Opinión

‘Megalomalala’

Actualizado el 23 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

Opinión

‘Megalomalala’

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

La querencia del ser humano hacia la idolatría se remonta a la noche de los tiempos. Cuando el homo sapiens estrenó el lenguaje hace 50.000 años, aprendió a titular las cosas y a descubrir en ellas idiomas cosmogónicos, unidos en silencio reverente al nuestro aún en pañales. Hoy, otros decretan las definiciones y ese silencio necesario para el alumbramiento de palabras originales ha sido abortado por ruidos mediáticos. Ya no se estilan el pensamiento ni la reflexión, subproductos en la sociedad digital que nos ahorra el trabajo de procesarlos directamente.

El caso de Malala Yousafzai –la valerosa adolescente defensora de la educación de las mujeres, contra la que dispararon los talibanes, de camino al colegio en Pakistán el 9 de octubre del 2012, y cuya autobiografía, Yo soy Malala , inunda las librerías del orbe– es un ejemplo paradigmático. Tanto interés hay en contarnos su historia que, apenas un año después de acaecida la tragedia, disponemos de explicaciones con pelos y señales.

Estatus de ícono. Malala ha alcanzado el estatus de ícono –Madonna y Angelina Jolie, que no pierden ripio de exhibirse bajo cualquier luminaria, se han subido prestas al carro de sus admiradores– y los múltiples reconocimientos que ha recibido coadyuvan a cimentarlo: Premio Internacional Infantil de la Paz, Premio Embajador de Conciencia de Amnistía Internacional, Premio Clinton (otro que se desvive por seguir en el candelero) Ciudadano Global, por citar algunos, y, como guinda del pastel, nominación al Premio Nobel de la Paz como la candidata más joven de la historia.

Que una causa noble sea abanderada por las élites siempre es encomiable; que se distorsione y sirva para propagar ciertas ideas parcializadas, no tanto.

Malala ha pasado de escolar en una aldea remota de Oriente Medio a vocera de las organizaciones internacionales más poderosas, una transición no exenta de riesgos ni de sospechas.

En un vibrante discurso ante la sede de la Asamblea General de las Naciones Unidas el 12 de julio del 2013 –declarado “Día de Malala” por el secretario general Ban Ki-moon–, la chica apoya abiertamente la iniciativa “Educación Primero” ( UN Global Education First Initiative ) sin parar mientes en las contradicciones inherentes a un saber homogeneizado y, por lo tanto, desnaturalizado.

PUBLICIDAD

Adhesiones desde la cuna. No está de más recordar que el autocoronado emperador Napoleón, que logró el monopolio universitario del Estado francés a través de la creación de institutos –de los que eclosionaría una aristocracia intelectual de adeptos al nuevo régimen–, hubiera suscrito sin pestañear dicha iniciativa: comprendió muy bien que las adhesiones se cultivan desde la cuna; de hecho, él mismo constató en un escrito fechado en 1805: “De todas las cuestiones políticas, esta es quizá la que ocupa el primer lugar. No habrá una situación política estable, si no existe un cuerpo docente con principios firmes”.

No era tanto el amor a los niños lo que movía al genial militar en su cruzada educativa –tampoco lo es, intuyo, lo que mueve a la ONU en la suya– como el control gubernamental.

Malala, que se codea con las altas esferas trocada en celebridad, participó no hace mucho (11/10/13) en un cordial coloquio a dúo con el presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim, en el que su entusiasmo oratorio le jugó malas pasadas y chirriaron comentarios manipuladores: “Creo que debemos cambiar la mentalidad de la gente. Y no debemos considerar que resulte muy difícil” (es terrible que no apele a la razón, sino a la persuasión emocional); “casi siempre culpamos a los políticos, pero –voy a convertirme en política, por eso protejo a los políticos– cada uno de nosotros somos responsables de lo que sucede” (la gran mentira de la obligación in sólidum por el impacto de las decisiones públicas: evidentemente no tiene ni la misma información ni la misma responsabilidad el presidente de una nación que un campesino).

Sesgos ideológicos. Dos días antes, para promocionar el lanzamiento de su libro (escrito a cuatro manos en un tiempo récord, al año del atentado, que hace las veces de hilo conductor, y, por cierto, prohibido por propagandista por la Federación de Escuelas Privadas de Pakistán), concedió una entrevista a la cadena canadiense CBC News que inició haciendo guiños rayanos en lo servil –especialmente ofensivos para su tradición musulmana– a la “cultura” occidental contemporánea, diseñada ad hoc para complacer al hombre-masa de Ortega y Gasset: alabó la saga vampírica Crepúsculo (“Te hace ir a un mundo nuevo”) y a Justin Bieber (“Todo el mundo debería escucharlo”). Más que dar testimonio, Malala sienta cátedra; desgrana generalidades políticamente correctas con las que todos nos identificamos (“Creo en la igualdad, en la educación, en el poder del conocimiento”), pero por cuyos intersticios se cuelan constantes sesgos ideológicos.

PUBLICIDAD

Josefina Ludmer disecciona la hermenéutica de la palabra como posesión y préstamo por parte de la autoridad en su excelente ensayo Las tretas del débil : “Nos interesa especialmente el gesto del superior que consiste en dar la palabra al subalterno; (…) se trata del gesto ficticio de dar la palabra al definido por alguna carencia (sin tierra, sin escritura), de sacar a la luz su lenguaje particular.

Ese gesto proviene de la cultura superior y está a cargo del letrado, que disfraza y muda su voz en la ficción de la transcripción para proponer al débil y subalterno una alianza contra el enemigo común”. ¿Está siendo utilizada Malala? ¿Le han prestado sus palabras?

Opiniones diversas. Nadie es profeta en su tierra y Malala no es una excepción: muchos de sus compatriotas la consideran un títere de Estados Unidos e, incluso, una agente de la CIA; otros estiman que su campaña es un ardid de su familia para instalarse cómodamente en Inglaterra (su padre, Ziauddin Yousafzai, ha sido recientemente investido consejero especial de educación global de la ONU, misión liderada por el antiguo primer ministro británico Gordon Brown), y hay quienes la tildan de narcisista.

En El lado oscuro de la virtud , el profesor de Harvard David Kennedy analiza cómo los bienintencionados proyectos humanitarios pueden volverse fácilmente contra sí mismos. Los males parecen multiplicarse por quienes, desde el poder, supuestamente se dedican a aliviarlos. En nombre de los derechos humanos –y de la educación– se cometen no pocas tropelías.

Malala afirma que los talibanes intentaron silenciarla, pero, en vez de eso, ahora hablan “cientos, miles, millones de Malalas”. Designa, así, trasunto de su persona a todas las niñas que luchen por la justicia, desposeyéndolas de la voz propia que paradójicamente se arroga para sí, pues ninguna puede disentir de sus postulados globalizadores.

Tal vez Malala haya caído en la trampa de una megalomanía precoz, un fenómeno que, en su honor, podríamos acuñar con el neologismo “megalomalala”.

  • Comparta este artículo
Opinión

‘Megalomalala’

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota