Opinión

Óscar Arias ‘monstrificado’

Actualizado el 08 de marzo de 2014 a las 12:00 am

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Óscar Arias ‘monstrificado’

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Representar al adversario, al enemigo o, simplemente, al otro como un monstruo es una estrategia antigua que, en tiempos recientes, se ha convertido en un privilegiado objeto de estudio de las ciencias sociales y de otras disciplinas académicas.

Evidentemente, la “monstrificación” puede ser impulsada desde posiciones de poder contra individuos o sectores específicos de la población, a los que se procura controlar o reprimir, o contra las autoridades por parte de quienes cuestionan su dominio o lo resisten.

Poco sorprende, entonces, que, entre los “monstrificados”, sobresalgan los políticos, ya sea que su “monstrificación” la lleven a cabo quienes se sienten perjudicados por su gestión de los asuntos públicos, sus rivales en la esfera política u otros grupos.

Con frecuencia, figuras prominentes del mundo intelectual y artístico se suman a estas iniciativas de “monstrificación”, como fue el caso de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, quienes “monstrificaron” a Juan Domingo Perón en uno de sus cuentos.

Fase inicial. Sin duda, el político costarricense más “monstrificado” de los últimos años ha sido Óscar Arias Sánchez, galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1987 y figura internacionalmente reconocida. Para entender por qué ha ocurrido esto, es preciso remontarse al período inmediatamente posterior a su primer gobierno (1986-1990).

A mediados de la década de 1990, Arias, quien no podía aspirar de nuevo a la presidencia por la disposición constitucional que prohibía la reelección, se pronunció a favor de profundizar las llamadas “políticas neoliberales” (iniciadas en el decenio de 1980) y de privatizar estratégicas y emblemáticas instituciones públicas –como el Instituto Costarricense de Electricidad– para resolver el problema de la deuda interna.

En este contexto ocurrió la fase inicial de la “monstrificación” de Arias, liderada por sectores de izquierda. Sin embargo, como lo sugiere una ponencia de la historiadora Isabel Álvarez, la “monstrificación” se fortaleció únicamente después de que Arias manifestó su interés en postularse de nuevo a la presidencia.

Reelección. De 1999 en adelante, se puede ubicar una segunda fase, más intensa, del proceso de “monstrificación” de Arias, relacionado con su interés en derogar la prohibición que impedía la reelección presidencial.

Tras el controversial fallo de la Sala Constitucional del año 2003, que derogó esa prohibición, la crisis de la política costarricense se profundizó, no solo porque se reforzó su judicialización, sino porque se agudizó la división dentro del Partido Liberación Nacional (PLN).

Aunque la izquierda prestó su colaboración a la “monstrificación” de Arias en esta segunda fase, el proceso fue liderado por aquellos sectores del PLN cuyas expectativas electorales resultaron afectadas por la derogatoria referida.

‘Terminator’. Para la campaña electoral del 2005-2006, Arias se manifestó decididamente a favor de aprobar el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos. Después de ganar la elección presidencial por un porcentaje ínfimo, Arias mantuvo ese énfasis, al tiempo que respaldaba el controversial proyecto minero de Crucitas.

Aunque su segunda administración (2006-2010) fue afectada por diversos escándalos, el apoyo dado al TLC y a la minería a cielo abierto fue fundamental para que la “monstrificación” se consolidara y adquiriera una decisiva representación visual, al circular –entre otras– imágenes de Arias como un tiranosaurio rex y Terminato r.

Del año 2010 en adelante, la “monstrificación” se ha mantenido, con el resultado inevitable de que, en la Costa Rica actual, se puede responsabilizar a Arias de casi cualquier problema que tenga el país.

Distorsiones. Toda “monstrificación” supone una distorsión decisiva de la persona o grupo “monstrificado” y de la experiencia histórica correspondiente. El caso de Arias no es la excepción. En la versión “monstrificada”, a Arias se le atribuye haber iniciado las políticas neoliberales en Costa Rica, pese a que el primer intento por ponerlas en práctica ocurrió en la administración de Rodrigo Carazo (1978-1982), y a que esas políticas dominaron ya la presidencia de Luis Alberto Monge (1982-1986).

Correspondientemente, el papel de Arias en el proceso de paz que puso fin a los conflictos armados en el resto de Centroamérica es disminuido o impugnado, y se le presenta como una pieza más del imperialismo estadounidense. A la vez, se borran los esfuerzos realizados por el primer gobierno de Arias para desmantelar la red establecida en Costa Rica por Estados Unidos para apoyar a las fuerzas opuestas a la revolución sandinista.

Se olvida, además, que, en una época en que Costa Rica aún dependía del respaldo financiero estadounidense para superar la crisis económica de 1980, Arias impugnó la política imperial en la propia Casa Blanca, y que en diversos foros denunció a la prensa que respaldaba la creciente intervención militar de Estados Unidos en el Istmo, y responsabilizó a los grupos oligárquicos del resto de Centroamérica por la crisis regional.

También se omite que el segundo gobierno de Arias impulsó una importante reactivación de la inversión social: en el caso de la educación, los fondos correspondientes recuperaron, primero, y superaron, después, el valor real per cápita logrado antes de la crisis de 1980.

Profundizar en el estudio de la “monstrificación” de Arias es esencial para contrarrestar la distorsión de los hechos históricos que ese proceso supone, pero aproximarse a tal fenómeno desde una perspectiva analítica implica un riesgo considerable: reconocerle al “monstruo” una posibilidad –por ínfima que sea– de humanidad.

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