Opinión

Pagar para vivir

Actualizado el 18 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

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Camino al aeropuerto de Tegucigalpa, un taxista me relató el drama que viven diariamente los transportistas de su país. Autobuseros y taxistas, entre muchos otros emprendedores y empresarios, deben pagar regularmente un impuesto de guerra (importe monetario semanal) a bandas del crimen organizado. Contrariamente a los impuestos de gobierno, estos no admiten mora ni evasión. El incumplimiento se paga con la vida.

Algunos estiman que la transferencia del sector transporte a las bandas criminales supera el millón de dólares por año tan solo en la ciudad de Tegucigalpa. La privatización de la violencia como forma de extraer rentas a los habitantes de una nación amenaza convertirse en epidemia en Centro América. La fertilización cruzada entre la delincuencia local y las organizaciones transnacionales del crimen ha producido un peligroso híbrido en la región.

La neodelincuencia en Centro América es más violenta y sofisticada que la de antaño: extorsiona con IT y mata con AK. Se extiende como un cáncer por el tejido social e institucional de los países. Si no se detecta a tiempo y no se adopta el tratamiento correcto, puede hacer colapsar las bases de la convivencia social en democracia y los fundamentos mismos del sistema productivo.

El mal ha invadido Centro América. El grado de avance varía por país. Echa raíces profundas y se expande con rapidez donde escasean las oportunidades y abunda la desigualdad. Ataca con saña a la juventud. Se nutre de la desintegración familiar, la erosión de valores, la anemia institucional, la falta de empleo, la miseria y la desesperanza, entre otros.

¿Qué hacer? Algunos consideran que el problema se arregla a balazos. Más policías y pistolas. Más espacio en cárceles y cementerios. Una parte significativa de la cooperación internacional de hecho privilegia este enfoque. La visión dominante considera que este es un tema solo de seguridad y propone por tanto un abordaje basado prioritariamente en la represión.

El eslabón perdido o muy débil de la estrategia regional es la prevención. No basta reprimir, hay que diseñar un potente programa basado en la generación de oportunidades y la reconstrucción de un sólido piso ético sobre el que se levante una nueva Centro América. La multiplicación de oportunidades para que las personas puedan desarrollar sus talentos y perseguir sus sueños en su propia tierra, no en la de los vecinos del norte, es un desafío impostergable.

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Afortunadamente hay experiencias prometedoras como el programa “Emprende ahora”, en República Dominicana, orientado al desarrollo de competencias empresariales de la juventud, y el programa “Empléate”, en Costa Rica, una alianza público-privada para la formación y la empleabilidad de personas jóvenes en condición vulnerable, que podrían arrojar luz sobre el camino a seguir.

Urge impulsar más acciones efectivas e innovadoras como estas para ampliar las opciones de vida de las personas jóvenes. El menú de pobreza, migración y criminalidad debe ser reemplazado por uno basado en aprender, trabajar y emprender. No es posible seguir exportando talento e importando armas. Es hora de corregir el rumbo, de colocar la agenda de las oportunidades y del empleo en el centro de la estrategia de seguridad. Solo así el señor taxista de Tegucigalpa y cientos de miles de centroamericanos podrán trabajar en paz sin tener que pagar para vivir.

Álvaro Ramírez, especialista en Desarrollo de Empresas y Formación Profesional, OIT San José.

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