Opinión

Nuevo estancamiento de Rusia

Actualizado el 25 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

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Nuevo estancamiento de Rusia

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PARÍS – A principios de noviembre, el Gobierno ruso dio a conocer su última previsión macroeconómica. No debe de haber sido una decisión fácil: mientras que el presidente Vladimir Putin y su Gobierno hicieron campaña en el 2012 con la promesa de que la economía rusa crecería entre 5% y 6% por año durante su mandato de seis años, ahora se espera que la tasa de crecimiento apenas promedie el 2,8% del 2013 a 2020.

El ministro de Desarrollo Económico, Alexei Ulyukaev, explícitamente admitió que alcanzar los objetivos planteados por Putin “llevará más tiempo”. En algunos casos, eso significa mucho más tiempo. Por ejemplo, en mayo del 2012, Putin prometió aumentar la productividad laboral de Rusia en un 50% para el 2018; la perspectiva actual no prevé este desenlace ni siquiera en el 2025.

Para los observadores independientes, el pronóstico lúgubre del Ministerio no es una sorpresa. A juzgar por los bajos precios bursátiles y los altos niveles de salida de capitales, los inversores ya apostaban a que no habría altas tasas de crecimiento. Ahora Putin y el primer ministro, Dmitry Medvedev, también son pesimistas. Medvedev, que públicamente había pronosticado un crecimiento anual del 5% en enero, les dijo a los inversores extranjeros en octubre que la tasa de crecimiento de este año no superaría el 2%.

Con anterioridad, el Gobierno culpaba a la desaceleración global por los problemas económicos del país. Hoy, ese argumento tiene poco sentido. La economía global –y la economía estadounidense, en particular– está creciendo más rápido de lo esperado, y los precios del petróleo mundiales están por encima de $100 el barril.

El pronóstico del Ministerio responde muy claramente al eterno interrogante de “a quién echarle la culpa”: la desaceleración refleja los propios “problemas internos” de Rusia. La perspectiva básica del Ministerio supone que el precio del petróleo –la principal exportación de Rusia– aumentará 9% por año en términos reales en los próximos 17 años, o más de tres veces el pronóstico para el crecimiento anual del PIB de Rusia.

Una semana después de que se diera a conocer la proyección del Ministerio, el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD) –el principal inversor extranjero directo de Rusia– hizo lo propio y recortó su pronóstico de crecimiento para Rusia a 1,3% en el 2013 y 2,5% en el 2014. La opinión del BERD fue inclusive más contundente: la desaceleración es el resultado de la falta de una reforma estructural del Gobierno ruso. Una mala gobernanza, un régimen de derecho débil y el ataque a la competencia por parte de las compañías estatales minan el clima de negocios de Rusia y causan la fuga de capitales.

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La élite gobernante de Rusia entiende muy bien que las reformas son necesarias; de hecho, la era Putin-Medvedev, que hoy va por su año número 14, no ha tenido pocos programas de reforma. En el 2008, por ejemplo, Aleh Tsyvinski y yo elogiamos al entonces presidente Medvedev por su compromiso aparentemente creíble con la implementación de los cambios que necesita la economía de Rusia. Pero la presidencia de un mandato de Medvedev –al igual que las administraciones de Putin antes y desde entonces– no cumplió con esas promesas.

La renuencia del Gobierno ruso a combatir la corrupción y fortalecer las instituciones legales del país refleja un equilibrio político perverso –y a la vez estable–. En el 2010, Tsyvinski y yo predijimos un “escenario 70-80” en Rusia en los próximos años: conforme los precios del petróleo, que se habían hundido hasta alcanzar $40 por barril, se recuperaran y superaran los $70-$80 por barril, Rusia regresaría al estancamiento de los años 1970 y 1980.

Como era de esperar, el crecimiento del PIB del 2010 al 2012, aunque promedió un respetable 4%, fue impulsado por la recuperación poscrisis y el mayor incremento de los precios del petróleo a $100 por barril. Ahora todos estos factores cortoplacistas se han agotado, y ha comenzado un período de estancamiento similar a la era de Brezhnev.

La élite política de Rusia entiende que la economía puede crecer un 5%-6% anual. El problema es que las reformas necesarias para alcanzar ese crecimiento –lucha contra la corrupción, protección de los derechos de la propiedad, privatización e integración a la economía global– amenazan directamente la capacidad de la élite de permanecer en el poder y obtener réditos. Para quienes están en el poder, una porción grande de una torta que se achica es preferible a ninguna porción de una torta que crece, que es lo que la mayoría de la élite actual recibiría en un sistema legal justo, con reglas claras y una implementación predecible.

Visto en este contexto, el pronóstico sombrío para el crecimiento difundido por el Ministerio en noviembre sorprende y a la vez es bien recibido. Por lo menos, las autoridades merecen un elogio por admitir sinceramente que las promesas de Putin son imposibles de cumplir, en lugar de seguir ignorando, endulzando o desviando la atención de la evidencia.

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El creciente realismo del discurso interno –y público– del Gobierno no es una cuestión menor. Finalmente conduce, por ejemplo, a la discusión tan necesaria de los recortes presupuestarios. Lo que esto –y, en términos más generales, la nueva honestidad de los funcionarios– significa para el futuro político de Vladimir Putin todavía está por verse.

Sergei Guriev, profesor visitante de Economía en Ciencia Política, es profesor de Economía y fue rector de la New Economic School en Moscú. © Project Syndicate.

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