Opinión

Jacques Sagot: Noche frente al televisor

Actualizado el 14 de noviembre de 2014 a las 12:00 am

Pianista y escritor

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Jacques Sagot: Noche frente al televisor

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Los noticieros están llenos de muerte. Un puente se desplomó, fracturándose en varios segmentos a lo largo de sus 160 metros de longitud. Carros sumergidos en el río ancho y cenagoso, suspendidos en vilo al borde del puente, enormes vigas y planchas rotas como vértebras… Muchos disfrutan del espectáculo, de su dimensión apocalíptica, del colapso estructural de las masas de concreto, del precario equilibrio del bus escolar que pende sobre el abismo: treinta niños en el vórtice de la caída libre… Morta, la parca, aguza sus tijeras. ¡Es tan tenue el hilo de la vida!

Solo cinco personas han sido confirmadas como muertas. Ahogadas todas ellas. Los hay que se sienten decepcionados. Hubieran querido que fuesen mil: era hora pico del tránsito, y los carros avanzaban como lento magma a lo largo de la arteria de asfalto. ¡Apenas cinco muertos! Basta con ver las tomas aéreas del desastre: cuesta trabajo creer que una hecatombe de tales proporciones haya dejado tan pírrico saldo humano. Y, en este juego –bueno es saberlo–, los heridos no cuentan. Los espectadores querían muertos.

Las catástrofes deben dejar una estela de muerte, pues, de lo contrario, no pasan de ser meras infracciones de tránsito. Hay gente que debería horrorizarse ante sus propios sentimientos. Se han des-identificado, disociado completamente del dolor humano. Contemplan a las víctimas como extras en una mala película americana. Comparsas, anónimas criaturillas, los hombres-hormigas que se descolgaban por docenas desde la borda del Titanic o del Poseidón.

Atroces aberraciones. La televisión produce ese tipo de atroces aberraciones. Todo deviene en espectáculo. Por un momento, el espectador finge sentirse contrito por la tragedia: es lo que el protocolo de la compasión estipula. Pero, tan pronto nadie lo mira, sus ojos brillan de emoción. “¡Qué horror, pobre gente!” –exclama hipócritamente–. Luego, vuelve a su sorda decepción: ¡apenas cinco muertos! Quiere sensacionalismo, estremecimiento, música de fondo, el sentimiento de haber vivido un pedazo de Apocalipsis. Sí, la televisión genera eso.

¿Un puente que se cae? Eso no conmueve a nadie: antes bien, genera torrentes de adrenalina y desorbita los ojos del televidente. La pantalla interpone una distancia segura entre el espectador y los infortunados actores. Todo cuanto se inscribe en el mágico rectángulo adquiere un aura irreal: el amenazador retumbar y los crujidos metálicos de la armazón vencida, los “efectos especiales”, la bien ensayada coreografía del desastre… El espectador debe hacer un esfuerzo supremo por realizar la operación más natural del mundo: sufrir con el prójimo, transmigrar a su cuerpo y experimentar con él su terror indecible. Pero no lo logra. Más muertos, más muertos: el espectador pagó su boleto, y exige muertos.

El dolor-mercancía. El dolor glamourizado . El dolor que cenamos diariamente. Somos consumidores de dolor. ¿Un puente que se cae? ¡Vamos: habrá sido simulado digitalmente, fotografía de Ridley Scott, y música de John Williams! ¿Qué es real, y qué mera ficción? El derrumbe de las Torres Gemelas, ¿no fue el espectáculo mediático del siglo? Fenómeno abyecto, peligroso: la realidad asume las trazas de lo cinematográfico, y lo cinematográfico comienza a enfeudarse de la realidad. No hay demarcación entre ambos mundos.

Lo denunció Guy Debord en su libro La sociedad del espectáculo , de 1967. Locura, locura, locura. Un fenómeno de auto-deglución: la sociedad de consumo termina por consumirse a sí misma, bajo la forma específica del espectáculo. Revoluciones, atentados terroristas, descubrimientos científicos, escándalos políticos, pandemias letales, partidos de fútbol, manifestaciones artísticas, degollinas incalificables: todo se transforma en espectáculo. Somos catadores del dolor. Vampiros, antropófagos. Miembros de una sociedad espectacular y espectacularista. Lo que no se vende como espectáculo –así sea un concierto o un fusilamiento masivo–, no existe.

Sin solidaridad. Cuanto más cómodamente nos arrellanamos en nuestro sofá favorito para degustar el dolor espectacularizado –“el sabor del día”–, cuanto más pasivamente asumimos nuestro rol de espectadores que pagan su boleto y exigen sangre y tremendismo, más incapaces somos de verdadera solidaridad, de identificación con el martirio del prójimo (el próximo). Nos disociamos de él. Todo cuanto acontece en la pantalla del televisor –espacio acotado y seguro– asume un carácter virtual, fantástico, hollywoodesco. Adviene un inevitable proceso de de-sensibilización. Hemos dejado de ser personas: ahora, a lo sumo, calificamos como humanoides. La línea que deslinda la ficción de la realidad se difumina.

Veo el puente dislocado, la expresión de angustia y terror de las víctimas, el agua que, treinta metros abajo, se hace tiempo, se hace olvido, se hace devenir. El río de Heráclito, ese en cuyas aguas nadie se baña dos veces –el más piadoso eufemismo jamás inventado para aludir a la muerte–, y me descubro perfectamente insensible. Peor aún: disfruto de las tomas panorámicas, el zoom del lente, los paneos, la voz trepidante del reportero, los primeros planos de los niños que lloran, los dramáticos camarazos de las unidades móviles, la spielbergiana música de las “ action news ”. Mundo de mentirillas, mundo de verdadillas…

Por poco, imágenes de PlayStation. Luego, me palpo el corazón, y lo siento tan distante, tan sordo y ajeno… Mala, mala película. Me hicieron falta efectos especiales, sangre, explosiones, horror digitalizado. Y también –por qué no– Spiderman o Batman, que vinieran a salvar al mundo y castigar a los malvados. Esos que llevo dentro, que me habitan y asumen la forma del espectador pasivo y ávido de escalofríos y sensacionalismo.

Comencé hablando de la teleaudiencia morbosa y deshumanizada como un fenómeno completamente ajeno a mi ser. De pronto, me doy cuenta de que no he hecho otra cosa que asomarme a mi propio corazón… y no me gusta lo que veo.

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