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¿Metas insostenibles para el desarrollo?

Actualizado el 22 de abril de 2016 a las 12:00 am

En Suecia, el 30 % del presupuesto de asistencia se está destinando a cuidar a los refugiados

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OXFORD – Entre el 2000 y el 2015, los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) enfocaron mentes y presupuestos en la pobreza mundial, impulsando significativamente las perspectivas para los habitantes de algunos de los países más pobres del mundo.

El nuevo conjunto de metas mundiales, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), procura aprovechar esos avances, no solo para erradicar la pobreza, sino también para atender varios desafíos adicionales, como ampliar el acceso a la educación y proteger el medioambiente, pero esta vez enfrentan importantes vientos en contra.

Eventos geopolíticos recientes, como la crisis de los refugiados de Oriente Medio, están complicando los presupuestos y las agendas de los gobiernos. Y los precios de las materias primas y las inversiones de las economías emergentes, factores que reforzaron los avances en pos de los ODM, están cayendo en picada. Sin innovación audaz, la nueva agenda para el desarrollo distará de ser sostenible.

Al momento, los presupuestos de asistencia de los mayores donantes están siendo reasignados subrepticiamente. En la mayoría de los países donantes la ayuda está siendo redirigida para contener el flujo de refugiados de Oriente Medio (especialmente de Siria). La crisis de los refugiados también ha modificado las prioridades internas. En Suecia, aproximadamente el 30% del presupuesto de asistencia se está destinando ahora a cuidar a los refugiados inmigrantes; en Suiza, la asignación comparable es del 20%.

Otros fondos de asistencia de los principales donantes están siendo reasignados a la seguridad, redistribuidos para la adaptación al cambio climático y su mitigación, y comprometidos con otras metas nacionales. En el Reino Unido, por ejemplo, se dio un desplazamiento hacia la asignación de recursos a prioridades más claramente vinculadas con “el interés nacional” en una nueva estrategia de asistencia en el 2015.

Al igual que para las economías emergentes, los nuevos flujos de ayuda no parecen tan promisorios como hace cinco años. Según una estimación, la asistencia china pasó de $630 millones en el 2000 a $14.400 millones en el período del 2010-2012, pero la continua desaceleración de ese país probablemente augure una merma en los presupuestos de asistencia. Y no es de suponer que otras economías emergentes cubran esa brecha. Brasil, aclamado en el 2010 como un “jugador emergente en términos de asistencia” sufre ahora una crisis económica y política, al igual que Sudáfrica.

A estos desafíos para los países en desarrollo se suman las nuevas regulaciones financieras en los países avanzados, que limitan los flujos de inversión y financiamiento hacia el mundo en desarrollo. Los ingresos de las economías en desarrollo se ven aún más debilitados por la desaceleración de la demanda global y el crac de las materias primas que, como demostró el premio Nobel Angus Deaton, han resultado desastrosas para la mayor parte del mundo en desarrollo. Para colmo de males, las políticas monetarias expansivas adoptadas por las principales economías alientan la inestabilidad.

En este difícil contexto, alcanzar los ODS –que son ambiciosos incluso para el mejor de los momentos– requerirá un esfuerzo monumental. Para maximizar las probabilidades de éxito será necesario, en primer lugar, que cada dólar canalizado hacia el desarrollo se use de la manera más eficiente posible. Esto implica repensar la forma en que se hace llegar la asistencia y hacer algunas preguntas difíciles a la intrincada red de agencias internacionales que se ocupan de ello, en particular sobre la eficiencia de sus operaciones.

Consideremos el Programa Mundial de Alimentos (PMA), que anunció en julio del 2015 que no tenía más opción que reducir la asistencia a los refugiados sirios en Jordania y Líbano, una decisión que corrió el riesgo de dejar a 440.000 migrantes sin comida, alentando así una cantidad todavía mayor de viajes peligrosos a través del Mediterráneo.

Esta decisión refleja en parte los inadecuados flujos de asistencia, aunque también puede deberse a los costos de las propias operaciones del PMA. Una revisión por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) del PMA señala que los “elevados costos de logística” y “problemas en el uso de licitaciones internacionales” son problemas que afectan su eficiencia. Aunque nadie ha ofrecido una comparación directa de la relación entre los beneficios y la inversión del PMA y otros proveedores de asistencia, algunas organizaciones son extremadamente eficientes.

BRAC, una organización bangladesí para el desarrollo, conocida como “la ONG más grande del mundo”, parece capaz de entregar ayuda por una fracción del costo de las organizaciones internacionales de Occidente.

Como señaló el Departamento de Desarrollo Internacional del Reino Unido al presentar su justificación de una asociación estratégica con esa organización, BRAC innova para responder más eficazmente a las necesidades específicas de los pobres. Por ejemplo, fue pionera en el uso de tecnología móvil celular para la atención de la salud y abogó por la provisión de efectivo (o activos que generen ingresos) a quienes sufren la pobreza extrema.

Las transferencias de efectivo son un caso interesante. La idea de dar dinero a quienes más lo necesitan es obvia y poderosa, pero durante mucho tiempo se ha enfrentado a una creencia victoriana: que los pobres son imprevisores y probablemente gastarán el dinero en alcohol, tabaco y juego. Sin embargo, no fue ese el caso en México cuando familias pobres recibieron transferencias de efectivo. En lugar de ello, sus hijos terminaron tan bien nutridos y saludables como quienes dependían de un programa de alimentos cuya administración costaba un 20% más.

Se han logrado resultados similares en Ecuador, la India y Uganda, así como en programas internacionales de asistencia humanitaria. Y un estudio en Zimbabue mostró que, cuando los pobres usan el efectivo recibido para comprar bienes y servicios a otros miembros de sus comunidades, también generan más ingresos para los demás.

Por supuesto, no se puede reemplazar toda la asistencia con transferencias de efectivo, pero en algunos casos ese enfoque ofrece la oportunidad de lograr enormes mejoras en la eficiencia respecto de la asistencia entregada a través de instituciones complejas y costosas. Imaginen qué implicaría eliminar los costos del diseño de complejos programas, condiciones, sistemas de monitoreo y esquemas de capacitación para los pobres.

Imaginen un PMA que ya no deba ocuparse de la logística, la adquisición, el almacenamiento y la distribución de 3,2 millones de toneladas métricas de alimentos (y que necesita 120 días para hacer llegar la comida a los países receptores). El PMA informa que está aumentando su uso del efectivo y las transferencias con vales; tal vez haya que presionarlo para que justifique las acciones adicionales y comparar sus costos administrativos para la entrega del efectivo con los de BRAC.

En un entorno económico y geopolítico mundial desafiante, cumplir los ODS solo será posible si aprovechamos al máximo cada dólar multilateral para el desarrollo. Para eso, tal vez sea necesario entregar más dólares directamente a quienes más los necesitan.

Ngaire Woods es decana de la Escuela de Gobierno Blavatnik y directora del Programa de Gobernanza Económica Mundial en la Universidad de Oxford. © Project Syndicate 1995–2016

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