Opinión

El Parlamento y la libertad

Actualizado el 12 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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El Parlamento y la libertad

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A la salida de un reciente concierto, cuando un periodista de La Nación entrevistaba a ciudadanos escogidos al azar, uno de ellos le espetó con todo desenfado que el sentido de su vida era el mismo que el del cantante: “Comer bien, beber bien y andar con mujeres bonitas”.

Por supuesto que, como tales, dichos goces no son censurables en sí mismos. No sea que se me responda lo que Descartes le contestó al Conde de Lamborn, hombre famoso por su simpleza e indiscreción, cuando este le reclamó al filósofo su afición por los manjares. “¿Acaso Dios hizo estos deleites para goce exclusivo de los tontos?”, le dijo Descartes.

Época de vacíos. Sin embargo, afirmar con tal osadía, y a un medio de comunicación masiva, que tal pueda ser el sentido de la vida refleja, sin duda, el espíritu de una época de vacíos. A este respecto, deberíamos responder a una primera pregunta de fondo: ¿qué es lo primero que se pierde cuando decae el nivel de la clase política de una nación? Y, en una segunda, si acaso una era de vacíos puede producir generaciones políticas de alta calidad.

Una vez que surgió la imprenta de Gutenberg, el poder se percató del peligro de la circulación de las ideas. Lamentablemente fue un Parlamento, el inglés, el que en 1643 creó las primeras barreras de contención de la libertad como fueron la censura previa y la exigencia de permiso para imprimir. Por eso, la libertad y el progreso de una nación requieren que en su Parlamento participe lo mejor del espectro del pensamiento. El Parlamento es lucha constante entre pensamiento y palabra, la cual solo aflora en libertad frente al poder, pues la naturaleza de este es constreñirla.

Escenario de la palabra. El Congreso es el escenario de la palabra y, en la actividad parlamentaria, no hay peor tragedia que su devaluación. Los Parlamentos han alcanzado momentos de gloria en la enumeración de importantes libertades, para después sumirse en etapas oscuras de su negación. Tal como afirmó Granados Chapa, la realidad política usualmente oscila, como un péndulo, entre la proclamación de las libertades por un breve tiempo y el regreso a la imposición de medidas para restringirlas.

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Vivimos tiempos de paulatinos y progresivos estrujamientos de la libertad. Como son graduales, resultan disimulados, sutiles. Si se trata de realizarse fuera de ese omnipresente poder, al final del camino y sin percatarse, el ciudadano se halla con sus posibilidades coartadas frente al imperio público. En esa situación puede encontrarse el ciudadano, ya sea por motivo de cruentos e intempestivos golpes políticos, o de forma progresiva, como nos está sucediendo.

En la democracia representativa, la dimensión política del hombre se circunscribe a su derecho de votar. El votante es dueño de un fragmento microscópico de poder. Pero, como no ejerce la actividad política, se ve obligado a delegarlo en otro que, al ejercerla, lo sustituye. El resultado final es una compulsión de quien ostenta el poder: la del olvido de que las libertades son el resultado de las certezas que ofrecen leyes breves, generadoras de seguridad jurídica, y que son correctamente interpretadas por tribunales independientes. Así, la respuesta a la primera pregunta es que las primeras damnificadas de la devaluación del debate político han sido siempre las ideas y la libertad.

Debate intelectual. Respecto a la segunda pregunta, hay que señalar que, en general, la crisis de los Parlamentos es la de la anemia del debate intelectual que allí se manifiesta, pues, sin una confrontación verdaderamente profunda de las filosofías políticas que allí se deberían confrontar, no es posible extraer las soluciones que ofrezcan balance a las políticas públicas. Si nos atenemos a los últimos acontecimientos del quehacer electoral, todo parece indicar que es una crisis a la que no se le avizora pronta salida, pues la conquista de una mayor calidad en la integración del Parlamento es un proceso que depende de la confluencia de factores que hoy no existen.

Ciertamente, se requiere más democracia, como afirman muchos, pero esta por sí sola no resuelve el problema. Por el contrario, sin las condiciones adecuadas, lo puede empeorar. Por eso, quienes refutan a quienes se limitan a simplemente exigir mayor apertura democrática para lograr una mejor conformación del Congreso, traen al recuerdo el plebiscito para escoger entre Jesús y Barrabás. Precisamente en este episodio, desde hace 2.000 años la justicia y la verdad atestiguan en contra del ánimo plebiscitario como fin en sí mismo. Pero la tesis que subyace en el extremo contrario, la propuesta que suspira por el gobierno de las élites, es también un escape simplista.

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Circunstancias condicionantes. Ortega y Gasset acertaba cuando decía que las circunstancias eran condicionantes esenciales del carácter humano. Las generaciones fundadoras de conquistas sociales portentosas y nuevos paradigmas surgen, necesariamente, como derivación de un enfrentamiento a situaciones sociales traumáticas, insufladas por una moral inspiradora que representa el ensueño que los sobrepone a la dura realidad que les toca afrontar. Al igual que sucede con la generalidad de las cosas, las generaciones políticas ostentan gradualidades en su calidad, pues también son hijas de sus circunstancias. Si las circunstancias son tormentosas, la generación que las enfrenta tiende a agigantarse.

La pluma de José Ingenieros fue maestra para describir esta verdad. Sostenía que las mejores generaciones son portadoras del nuevo ideal como una hipótesis de perfección. Visionarios que anticipan el porvenir y, así, influyen en sus congéneres por la fe que tienen en la viabilidad de la quimera con la que sueñan. Sus almas se acrisolan con las de sus contemporáneos. Por eso, el libertador Mora se hermanó, en la lucha, con el general Cañas. Por eso, el general San Martín redactó para Belgrano cuadernos de estrategia militar. Por el contrario, en tiempos de recibir herencias, de solaz disfrute de tiempos bonancibles, es más fácil que surja un Gil Blas y no un Vasconcelos.

Cuando la bonanza surge después de la brega, y cuando se transitan etapas históricas en las que se reparte el festín, las generaciones políticas que se suceden van degenerando paulatinamente. Es tiempo de cortesanos. Tiempo en el que tener alma de siervo ofrece múltiples ventajas. No son épocas de afirmaciones ni de negaciones, sino de dudas. Pues creer es ser alguien.

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