Opinión

Perdidos en la transición

Actualizado el 11 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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Perdidos en la transición

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WASHINGTON DC – Los mercados financieros y las noticias tienen algo en común: suelen oscilar rápidamente entre el éxito y el pesimismo. No existe ejemplo más claro que los análisis sobre las perspectivas de las economías emergentes. En los últimos meses, el entusiasmo por la capacidad de recuperación y el potencial de crecimiento de estos países después del 2008 ha dado paso a pronósticos funestos; hay economistas, como Ricardo Hausmann, que anuncian el final de la “fiesta de los mercados emergentes”.

Actualmente, muchos creen que la reciente y extendida desaceleración del crecimiento en las economías emergentes no es cíclica, sino el reflejo de problemas estructurales subyacentes. Esa interpretación se contradice con la de quienes –como yo– no hace tanto anticipaban un cambio en el motor de la economía mundial, con el surgimiento de fuentes autónomas de crecimiento en economías emergentes y en desarrollo, que compensarían el rezago de las economías avanzadas en problemas.

Por cierto, el escenario de referencia para la “nueva normalidad” poscrisis siempre ha incluido un crecimiento económico mundial menor que el de la bonanza previa al 2008. Para las principales economías avanzadas, la crisis financiera de hace cinco años marcó el final de un prolongado período de consumo interno financiado con endeudamiento, basado en efectos-riqueza derivados de una insostenible sobrevaluación del precio de los activos. La crisis condujo entonces a la desaparición del modelo chino de crecimiento basado en las exportaciones, que había ayudado a mantener a flote los precios de los productos básicos y, a su vez, a reforzar el crecimiento del PIB en los países en desarrollo que los producen.

Con este telón de fondo, no es razonable esperar una vuelta a los patrones de crecimiento precrisis, incluso una vez que las economías avanzadas hayan completado el proceso de desapalancamiento y reparado sus balances. Pero aún se esperaba que el desempeño económico de los países en desarrollo se desconectara del de los países desarrollados e impulsara el producto global a través de fuentes de crecimiento nuevas y relativamente autónomas.

Según esta visión, los balances públicos y privados saludables y los cuellos de botella existentes en la infraestructura proporcionarían margen para aumentar la inversión y la productividad total de los factores en muchos países en desarrollo. La convergencia tecnológica y la transferencia de la mano de obra excedente hacia actividades transables más productivas continuarían, a pesar del anémico crecimiento de las economías avanzadas.

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Simultáneamente, las clases medias, en rápido aumento en todo el mundo en desarrollo, constituirían una nueva fuente de demanda. Al aumentar su participación en el PIB mundial, los países en desarrollo solo mantendrían la demanda relativa de productos básicos, evitando que sus precios retornaran a los bajos niveles que prevalecieron en las décadas de 1980 y 1990.

Las mejoras en la calidad de las políticas económicas de los países en desarrollo durante la década previa a la crisis financiera mundial –reflejadas en el abanico de posibilidades disponibles para responder a ella– reforzaron este optimismo. De hecho, los países emergentes han reconocido en gran medida la necesidad de una estrategia integral, que incluya políticas específicas y profundas reformas estructurales, para desarrollar nuevas fuentes de crecimiento.

Queda a la vista, sin embargo, que los entusiastas de los mercados emergentes subestimaron al menos dos factores críticos. En primer lugar, la motivación de las economías emergentes para transformar sus modelos de crecimiento fue más débil de lo esperado. El entorno económico mundial –caracterizado por enormes niveles de liquidez y bajas tasas de interés derivadas de políticas monetarias no convencionales en las economías avanzadas– llevó a la mayoría de las economías emergentes a usar su margen político para fortalecer las fuentes de crecimiento existentes, en lugar de desarrollar otras nuevas.

Pero los rendimientos del crecimiento se han reducido y los desequilibrios han empeorado. Países como Rusia, India, Brasil, Sudáfrica y Turquía usaron el margen disponible para ampliar el crédito de consumo sin aumentar proporcionalmente la inversión. La deuda corporativa no financiera china aumentó dramáticamente, en parte debido a turbias inversiones en bienes inmuebles.

Además, no se actuó previendo la finalización de los beneficios por los términos favorables de intercambio en países ricos en recursos naturales como Rusia, Brasil, Indonesia y Sudáfrica, que han estado enfrentando aumentos en sus costos salariales y límites a su capacidad productiva. La debilidad fiscal y la fragilidad del balance de pagos se han agudizado en India, Indonesia, Sudáfrica y Turquía.

El segundo problema con los pronósticos de las economías emergentes fue no considerar el vigor con que los intereses creados y otras fuerzas políticas resistirían la reforma, una omisión importante, considerando lo desigual de los esfuerzos para reformar esos países antes del 2008. La inevitable demora entre las reformas y los resultados tampoco ayudó.

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Sin embargo, aunque las perspectivas de las economías emergentes claramente fueron exageradas tras la crisis, los sombríos pronósticos que dominan los titulares en la actualidad son igual de exagerados. Una cierta cantidad de factores continúan indicando que el rol de las economías emergentes en la economía mundial seguirá aumentando, aunque no tan rápida o dramáticamente como se creyó.

Este verano, tan solo la sugerencia de un cambio de dirección en la política monetaria en Estados Unidos disparó los rendimientos de los bonos, que impulsaron la liquidación de activos en varias de las principales economías emergentes. Tal vez esa experiencia sirva como una señal de alerta para los líderes de esos países. Solo si se reconocen las debilidades de los fijos patrones de crecimiento y se encaran las reformas estructurales necesarias, las economías emergentes podrán lograr un crecimiento fuerte, estable y sostenible de su PIB y alcanzar su potencial como principales impulsoras de la economía mundial.

Otaviano Canuto es asesor en jefe y exvicepresidente del Banco Mundial. © Project Syndicate.

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