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Papel del papel

Actualizado el 23 de junio de 2013 a las 12:00 am

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Lo recordamos vagamente. Basándose en un fortuito hallazgo arqueológico, cierto historiador aventuraba cómo fue el traslado forzoso de un magistrado de la Antigüedad destinado a un nuevo cargo. Este debió mudarse a una comarca lejana llevando consigo, en chirriantes carruajes tirados por bueyes, un menaje cuyo componente más importante era su pesado archivo formado por un número que olvidamos de libros y documentos escritos en placas de barro cocido. El funcionario era, no cabe duda, muy importante, probablemente más alfabetizado que la mayoría de los políticos actuales y, por supuesto, vivió en una época muy anterior a las invenciones de la imprenta, la pluma fuente, la máquina de escribir, la computadora y, por supuesto, la impresora láser y la llave USB.

El origen de esta remembranza está en algunas de las reacciones que despertó nuestra intervención en un programa radiofónico en el que, sin dejar de reconocer la belleza táctil, visual y olfativa de los libros encarnados en los tradicionales bloques de papel –tan propensos a servir de alojamiento a los ácaros y las polillas–, destacábamos la ventajosa “portabilidad” de los libros recogidos en etéreos registros electrónicos que pueden caber por miles en la centésima parte del espacio que ocupa el botiquín de primeros auxilios que llevamos en el auto.

No podemos dejar de pensar en lo cómodo que se habría sentido aquel alto funcionario de la Antigüedad si hubiera podido transportar su valioso archivo en un adminículo tan pequeño como un cortaúñas; sin embargo, parece ser que algunos amigos nos atribuyeron un rasgo de idolatría tecnológica cuando dijimos que no hay diferencia entre los sustratos tiesto, papel y registro magnético.

Un texto escrito vale por las palabras que lo forman, y el sustrato que lo contenga es un problema para cabras, ratones y termitas, no para los lectores. En una novela de Ch. Ransmayr se narran las aventuras de un romano contemporáneo de Pilatos que viaja penosamente desde Roma hasta las orillas del mar Negro con el fin de averiguar el destino de las obras escritas por Ovidio, recién fallecido en el destierro, pues corre el rumor de que el mismo poeta se proponía hacerlas desparecer.

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Al cabo, el viajero descubre que el libro Las Metamorfosis se conserva en dos formas: una oculta debajo de un amasijo de babosas, pero escrita a cincel en una muralla de piedra; la otra en los dibujos tejidos en hermosas alfombras por una mujer ciega que fue amiga de Ovidio. Sustrato de piedra y sustrato de tela, ambos del mismo libro que podemos adquirir ahora en una casi arcaica edición en papel.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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