Opinión

Objetivo: estabilizar Ucrania

Actualizado el 02 de abril de 2014 a las 12:00 am

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Objetivo: estabilizar Ucrania

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MADRID – Míjail Gorbachov ha hecho explícito su apoyo al gobierno de Putin en la cuestión de Crimea. El pueblo de Crimea, dice, ha corregido un error histórico de la Unión Soviética. Sus declaraciones responden a un sentir ruso generalizado. Tras la desintegración de la URSS, en 1991, Rusia vivió un periodo de frustración histórica: pasó de ser una de las dos superpotencias mundiales a ver cómo antiguas repúblicas soviéticas se integraban por vocación democrática y de progreso en la Unión Europea y la OTAN. Rusia, mediante la anexión de Crimea, parece darle una estocada a la frustración de las dos últimas décadas, apoyada por la mayoría de la opinión pública rusa.

Sin embargo, desde 1991, Rusia ha reconocido de manera explícita la integridad territorial ucraniana hasta en tres ocasiones. La primera vez fue en 1994, con el acuerdo de desnuclearización de Ucrania, firmado por la UE, Rusia y Estados Unidos, donde se reconocía la integridad territorial de Ucrania. Tras la independencia de Ucrania hubo que dividir entre ambos países a la antigua Flota Soviética del mar Negro. Se hizo mediante el Acuerdo de Yalta en 1992. En 1997 se firmó un contrato de arrendamiento para que la flota rusa pudiera seguir allí. De acuerdo con el Tratado bilateral, Rusia pagaría a Ucrania $98 millones al año por las bases de Crimea hasta el 2017, sujeto a ser ampliado de mutuo acuerdo, y reconociendo, por tanto, la integridad territorial de Ucrania por segunda vez. De la misma manera, el 21 de abril del 2011, ya con Yanukóvich en la presidencia, Ucrania llegó a un acuerdo con Medvédev para prolongar el contrato de 1997. El contrato se extendería 25 años más allá del 2017, llegando hasta el 2042, con una opción adicional de cinco años de renovación –es decir, el 2047–. A cambio, Ucrania logró un 30% de descuento sobre el precio del gas natural ruso por diez años. Si el problema hubiera sido la salida al mar para la Flota rusa en el mar Negro, el modelo de Guantánamo podría haber sido una solución. Pero ese no era el problema de fondo.

La Constitución ucraniana impedía el referéndum, que se ha producido con la presencia de tropas rusas –no uniformadas– en Crimea. Por eso, el referéndum de anexión a Rusia es a todas luces ilegal y, por eso, no puede ser aceptado por la comunidad internacional, como ya ha manifestado la Unión Europea.

Las relaciones de la Unión Europea con Ucrania siempre han sido complejas. El Acuerdo de Asociación –cuyo fracaso es el origen de las protestas ciudadanas– viene de muy atrás. Se negocia desde el 2007. Dicho acuerdo consiste básicamente en un tratado de libre comercio con elementos políticos adicionales. La firma fue pospuesta por la detención de Yulia Timoshenko, como acción de presión europea, hasta la Cumbre de la Asociación Oriental entre la UE y seis países de su vecindad, convocada en Vilnius en noviembre del 2013. Yanukóvich decidió no firmar y aceptar la contraoferta rusa: una rebaja de alrededor del 30% del precio en la tarifa que cobra Rusia por el gas que exporta a Ucrania y una inversión de 11.000 millones de euros en bonos ucranianos.

Moscú necesita a Ucrania para completar con éxito la unión aduanera que plantea con Kazajistán y Bielorrusia, la llamada Unión Euroasiática. La incorporación de Ucrania a la Unión Euroasiática sería incompatible con el Acuerdo de Asociación que proponían los europeos. En una unión aduanera, a diferencia de los tratados de libre comercio, los miembros establecen una política comercial hacia terceros Estados mediante la fijación de tarifas exteriores comunes. Rusia y Ucrania, sin embargo, ya tienen un acuerdo de libre comercio, firmado en octubre del 2011, compatible con la oferta europea –de la misma manera que México mantiene sendos tratados de libre comercio con la UE y con Estados Unidos y Canadá–. Habría sido una situación muy deseable, que permitiría a Ucrania mantener una relación normalizada con su vecindad, tanto con la Unión Europea como con Rusia.

