Opinión

México: lecciones para Costa Rica

Actualizado el 29 de octubre de 2014 a las 12:00 am

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México: lecciones para Costa Rica

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Varias masacres y asesinatos de dirigentes populares, estudiantes y políticos, con la participación de fuerzas militares y policiales en connivencia con el narcotráfico, se han producido con virtual impunidad en los últimos meses en ese país.

Es evidente que las fuerzas del “orden” han sido penetradas hasta los niveles superiores en varios municipios y estados mexicanos, y que esta penetración tiene soporte en instancias federales.

La masacre de medio centenar de estudiantes normalistas, con una forma de terror que supera a los degolladores de ISIS, revela un intento de acallar, por parte del narcotráfico, todo tipo de disconformidad cívica de la sociedad civil. O sea, se trata de un terror dirigido claramente a anular la resistencia de la población de la ciudad de Iguala, último bastión de civismo en ese municipio manejado por el narcotráfico desde el poder local.

Clientelismo. ¿Cómo fue que el sistema electoral mexicano le abrió las puertas al narcotráfico? La corrupción de las autoridades y de los partidos permitió la filtración progresiva y su apoderamiento de las funciones locales y estatales, y de no pocas instancias federales. Pero, más allá de esta constatación de Perogrullo, están las condiciones estructurales que han corroído la República mexicana. Me refiero al clientelismo. Este concepto, que puede sonar a “palabra gastada” o etiqueta fácil, encierra una peligrosa enfermedad social que destroza y corroe la democracia. El clientelismo no es, como aparenta a primera vista, la simple manipulación de clientelas por parte de patrones políticos, a cambio de promesas o prebendas. Se trata de algo muchísimo más grave que atenta contra la esencia de la ciudadanía. Le quita el carácter de ciudadano a la persona y la reduce al papel de cliente. Así, pues, establece una relación desigual entre cliente y patrono. El cliente deja de ser ciudadano en el sentido de que toma decisiones sobre la gestión pública y se transforma en un cliente que solo puede optar por la oferta “patronal”. Esta relación de subordinación es un verdadero cáncer que rompe el carácter republicano del Estado como empresa de todos y deja esta función en manos de sus patronos políticos.

En México, el clientelismo no se disimula y la ausencia de civismo ha estimulado la corrupción generalizada. Por esta vía, el narcotráfico ha comprado posiciones de poder e impuesto el terror cuando alguien se atreve a discrepar.

Corrupción y deterioro. En nuestro país, el clientelismo ha venido expandiéndose en las últimas décadas y, con él, la corrupción y el deterioro progresivo de la gestión pública. No estamos todavía en la situación en que encuentran nuestros hermanos mexicanos, pero nos encaminamos aceleradamente hacia ella. Hemos tenido un tejido social e institucional más fuerte, basado en un sentimiento y práctica cívica con arraigo histórico, pero esta fortaleza histórica se ha venido deteriorando por la práctica, cada vez más desembozada, del clientelismo, pero, sobre todo, por los altos grados de impunidad prevalecientes, especialmente con los delitos de altos jerarcas y la ineficacia estatal. El narcotráfico ya se encuentra afincado en nuestro país y muestra, cada vez más, su fuerza bruta en las rivalidades y cobro de cuentas entre ellos, pero también ha ido demostrando su penetración en las instancias del poder policial e, incluso, judicial.

Tenemos aún fuertes reservas cívicas y podríamos revertir el proceso, si tomamos conciencia de la amenaza y actuamos de conformidad, transformando el clientelismo en delito grave y, desde luego, poniendo freno a la impunidad. De nada sirve, como lo comprobó el nobel Gary Becker, aprobar leyes fuertes, si reina la impunidad.

Cuando las barbas de tu vecino veas arder, pon las tuyas en remojo… Si no, seguiremos haciendo lo de la orquesta del Titanic: tocar la música mientras el barco se hundía.

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