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Morir para vivir

Actualizado el 23 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

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FREETOWN, SIERRA LEONA – Yo era un joven médico asignado a la Unidad de Emergencias del Hospital de Niños Ola During, en Sierra Leona, cuando tuve que aconsejar a la madre de una niña gravemente enferma de malaria que dijera una mentira flagrante.

Su hija Mariama, de cuatro años, necesitaba una transfusión de sangre para no morir, pero la madre no tenía dinero para pagar las pruebas de detección de infecciones y compensar al donante. Yo había visto a muchos niños morirse mientras sus padres buscaban desesperadamente los fondos necesarios.

Decidido a salvar la vida de Mariama, dije a la madre que volviera a casa y anunciara que su hija había muerto. Yo sabía que eso provocaría la compasión de sus parientes, que exprimirían sus magros recursos para garantizar un funeral adecuado.

La mujer aceptó; seis horas después volvió al hospital con dinero suficiente para cubrir todo lo necesario: una transfusión y tratamiento para la malaria y los gusanos que infestaban el cuerpo de Mariama. Pocos días después, le di de alta, todavía débil, pero ya en recuperación.

La enfermedad de Mariama no impulsó a sus parientes a actuar, pero su muerte sí. Lo mismo ocurrió, en escala mucho mayor, durante la epidemia de ébola en África occidental.

Se cree que la epidemia se declaró en las regiones boscosas de Guinea en diciembre del 2013, y que luego se extendió gradualmente a Sierra Leona y Liberia. La comunidad internacional vio cómo la enfermedad asolaba los tres países, diezmaba aldeas, aniquilaba familias enteras y paralizaba las economías; pero al principio nadie prestó mucha atención. El mundo se desentendió de la verdad hasta que la epidemia se extendió tanto que ya no pudo seguir haciéndolo. Entonces, ya era demasiado tarde para evitar una catástrofe.

Todavía no terminamos de asimilar la magnitud del desastre del ébola en África occidental. El temor al contagio llevó a que se cerraran las escuelas y a que estudiantes y maestros se quedaran en casa. Lo mismo hicieron muchos trabajadores; restaurantes, bares y hoteles dejaron de funcionar y la economía se paralizó. Se perdió la mitad de los empleos en el sector privado. El autoaislamiento de los agricultores redujo un 30% la producción agrícola.

La parálisis también afectó la vida social. En muchos distritos se impuso el toque de queda, y se desaconsejó viajar a gran distancia. En varias ciudades, recibir visitantes en casa exponía al anfitrión a severas multas. Aun así, la enfermedad se extendió a las áreas urbanas; como un incendio forestal, atravesó los tres países y se propagó a otros. Hasta el día de hoy, solo en Sierra Leona se han contabilizado más de 8.500 infecciones y 3.500 muertes.

Tal vez el más golpeado fue el sector sanitario. La muerte de más de 220 trabajadores de la salud dejó solo 3,4 profesionales por cada 10.000 ciudadanos.

Conforme el temor al ébola se intensificaba, muchos ciudadanos dejaron de usar los servicios sanitarios, lo que se tradujo en una caída del 23% en la cantidad de nacimientos en hospitales o clínicas, un 21% en la vacunación infantil básica y un 39% menos de niños tratados por malaria.

En consecuencia, estos países experimentaron un resurgimiento de enfermedades vacunables, malaria, muerte materna e infantil, y desnutrición aguda. En este sentido, puede ser que lo peor todavía esté por venir.

Pero Sierra Leona se está poniendo de nuevo en pie, y ha lanzado un plan bienal de recuperación. La prioridad principal es reducir a cero y mantener en esa cifra la incidencia del ébola. Esto implica modificar las condiciones que le permitieron extenderse tan rápidamente, en primer lugar.

El primer paso es reconstruir el sistema de atención médica. El plan demanda la restauración de los servicios sanitarios en 40 hospitales y 1.300 centros de atención primaria en todo el país, para que niños y madres puedan recibir gratis atención básica, vacunas y tratamiento para enfermedades como la tuberculosis, el sida y la malaria.

Además, para reforzar la seguridad del sistema sanitario y restaurar la confianza en él, el plan convoca a emplear mejores prácticas de control de infecciones y formar una nueva camada de trabajadores capacitados. También incluye una cooperación más estrecha con los grupos comunitarios, a los que es preciso asignar una misión de vigilancia y respuesta sanitaria.

La recuperación no será rápida, fácil ni barata. Solo en Sierra Leona, se prevé que costará $1.300 millones (de los que todavía falta conseguir $896,2 millones). Para cubrir el faltante, necesitamos ayuda de nuestros socios africanos y de la comunidad internacional en su conjunto.

Hace muchos años, si no fuera por una mentira, Mariama se hubiera muerto. Hoy no necesitamos mentiras. Lo que necesitamos es compromiso auténtico, comunicación franca y responsabilidad recíproca en los niveles local, nacional, regional y global. Ya hemos visto cómo la falta de servicios sanitarios esenciales puede devastar un país, cobrarse miles de vidas y trastornar muchas más.

Nos hemos unido como país para vencer al ébola, y estamos decididos a prevenir futuras epidemias. Y lo haremos, con la ayuda continua de la comunidad internacional.

Samuel Kargbo es director de Sistemas, Políticas, Planeamiento e Información Sanitarios del Ministerio de Salud e Higiene de Sierra Leona y becario 2015 del programa Nuevas Voces del Instituto Aspen. © Project Syndicate 1995–2015

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