Opinión

Párkinson, alzhéimer y tiempo de todos

Actualizado el 16 de octubre de 2013 a las 12:05 am

Opinión

Párkinson, alzhéimer y tiempo de todos

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Desde hace varios años me di cuenta de que muchos amigos, después del saludo de ley, se preguntan entre ellos: “Y ¿cómo te va con el alemán?”. Así se refieren a los olvidos, confusiones, desequilibrios y otros lapsus mentales que ocurren con frecuencia creciente después de los sesenta años, analizados por el neurólogo alemán Alois Alzheimer (1864-1915). Por eso, quienes los padecen u observan, califican esos problemas, en serio y en broma, como el “mal del alemán”. Dicho sea de paso, esos síntomas también se asocian con un padecimiento estudiado muchos años antes por el médico inglés James Parkinson (1755-1824), y que todavía lleva su nombre.

Tengo la impresión de que a quienes también mencionan el alzhéimer como el “mal del siglo del XXI” les llamó la atención un artículo (“¡Clic, clic! ¡Viejo conduciendo!”, La Nación 10/4/13) en el cual reconocí que mi médico me diagnosticó “párkinson atípico, o no, de libro”, con ambigua benevolencia.

Pero los síntomas del párkinson y del alzhéimer no son ni idénticos, ni absolutos ni definitivos. Además, los médicos y psiquiatras han advertido que “nadie muere de esos males”, es decir, “no matan en sí”; pero favorecen el surgimiento de enfermedades que sí tienen efecto fatal. Ellos parecen acercarse infinitamente o asintóticamente, en el tiempo, hacia un momento indefinido ¿o indefinible?, como el que los matemáticos y físicos llaman “singularidad”.

Pareciera que todos podemos padecer –inclusive, padecemos– esos síntomas en alguna medida: presentan numerosas y diversas frecuencias que avanzan con diferentes velocidades; en otras palabras, todos tenemos olvidos, confusiones mentales, desequilibrios y otros lapsus mentales. Lo que parece ocurrir es que quienes los sufren menos, en espacio y tiempo, definen a otros con esos términos, relativamente. Pero nadie puede afirmar, con exactitud y precisión, que “tenga la enfermedad” de Parkinson y/o la de Alzheimer, ni que otro no la tenga.

Entonces, volviendo al párrafo inicial de este artículo, me parece válido y conveniente preguntarnos todos cómo nos va con el “alemán” (o el “inglés”), pero más en serio –menos, en broma– y no solo para consolarnos. Y respondamos al saludo rigurosamente, haciéndonos un examen a conciencia. También apoyemos las investigaciones sociales –a nivel de familia, amistades, organizaciones y sociedades enteras– para entender esas llamadas “enfermedades”, que tal vez no lo sean, sino, más bien, una pura y a veces arbitraria definición que hacemos ligeramente unos de otros, sin examinar a fondo sus características, causas, dinámicas y remedios.

PUBLICIDAD

Conversemos inteligentemente sobre el tema. Informémonos en fuentes como Internet, donde hay excelentes artículos sobre la materia. Hagamos eso, en vez de intercambiar chismes por Facebook. Y, sobre todo, no temamos, como decía Juan Pablo II, al qué dirán. Tengo síntomas de párkinson (típico o atípico). Tengo síntomas del “alemán”. Estoy envejeciendo, lenta o rápidamente. Entonces,… ¿qué sigue? ¿Cómo manejamos esos procesos humanos entre todos para conveniencia de todos?

  • Comparta este artículo
Opinión

Párkinson, alzhéimer y tiempo de todos

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota