Opinión

Optimismo racional

Actualizado el 17 de noviembre de 2014 a las 12:00 am

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En Costa Rica tenemos muchas razones para sentirnos orgullosos de nuestros logros, pero también hay muchas otras que nos dejan insatisfechos. En general, lo que ha sucedido es que, cuantitativamente, hemos tenido éxito en varios ámbitos, como, por ejemplo, la extensión de la educación, los servicios médicos, la electrificación o, en menor grado, Internet, pero, cuando nos detenemos a examinar la calidad y el costo de dichos servicios, encontramos gran cantidad de deficiencias que asustan y preocupan (el último informe PISA, por ejemplo).

Por otro lado, hay también situaciones como la de la infraestructura en las que lamentablemente hemos fracasado, o la corrupción y el narcotráfico, con todas sus secuelas, que se han multiplicado en las últimas décadas. No obstante lo anterior, creo que es un deber ciudadano pensar con optimismo sobre el futuro de la nación y mantener la fe en la capacidad de resiliencia de la mayoría de los costarricenses. Tenemos la obligación de pensar en soluciones más que en culpables, y presionar desde todos los ángulos para que estas sean implementadas y acabar con las discusiones bizantinas, que solo significan una pérdida de tiempo, que vale oro.

El futuro. Si revisamos el pasado de la humanidad y lo comparamos con el presente, encontramos suficiente evidencia para ser racionalmente optimistas. Además, este ejercicio nos permitirá entender y valorar mejor el futuro. La revolución informática lo está cambiando todo, desde el concepto de quién soy yo, qué es la sociedad, el medioambiente, etc. Desde luego, está transformando lo que conocimos como las ideologías, la forma de hacer política, la noción de partido político, el Estado, los medios de comunicación y la participación de los ciudadanos, el país y nuestra verdadera posición en el mundo.

En estos momentos, el mundo está de parto y lo que nacerá es la civilización del conocimiento. A pesar de que nosotros a veces progresamos y, otras veces,retrocedemos, no podemos escapar a las poderosas fuerzas que están impulsando a la aldea global que se imaginó Marshall Mcluhan. El desarrollo vertiginoso de la ciencia y la tecnología se impondrán, tarde o temprano, en todas partes y para beneficio de la gente, como lo hemos visto ya con el teléfono celular.

Tres revoluciones. Tres inmensas revoluciones están en marcha, y no es que podrían suceder, sino que ya están entre nosotros, es decir, el futuro no aparecerá cuando esta generación se haya ido, pues, con diferentes nombres, ya está aquí. Solo quiero citarlas sin entrar en detalle: la revolución informática, la llamada “tercera revolución industrial” (Rifkin) y la revolución de las ciencias médicas. En el caso de esta última, mencionaré algunas de las novedades que pronto veremos todos.

En los últimos años me he empeñado en darlas a conocer para que ciudadanos y autoridades tomen conciencia de lo que podemos adaptar, como, por ejemplo, teléfonos móviles para autoexamen, incluyendo diversos exámenes de laboratorio, dispositivos móviles que hacen ultrasonidos, nanosensores, chips autólogos, células madre para determinadas enfermedades, robots inteligentes, terapias con ingeniería genética, impresoras 3D para producir tejidos y órganos, vacunas contra algunos tipos de cáncer y contra el fumado, métodos para evitar las caries dentales, bisturís no invasivos como el bisturí gama, medicina regenerativa, etc., etc.

Nueva medicina. Esta nueva medicina es personalizada, predictiva, preventiva y participativa gracias al desarrollo de la informática y la genómica, y será acompañada de una acelerada evolución del Estado que John Micklethwait y Adrian Wallbridge llaman la “cuarta revolución”, así como del Internet de las cosas y el “big data”. Sin una profunda reestructuración del Estado y de la mentalidad de los costarricenses, va a ser difícil avanzar en este novedoso paradigma.

Es tanto lo que se debe hacer que, si no corremos, quedaremos rezagados para siempre. Pero tengo muchas dudas de que queramos correr, toda vez que parece que la mayoría no desea sudar y prefiere quedarse sentada, hipnotizada por los destructivos programas de la televisión o quejarse todo el día del Gobierno y del país.

Por ejemplo, en el campo de la tramitomanía, me han informado de que, en lugar de menos, tenemos más, y que se toma más tiempo obtener los permisos de construcción que construir el edificio, o las semanas, y a veces meses, que tarda Acueductos y Alcantarillados para reparar una fuga, y ni hablar de las huelgas en los servicios esenciales, accidentes de tránsito y el mal estacionamiento en las ciudades.

Así las cosas, ¿podremos sostener un optimismo racional?

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