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Pequeñas empresas, grandes esperanzas

Actualizado el 11 de junio de 2013 a las 12:00 am

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Pequeñas empresas, grandes esperanzas

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Un opúsculo no es una obra pequeña, pues puede encerrar un contenido de grandes dimensiones. El librito Mal-midiendo nuestras vidas –breve resumen del trabajo de la comisión creada por Nicolas Sarkozy unos años atrás, liderada por Joseph Stiglitz y Amartya Sen– es un ejemplo magnífico de ello. Medir mal equivale a distorsionar, equivale a perder de vista aspectos de una realidad que pueden ser esenciales.

Necesitamos medidas para avanzar, para controlar, pero con frecuencia las medidas deficientes y las realidades invisibilizadas nos arrojan un panorama equivocado o parcial, que nos induce a despreciar aspectos quizá vitales y a cometer errores en nuestras decisiones con consecuencias dolorosas e irreparables.

Clasificar las empresas por tamaños, como grandes o muy grandes, medianas, pequeñas y microempresas, basándose para ello en cifras de ventas, en activos o en el número de empleados, puede ser muy distorsionador. En los estados financieros no aparecen intangibles como la experiencia de las personas, ni el valor de la tecnología o la creatividad involucrada, ni los valores o la conciencia social y ambiental. Tampoco aparecen dos datos esenciales para medir su verdadero valor para la sociedad en la que opera: su vinculación con otras empresas locales o regionales y su valor agregado nacional.

Las pymes de todo el mundo pueden ser en realidad empresas de gran tamaño cuando se mide su verdadero valor en todas sus dimensiones, incluido el coraje. Independientemente de su función social, la pyme es un lugar donde las personas, además de su remuneración, acrecientan su capacidad profesional y humana, magnitudes que deberían ser expresables en términos económicos. Y el entramado de pymes de un país le confiere robustez a su economía, es decir, capacidad para soportar condiciones difíciles, pero sobre todo eleva el nivel y difunde el conocimiento tecnológico.

Por desgracia, la invisibilización, la ignorancia y hasta cierto paternalismo asistencialista llevan a que los programas de apoyo a las pymes corran el riesgo de desencaminarse. Nadie debería dudar de que la inversión bien dirigida en pymes es rentable a corto, medio y largo plazo en cualquier sociedad, así que los programas orientados a facilitar acceso a crédito, a dar tratamiento diferenciado por variables como la regionalización o el sector, o a reconocer visualizando sus verdaderos aportes, deberían ser objeto de atención y alfombra roja desde su diseño hasta su ejecución por parte de las autoridades.

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Las pymes esperan crecer, pero no necesariamente en el tamaño que miden los indicadores miopes, sino en capacidad. Ese es el verdadero indicador ausente.

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