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Mora y Cañas fusilados... ¿por qué?

Actualizado el 03 de octubre de 2012 a las 12:00 am

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Mora y Cañas fusilados... ¿por qué?

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En su edición del 15 de septiembre de 1859, el prestigioso diario norteamericano The New York Herald le dedicaba un inusual artículo al presidente de Costa Rica recién derrocado, don Juan Rafael Mora. Bajo el título de “Revolución en Costa Rica”, el artículo comenzaba reconociendo que el presidente Juan Rafael Mora poseía una alta reputación como gobernante, habiendo ocupado el cargo con gran honestidad y brillantez en dos ocasiones por 6 años, ganando por sus méritos recientemente la tercera postulación. Mora fue –continuaba el artículo– el más eficiente agente en la aplastante derrota de Walker y sus filibusteros en la América Central, contribuyendo de manera significativa a la actual independencia que vive Nicaragua.

Pero, a pesar de tanta gloria y grandeza, el señor Mora fue derrocado y enviado al exilio – señalaba con extrañeza el columnista– preguntándose de seguido: ¿Quiénes y por qué razones actuaron de manera tan infame? La respuesta ubicaba inicialmente la conspiración en las continuas intrigas de la Casa Blanca o bien en los oscuros intereses de Gran Bretaña en la región centroamericana. Pero el origen del complot no estuvo en Washington, –afirmaba el diario neoyorquino–, atribuyendo enfáticamente la responsabilidad a los ingleses residentes en San José, socios y cuñados de José María Montealegre Fernández y sus hermanos, autores intelectuales del golpe perpetrado en la madrugada del 14 de agosto de 1859.

Según esta versión, hubo una razón de fondo que indispuso al Imperio Británico hacia Costa Rica. El presidente Mora se negó a aceptar el tratado propuesto por el primer ministro de su majestad Sir William Gore Ouseley, para reconocer la costa atlántica costarricense como territorio del rey de la Mosquitia, obligados al país a pagar un subsidio anual, afectando a la vez los derechos de soberanía de Costa Rica al ceder una porción importante de su territorio. Mora respondió que no reconocería jamás como nación a un puñado de indios; declinando humillarse al otorgar una concesión semejante.

Como represalia, los británicos residentes en el país contactaron a unos pocos oficiales corruptos, a quienes sobornaron con fondos provenientes de Inglaterra, instruyéndolos en el proceso de derrocamiento y siendo uno de ellos Edward Joy, quien acompañó a Mora y los suyos al puerto de Puntarenas con la misión de asegurarse de que abordaran el buque Guatemala rumbo al exilio.

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La versión del Herald de Nueva York no es para nada descabellada, aunque hubo en realidad un segundo motivo más fuerte que las relaciones internacionales, llevando a los golpistas a no conformarse con desterrar a Mora, pensando poco después en su eliminación física.

Al resultar vencedor de la guerra, teniendo en contra un poderoso y desesperado grupo de enemigos criollos y británicos, quienes intentaban fortalecerse creando un banco de carácter especulativo, el Banco Anglo Costarricense, para financiar las exportaciones de café y las crecientes importaciones europeas, Mora decide adelantarse creando el Banco Nacional de Costa Rica, el primero del país, que sirviera no solo como cartera crediticia para las exportaciones y las importaciones privadas, sino también que atendiera la administración financiera estatal, incluyendo la función monetaria y como banca de desarrollo para pequeños y medianos productores cafetaleros.

Ante la expectativa de que el país pudiese salir de la crisis gracias a la inteligencia y capacidad del presidente Mora, el grupo opositor optó por afinar los planes de derrocamiento, los cuales databan desde 1856 con el caso “Iglesias-Tinoco”, apresurándose a sobornar a los comandantes de los cuarteles, quienes hasta entonces eran piezas de confianza del Gobierno.

El destino del gran defensor de la soberanía y la libertad de la América Central estaba marcado. Un año más tarde, por intermedio de una engañosa nota personal de Vicente Herrera, doble agente del montealegrismo dentro del Gobierno morista, el 30 de septiembre de 1860 caía abatido por las balas de sus enemigos en el puerto de Puntarenas, sufriendo la misma suerte, dos días después, el general José María Cañas.

Ambos cayeron tan heroicamente como habían vivido, sin que nunca existiese la voluntad ni menos aún un perdón escrito que no llegó a tiempo. Ese cuento lo inventaron los defensores históricos de los asesinos.

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