Opinión

Misiles en la cochera

Actualizado el 08 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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Misiles en la cochera

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El lunes 4 de agosto del 2014, La Nación publicó un amplio reportaje, indicando, como si fueran hechos probados del Procedimiento Administrativo, elementos fácticos que no coinciden en su totalidad con los hechos que se tuvieron por demostrados por la Corte Suprema de Justicia en el procedimiento disciplinario seguido contra un exmiembro de la Corte Suprema de Justicia. En su mayoría, el reportaje recoge los argumentos que el denunciado sostuvo ante la Corte y/o ante la Asamblea Legislativa.

Ingresé al Juzgado Contencioso en el 2003, sin ninguna recomendación ni ayuda del denunciado. Fui a presentar mi hoja de vida, hice nombramientos como meritoria y, cuando existió una oportunidad de suplencia interina, el juez coordinador del Despacho me nombró para realizar suplencias. A él, al Dr. Segura, le debo que, sin conocerme y sin referencias de nadie, más que de mi trabajo de entonces, de modo objetivo, me dio la oportunidad de laborar allí. No menos podría esperarse de ese juez de la República.

Trabajé en el IFAM como asistente de la Presidencia Ejecutiva y directora jurídica, en ambos casos por méritos propios y decisión libre de los entonces presidente y directora de la institución dicha, previo cumplimiento de los requisitos para el cargo.

Trabajé en la Sala Primera por voluntad de las magistradas Carmen María Escoto, Anabelle León Feoli y el magistrado Luis Guillermo Rivas. A ellos les manifesté mi agradecimiento por la oportunidad de prestar mis servicios en sus despachos. No se trató de favores ni de tráfico de influencias. En materia contencioso-administrativa, fue la presidenta de la Sala Primera quien autorizó y decidió sobre mi permanencia en esa Sala, durante el 2008 y el 2009.

Hice exámenes para Juez 4 Contencioso ante el tribunal examinador y los aprobé. De previo había sido letrada, litigante en esa jurisdicción y había sido certificada en aprovechamiento, por la Escuela Judicial, como una de las facilitadoras de oralidad, dado mi relevante desempeño en las capacitaciones de oralidad en materia contencioso-administrativa, impartidas de previo por ese órgano.

No necesito padrinos, palancas ni lobbys para ser la abogada que soy, y nunca he acudido a ellos. No he recibido favores laborales, ni obsequios, ni viajes del denunciado, por lo que reprocho públicamente el contenido del reportaje de David Delgado, periodista de La Nación , en su edición del 4 de agosto.

Con su redacción se expone, por mucho, la tesis de defensa del denunciado en su réplica y de su defensa ante la Asamblea Legislativa, no los hechos probados de la causa.

Por otra parte, la redacción de este reportaje que critico, desconoce los principios y obligaciones de los periodistas ante el colegio profesional al que pertenecen, y que, en su Código de Ética, parte de la premisa de que el periodista debe reconocer el derecho de las personas a la privacidad e intimidad, especialmente en casos de tragedia o dolor, crimen, violencia o explotación sexual.

Como consta en una grabación que tengo en mi poder, la semana pasada, La Nación me pidió, por medio de una de sus periodistas, el disco de la audiencia en que hice mi declaración ante el Órgano Director del procedimiento administrativo (febrero del 2013). Mi respuesta respecto de este y otros documentos fue negativa. Ya no porque la Inspección Judicial me abra una causa disciplinaria, pues está claro que el Poder Judicial no es mi patrono, sino porque la regla dada por la Corte, a la que respeto genuinamente, fue declarar confidencial este expediente, y eso debo cumplirlo, más allá de que se comparta, o no, esa confidencialidad.

Aunado a esto, indiqué de forma expresa a la periodista que el disco de mi declaración no lo facilitaría ni a una amiga, ya no por el proceso, sino por mí y lo que hubo que exponer en esa audiencia. Con todo y mi claridad sobre el punto, La Nación decidió publicar, días después, pasajes de mi vida que afectaron mi integridad y mi estabilidad emocional, lo que no les resulta desconocido, puesto que escucharon y vieron lo que, en privado, solo hasta entonces pocos, y por estar legitimados, habían conocido. La Nación indica que tiene el disco de la grabación de comentario y que ellos lo observaron, y, sin consideración alguna ni respeto, La Nación publicó, con redacción novelesca, episodios de mi vida, desconociendo el derecho a la privacidad del dolor y del daño sufrido.

Hoy entiendo a un distinguido y valiente abogado que alguna vez me describió cómo esperaba, como “misiles” en su cochera, cada vez que llegaba el periódico La Nación a su casa. Espero no tener el mismo remedio que tuvo que aplicar tan elocuente colega.

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