es alfa y omega de la historia. Por otro lado, el peregrino y el príncipe razonan desde el marco mental del padre estricto (descubierto por el científico cognitivo George Lakoff), que tanta agua ha llevado al molino de los republicanos en EE.UU. El doctor Dobson es su ideólogo. Les irrita la globalización cultural, y ello ha favorecido en Costa Rica su alianza con la Conferencia Episcopal en una especie de yihad contra la expansión de los derechos humanos.

Estos últimos son la mayoría de los protestantes y, por eso, creo que salvo matices epidérmicos los evangélicos no somos una contracultura sino que, por el contrario, compartimos los rasgos básicos y definitorios de la cultura dominante en el país. Sí fuimos, pero ya no somos, una minoría. Dejamos de serlo no porque nuestras congregaciones hayan incrementado su feligresía (estadísticamente estancada). Dejamos de ser minoría porque nuestra sociedad entró en un irreversible proceso de transformación en el que nuevos actores sociales y sus reivindicaciones (minorías sexuales y feministas, principalmente), han irrumpido cuestionando esa cultura hegemónica, “blanca” (ladina), de clase media, patriarcal, heterosexual, conservadora y devota de la familia tradicional, compartida y reproducida por católicos y evangélicos, y, frente a ese adversario común, el rosario y la pandereta depusieron sus rivalidades.

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La yunta se ha trabado sin que aparezcan, en el futuro mediato, factores que la puedan conflictuar (evidencia de ello es la oposición de los líderes evangélicos a que la católica deje de ser religión oficial).

Somos mayoría, y eso, en una democracia, da poder político. Celébrenlo si quieren, pero yo lo que leo en la historia es que los cristianos han dado lo peor de sí precisamente cuando han tenido la sartén por el mango, cuando con la espada y la ley han podido imponer sus convicciones.

No lo olviden: no solo la sangre de Abel clama a Dios desde la tierra... también las cenizas de Servet.

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