Opinión

El Papa de la silla roja

Actualizado el 11 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

Opinión

El Papa de la silla roja

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Cuando llegó la noticia de la renuncia del papa Benedicto XVI, daba la impresión de que Josep Ratzinger había sucumbido a la presión y exigencias del trono de San Pedro. Probablemente, a muchas personas se les vino a la mente el pensamiento de que Benedicto XVI había fallado. Algunos afirmaron que él no podía con ese peso, que le faltaba carisma, y otros comentaban que no se parecía en nada al inigualable papa Juan Pablo II.

Algunos medios de tinte amarillezco fueron más allá, aduciendo que las finanzas del vaticano lo obligaron a dimitir, y así lo retrataron como un Papa saliendo por la puerta trasera. Nada más lejos de la realidad.

La silla papal, aunque pesada y de gran responsabilidad para cualquier mortal, no deje de ser una silla de poder y comodidad que no cualquier ser humano dejaría con gusto. La silla papal, en su parte más humana, puede ser capaz de levantar el ego, el orgullo, y el deseo de poder del más devoto. Entonces, para abandonar esta silla papal tan poderosa y apetecida por cualquiera se requiere de algo más que las presiones externas, debilidades, o el peso pastoral del más alto cargo dentro de la Iglesia Católica.

Posteriormente a su renuncia, y conforme fui observando la evolución del papa Francisco, y el decrecimiento de Benedicto XVI, más me venía a la mente una lectura del Evangelio de San Juan que retrata este acontecimiento: “Les aseguro que detrás de mí viene alguien más grande, al que no merezco ni siquiera atarle las sandalias”. Claro que esta comparación no es del todo exacta porque Juan el Bautista precedió nada menos que a Cristo, pero sirve la comparación para mi mensaje.

Al igual que Juan el Bautista vio abrirse el cielo y escuchó la voz de Dios en el río Jordán, Benedicto XVI escuchó esa misma voz de una manera clara y suave en el Vaticano. Un murmullo, talvez, una luz que se encendió y lo atrajo. Esa voz amorosa le pidió algo no tan suave y fácil, pero sí muy claro: debía dejar la silla de Pedro. Esa silla roja tan cómoda, que irradiaba poder y autoridad sobre el mundo católico, la silla roja desde donde podía influir positivamente con su sabiduría y gran habilidad para escribir y enseñar.

PUBLICIDAD

Sin embargo, ahora podemos saber que el dolor más profundo que pudo sentir el Papa emérito, no fue de la silla roja, sino dejar pendiente el sublime encargo pastoral que recibió de la misma voz que, luego, le pidió dejarlo. Benedicto XVI pudo leer claramente que era Dios mismo quien le pedía ceder su silla para iniciar una nueva etapa para la Iglesia, una nueva etapa que no podía esperar a la sucesión biológica normal estipulada por el derecho canónico.

En esa voz suave que le habló, sobresalía una sentencia y una urgencia: “No puedes esperar a la sucesión, mi Iglesia está sedienta, mi Iglesia está bajo ataque, mi Iglesia debe prevalecer a las amenazas moderas de la relatividad y la búsqueda de la realización a toda costa que el mundo predica cada vez con más fuerza”.

Recientemente leí un comentario del Papa emérito, donde señalaba con gran satisfacción: “He visto lo que está haciendo el papa Francisco, y esto confirma que mi decisión fue acertada”.

Benedicto XVI cedió históricamente su lugar al papa Francisco. ¡Qué valiente, qué humilde, qué obediente! La silla roja ya no es suya, pero de seguro una silla mucho mejor lo esperará en la eternidad en compañía de aquel que le habló suavemente.

  • Comparta este artículo
Opinión

El Papa de la silla roja

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota