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Opositores de ayer y de hoy

Actualizado el 31 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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Desde 1902 hasta el presente, en la historia política de Costa Rica solo se registra una experiencia de predominio de un partido político por tres o más períodos presidenciales consecutivos. El Partido Republicano Nacional (PRN), organizado por Ricardo Jiménez para competir en los comicios de febrero de 1932, ganó las elecciones de ese año y, luego, las de 1936, 1940 y –controversialmente– 1944.

En buena medida, el éxito del PRN se basó, entre 1932 y 1940, en incorporar a una proporción creciente de sus antiguos adversarios políticos, lo que explica que, en 1940, con un abstencionismo de apenas 17,1 por ciento, el PRN ganara las elecciones presidenciales con el 82,5 por ciento de la votación total.

De hecho, incluso después de que en 1941 se produjo una división entre los partidarios del expresidente León Cortés Castro (1936-1940) y del mandatario Rafael Ángel Calderón Guardia (1940-1944), el PRN continuó con la estrategia de incorporar a sus opositores, como fue el caso del Partido Comunista, que llegó a formar una coalición electoral con el PRN para competir en los comicios de febrero de 1944.

A diferencia del PRN, que construyó su hegemonía con base en la estrategia de sumar en un contexto de descenso del abstencionismo, el Partido Liberación Nacional (PLN), en lo que va del siglo XXI, ha basado la suya en capitalizar tanto sus divisiones internas como el desencanto ciudadano con la política, en un escenario caracterizado por un incremento en la ausencia de los votantes a las urnas.

Investigar a fondo por qué la estrategia del PLN ha tenido éxito es todavía una tarea pendiente, pero la evidencia disponible sugiere que, en un período de crisis de todos los partidos políticos, el PLN logró conservar una parte esencial de su estructura organizativa, de su maquinaria electoral y del apoyo del electorado.

Si a partir de 1941 el control que los calderonistas tenían del PRN se intensificó gracias a que los cortesistas abandonaron el partido, en el PLN ocurrió un fenómeno similar desde finales de la década de 1990, cuando una proporción importante de sus dirigentes, en respuesta al interés manifestado por Óscar Arias Sánchez de postularse una vez más a la presidencia, optaron por dejar las filas liberacionistas.

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De esta manera, las dirigencias que se fueron facilitaron, en lo inmediato, el ascenso y predominio del arismo, pero, más importante aún, disminuyeron las posibilidades de que las luchas dentro del PLN se agudizaran y desgastaran, todavía más, las estructuras del partido.

Oposición. En contraste con los adversarios del PRN, que a partir de 1941 empezaron a buscar fórmulas para –pese a las diferencias que los separaban– compactar a la oposición y tratar de ganar la presidencia en 1944, los partidos opositores al PLN, durante la década del 2000 y hasta ahora, han hecho exactamente lo contrario.

Dos son las razones principales por las cuales no han podido formar una coalición electoral antiliberacionista. La primera consiste en que hay un sector de partidos pequeños que ha logrado una posición ventajosa en el mercado electoral legislativo, en un doble sentido. Por un lado, consideran posible mantener o aumentar ligeramente el número de asientos que tienen en la Asamblea Legislativa, con todos los beneficios adicionales que esto comporta (incluso, en términos de “heredar” curules a sus familiares); y, por otro lado, pueden conseguir ventajas adicionales al negociar sus votos con la fracción del PLN o con el gobierno.

La segunda razón se refiere a que la principal organización de oposición configurada en los últimos años, el Partido Acción Ciudadana (PAC), ha manifestado poco interés en liderar una coalición opositora. Al parecer, sus dirigentes –en especial después de la derrota del 2006– abrigan la expectativa de que, si la elección presidencial se resuelve en segunda ronda (en caso de que ninguno de los candidatos supere el 40 por ciento de los votos válidos), el PAC podría derrotar al PLN sin necesidad de incurrir en compromisos políticos con otros partidos.

Evidentemente, esa expectativa no se ha cumplido y, más bien, el PAC ha experimentado, desde el 2006, una pérdida sistemática de su caudal electoral y –probablemente también– un deterioro de su estructura organizativa.

Quizá, el mayor impacto del PAC, en términos legislativos, ha sido impedir que el PLN gane el suficiente número de diputados (29) para tener mayoría en la Asamblea Legislativa, pero ha sido precisamente este logro el que ha posibilitado que los partidos pequeños, con los que el PAC no está interesado en negociar una coalición, refuercen sus posiciones de la manera antes indicada.

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Febrero 2014. A Costa Rica ciertamente no le conviene que el PLN gane las elecciones presidenciales del 2014, pero le conviene menos que las pierda, dado que, en estos momentos, ninguno de los partidos de oposición parece tener una capacidad mínima de gobierno.

De hecho, en vista del repetido fracaso para formar una coalición que enfrente al PLN, habría que preguntarse si realmente las fuerzas opositoras tienen interés en ganar las elecciones presidenciales o si, a diferencia de los anticalderonistas de la década de 1940, y de los antiliberacionistas de los decenios de 1950, 1960 y 1970, esas fuerzas están muy cómodas en sus asientos de oposición.

De momento, mientras se escuchan ya algunas voces que llaman a formar una coalición para el 2018, es claro que Johnny Araya Monge, el actual candidato presidencial del PLN, ha encontrado, en los partidos opositores, a sus mejores aliados hasta ahora.

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