Opinión

Minimalismo legislativo

Actualizado el 04 de octubre de 2014 a las 12:00 am

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Minimalismo legislativo

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Se conformó en la Asamblea Legislativa una comisión para analizar reformas al sistema político, tomando como referencia algunas de las recomendaciones emitidas por la Comisión de Notables durante la administración anterior.

Cuando se habla de estos temas, una de las propuestas que surge es aumentar el número de diputados (los notables sugirieron que a 87), y si bien muchas y quizá válidas razones se han esgrimido en su defensa, todas ellas parten del supuesto –tácito o implícito– de que el anquilosamiento legislativo se debe en parte a la poca cantidad de diputados y que una mayor cantidad de estos hará más eficiente y representativo el Congreso.

Los “maximalistas” legislativos (usualmente políticos presentes, pasados o futuros) sueñan con una Asamblea Legislativa más grande y más poderosa, donde más diputados van a poder dividirse mejor las funciones, representar mejor al ciudadano y dictar más leyes. Cuando se les plantea que quizá el problema de los diputados está en la calidad de estos y no en su cantidad, rápidamente coinciden en que ese es otro tema que debe trabajarse, pero no dicen cómo ni cuándo.

El principal problema de la Asamblea Legislativa, además de la calidad de sus integrantes y el método de toma de decisión que emplean, es la visión que de sí mismos tienen los diputados. Basta revisar los proyectos de ley que presentan y de escuchar las sesiones del plenario para entender que existe una desconexión evidente entre la realidad del país y los temas que discuten los diputados, como si el aire de Cuesta de Moras trasladara a los legisladores al ágora ateniense.

Discusiones absurdas. En un país que tiene prioridades bastante claras, como la seguridad, la educación y el crecimiento económico, los diputados invierten una cantidad de tiempo ingente en tramitar, discutir y/o bloquear proyectos que no solo no son prioritarios, sino muchas veces absurdos. Desde benemeritazgos y días conmemorativos hasta comisiones de investigación y leyes innecesarias, los señores y señoras diputados creen que su labor se mide por la cantidad de proyectos que presentan y de minutos que hablan en el plenario o en los medios de comunicación. Así, transcurren los cuatro años de su legislatura sin pena ni gloria, en un sistema colapsado no sólo de proyectos sino de la hemorragia verbal de los padres y madres de la patria. Tan frustrante debe ser la falta de resultados de su gestión, que esperan cuatro años para, muchas veces, intentarlo de nuevo y de nuevo y de nuevo.

Como ciudadano de a pie, ingenuamente quisiera pensar que quizá pudiéramos incentivar una transición hacia un minimalismo legislativo. Conservemos el mismo número de diputados, pero hagámosles saber que en materia de legislación menos es más, que primero resolvamos los temas realmente urgentes, que garanticemos que los derechos fundamentales y las oportunidades les lleguen a todos los habitamos en este país, y que una vez que hayamos logrado ese objetivo prioritario, invirtamos tiempo, energías y recursos en discutir otros asuntos accesorios.

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