Opinión

Morir por creer

Actualizado el 09 de junio de 2015 a las 12:00 am

Preocuparnos solo por salvaguardar lo nuestro sería un acto mayúsculo de egoísmo

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Morir por creer

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Esa semana me saturé de dolor. Trato de seguir las noticias siempre, pero hay ocasiones en que vencer la tentación de “cambiar el canal” y evitar caer en la comodidad de la indiferencia no es sencillo. Debo confesar que traté de entretenerme con otros asuntos por un tiempo. Creo que es parte de un mecanismo de autodefensa al que recurrimos espontáneamente para evitar temas que conllevan sufrimiento; pero fracasé. Mi conciencia no me dejó en paz ni un solo día y me recordó sin descanso que callar es pecar por omisión.

Ciertamente no creo que sea normal permanecer impávidos e indiferentes cuando torturan o asesinan brutalmente frente a nuestras narices y en tiempo real a seres humanos, simplemente por su fe. Eran tan solo niños cuyo pecado fue ser cristianos, y sus cuerpecitos mutilados eran apilados como escombros de terremoto por militantes suníes del Estado Islámico (EI). Días después, otros niños, reclutas del EI, corrían alegres con las cabezas de adolescentes musulmanes chiítas recién decapitados por miembros mayores de su organización. Madres nigerianas lloraban desesperadas por el secuestro de más de 200 niñas (la mayoría cristianas y algunas musulmanas), por parte del grupo terrorista Boko Haram para obligarlas a convertirse al islam. El terror se apoderaba de las calles de Bélgica cuando un radical islamista asesinaba a tiros a cuatro personas junto al Museo Judío de Bruselas. Y la lista sigue.

Podría pensarse que estos son casos aislados, actos de crueldad extrema de grupos terroristas desalmados al mando de personas mentalmente perturbadas. Lamentablemente no es así. Diversos estudios concluyen que la libertad religiosa en el mundo ha entrado en una época de grave deterioro, lo que conlleva sangrientas y constantes violaciones a los derechos humanos.

Estado de la libertad religiosa. Según el Informe Libertad Religiosa en el Mundo (ILRM) 2014, de la Fundación de la Santa Sede Ayuda a la Iglesia Necesitada, de 196 países estudiados entre el 2012 y el 2014, se ha detectado que el derecho a la libertad religiosa se vulnera en forma significativa en 82 de ellos (el 42%) y la situación es calificada como “preocupante” en otros 35 (el 18%). Igualmente, en la mayor parte de los lugares en los que la situación de la libertad religiosa ha sufrido cambios, se ha tratado de un empeoramiento. En este sentido, de los 196 países analizados solo 6 han mejorado y 55 reflejan deterioros notables.

Siguiendo con este informe, en 20 países se califica como “alta” la persecución o discriminación a la que se enfrentan los grupos religiosos.

De ellos, 14 sufren persecución religiosa ligada al islamismo extremista: Afganistán, Arabia Saudita, Egipto, Irán, Irak, Libia, Maldivas, Nigeria, Paquistán, República Centroafricana, Somalia, Siria, Sudán y Yemen. La persecución religiosa está ligada a regímenes autoritarios en los 6 países restantes: Azerbaiyán, China, Corea del Norte, Eritrea, Birmania y Uzbekistán. En la lista de Estados donde se registran violaciones más graves a la libertad religiosa predominan los países musulmanes y, en general, los cristianos son la minoría religiosa más perseguida.

De acuerdo con varios estudios citados por la revista Aleteia (“Mapa de cristianos perseguidos en el siglo XXI”), el 75% de la población mundial vive en países con serias restricciones al ejercicio de la libertad religiosa, y el 80% de este tipo de discriminación está dirigida contra los cristianos.

La revista informa que en gran parte de África subsahariana toda la costa mediterránea de ese continente, el Oriente Medio, el golfo Pérsico y la mayoría del continente asiático hasta las mismas fronteras rusas y chinas del Pacífico están poblados por sociedades en las que, en diversas formas, el cristianismo sufre acoso.

Esto lo confirma el ILRM–2014, que reporta la desaparición de 30.000 cristianos que habitaban en Mosul, Irak; y la dramática disminución de la comunidad de cristianos en Siria, que bajó de 1.750.000 en el 2011 a 1.200.000 en el el 2014 (una caída de más del 30% y en proceso).

Odio en general. El hecho de que los cristianos dispersos por todo el mundo hayan convivido por generaciones con culturas diversas a las propias en naciones hoy en manos del extremismo, pareciera ser una de las razones por las cuales conforman el grupo de fieles más perseguidos. Dicho esto, sufrir la persecución religiosa no es patrimonio de los cristianos.

Los grupos musulmanes minoritarios también están sufriendo una persecución sistemática y terriblemente violenta, en la mayoría de los casos a manos de otros musulmanes extremistas; lo que ha dejado un halo de destrucción, muerte y migración forzada.

Algo similar sucede en el caso de las comunidades judías, sujetas a mayores niveles de amenazas y violencia, especialmente en algunas zonas de Europa Occidental, lo que ha generado un incremento en la inmigración a Israel. Con tristeza hay que avalar las observaciones del ILRM – 2014 cuando concluye que, junto a razones económicas y de seguridad general, “el odio religioso se ha ido convirtiendo cada vez más en una obvia fuerza motriz del creciente fenómeno de los refugiados”.

Quizás no todos estábamos al tanto de la gravedad del problema, pero no creo que los costarricenses desconozcan del todo que en varias partes del globo están matando gente simplemente por su fe. Al caer en cuenta de esta realidad es casi natural hacer una introspección y alegrarse de la situación en Costa Rica.

Efectivamente, consagrado en el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en nuestro país se respeta el derecho a la libertad religiosa. Por ello, podemos profesar nuestra fe abiertamente, sin restricciones ni temores; sin embargo, las realidades que estamos viendo en otros lares nos deberían poner alerta y vacunar contra todo intento de menoscabar o cuestionar este derecho.

No obstante, preocuparnos solo por salvaguardar lo nuestro sería un acto mayúsculo de egoísmo. Aunque en algunas circunstancias la diplomacia lo podría desaconsejar; Costa Rica, nación ejemplo de paz y orgullosa defensora de los derechos humanos, no puede callar ante tanta atrocidad. Se espera y urge que el país alce la voz en el concierto de las naciones.

Tenemos la legitimidad moral y el deber político de hacerlo. Eso es lo que se espera de un país que, aunque pequeño en territorio, es grande en espíritu.

Es inexplicable que, dado los niveles de desarrollo que ha alcanzado la humanidad, morir por creer sea hoy uno de los problemas globales más sangrientos y tristes que afrontamos.

No parece lógico que la ciencia logre que cada vez más personas pasen de los 90 años, y al mismo tiempo veamos a niños morir martirizados en televisión.

Ante esto, nuestro peor pecado como país sería la indiferencia. No titubear al defender nuestros derechos, ni calcular al hablar en nombre de los demás, es lo que se espera de nosotros. La responsabilidad política, la dignidad humana y, sobre todo, el corazón de los costarricenses lo imponen.

Fernando F. Sánchez es politólogo.

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