Pero Rusia necesita a Ucrania tanto por motivos económicos como nacionalistas. El nacionalismo ruso siempre ha considerado de manera muy especial a Ucrania, también eslava. En Ucrania se encuentran, además, algunos de los lugares más preciados para el corazón nacional ruso. Kiev ha sido definida por Putin como “la madre de todas las ciudades rusas”. Sebastopol, por su parte, es una ciudad doblemente heroica: lo fue durante el asedio en la guerra de Crimea del siglo XIX y también durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando estuve por primera vez en el 2001, quedé impresionado por su belleza, su emplazamiento y su majestuosidad.

Pese a la comprensión de las frustraciones históricas de Rusia tras la desintegración de la Unión Soviética, este no es el camino adecuado. Ninguna de estas percepciones era un obstáculo real para el Acuerdo de Asociación con la UE. La gestión de las relaciones entre la Unión Europea y Rusia no puede estar condicionada por los juegos de suma cero ni por las esferas de influencia. Hay que encontrar soluciones para que todas las partes salgan ganando.

Rusia ya ha dado por hecha la anexión de Crimea, pero podría ser contraproducente para su objetivo real: una relación política fluida con Ucrania, país al que quiere mantener cercano a Moscú y lejos de Europa. Por eso, para Europa, lo más importante ahora es mirar al resto de Ucrania. Hay tres medidas urgentes que pueden asegurar la estabilidad y prosperidad de Ucrania, un país fundamental por su importancia geoestratégica y política.

La primera y la más acuciante es la estabilización del Gobierno de Kiev. Para ello es fundamental que el Estado respete los derechos de las minorías, sea en materia lingüística, cultural o de inclusión social. El respeto y la tolerancia deben ser una condición sine qua non para recibir apoyo europeo.

Los territorios orientales de Ucrania, más rusófilos que los occidentales, son los que más riesgo potencial de conflicto presentan. En segundo lugar, por tanto, es necesario el despliegue de una misión de la OSCE para garantizar la estabilidad, la seguridad y el respeto a las minorías en esa parte del país. También para denunciar, si fuera necesario, los posibles incumplimientos de los objetivos especificados.

La tercera medida, quizá la más importante, es la ayuda económica. La Unión Europea tiene preparado un paquete de 11.000 millones de euros de ayuda económica, aunque sometida a las reglas y condiciones del FMI, que pondrá otra parte del total.

La situación económica del país es desastrosa, pero el Gobierno mantiene un gasto excesivo en subvenciones no compatible con la ayuda del FMI. En estos momentos, por ejemplo, el Gobierno de Kiev subvenciona el precio de la energía a los ciudadanos, gastando hasta un 16% del presupuesto total del país. Rusia no escatimará en gastos tras la anexión de Crimea, y los crimeos se beneficiarán de las ayudas del Gobierno de Moscú y del acceso a la energía. De esta manera, los ciudadanos de Crimea estarían en una situación relativamente más atractiva, especialmente percibida por los rusófilos del este de Ucrania. Es algo que los paquetes de ayuda tendrán que tener en cuenta.

El problema de Crimea tardará mucho en resolverse. Las elecciones presidenciales del día 25 de mayo serán un momento fundamental. Deben ser justas y limpias, de acuerdo con las normas democráticas.

Putin dejó claro en su discurso de anexión que Crimea es una “parte inalienable” de Rusia, pero esta acción se volverá en su contra. Sufrirá el aislamiento internacional. Europa tiene que trabajar y hacer todos los esfuerzos necesarios para que sean los ucranianos quienes realmente elijan su camino.

Javier Solana, distinguido senior fellow de Brookings Institution y presidente del Centro de Economía y Geopolítica Global de Esade. © Project Syndicate.

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