Opinión

Oda al sacrificio

Actualizado el 27 de marzo de 2013 a las 12:00 am

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Oda al sacrificio

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En un ambiente medieval de rosetones y piedra cruda, venían e iban los esgrimistas centroamericanos con sus trajes blancos, chaquetas brillantes, caretas en mano y armas al puño al mandato del llamado “a la pista” en donde se libraría la batalla. Empezaba entonces el rechinar de los metales, unos en defensa, otros en ataque, pero todos tirados con estrategia, precisión y esperanza. Era ese el momento de la verdad en donde convergerían cada uno de los esfuerzos y sacrificios no sólo del esgrimistas sino de su propio entorno.

Casi me atrevería a pensar que el deportista es un perfil de ser humano: empecinado, esforzado, trabajador, estratégico, anuente al sacrificio. Todo ello combinado con una pizca de tozudez necesaria al estoicismo. Pero todos con una meta clara y sencilla: dar lo mejor de sí e ir ganando, en el caso de los esgrimistas, batalla por batalla hasta ir perfilando campos de acción mayores como lo son los Centroamericanos, Panamericanos, Mundiales y otros eventos de mayor envergadura.

“No se puede escribir la historia de su vida en un solo renglón”, suelo decir a mis hijos. La prioridad acarrea el sacrificio de todo lo que, así de válido pueda ser, nos estorba. A veces, ese sacrificio significa que en nuestra vida las cosas tienen simplemente que esperar. He visto esgrimistas que hacen un “impasse” en su carrera profesional, universitaria o escolar sacrificando así mejores resultados aunque ésto les cause mucha angustia y desasosiego. Sacrifican pasarelas sociales, momentos de fiesta, horas de descanso. Pellizcan el tiempo: estudian a deshoras, descansan en donde allí se pueda, “feisbuquean” a altas horas de la noche cuando han terminado su jornada. Este aprender a sacrificar y priorizar es la letra menuda con que se escribe historias de éxito como las de hoy: tres medallas de oro, una de plata y dos de bronce en los X Juegos Centroamericanos, coronándose así el segundo puesto en el ranquin centroamericano.

Cada medalla, sea del metal que sea, es ganada no solo por el esgrimista sino por su entorno. Maestros dedicados, instituciones como el Comité Olímpico y el Icoder que han elevado el nivel técnico con posibilidades de cursos de formación y otros, gente de plataforma que planea suspicazmente lo técnico y lo organizativo, familiares y amistades que entienden y hacen posible la vida deportiva a alto nivel.

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En un mundo-spa en donde el entorno tiende a acomodarse al hombre desde su niñez: currículos académicos adecuados caprichosamente a los alumnos, jóvenes que consumen todo lo “in” del mercado, fiestas de “toma sin control”, la facilidad del “copy-paste” para “no joderme”, se vuelve muy preciado el deporte que permite que la persona aprenda, por medio del sacrificio, a perfilarse como un ser con dignidad humana, espiritual y deportiva.

Siento un inmenso orgullo no solo por las medallas ganadas, sino, y sobretodo, por aquellas que se nos han quedado en el tintero, pero por las cuales se ha librado una batalla honesta.

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