Opinión

Mateo, Alexis y la política

Actualizado el 18 de octubre de 2015 a las 12:00 am

En Italia, gobierna un estadista; en Grecia, lo hace un político estancado

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Mateo, Alexis y la política

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A pesar de curiosas semejanzas personales, Mateo Renzi y Alexis Tsipras simbolizan, como pocos políticos y gobernantes, dos polos distantes en el ejercicio del poder democrático y la capacidad de trocarlo en una fuerza transformadora para bien de los ciudadanos.

Un año y diez meses después de haberse convertido en primer ministro de Italia, Renzi tiene a su haber un impresionante saldo de reformas, que justifican llamarlo estadista.

La más reciente, que parecía imposible en el convulso, desarticulado e impredecible panorama político italiano, implicará un salto cuántico en la gobernabilidad del país.

Tras nueve meses de alcanzar ese mismo puesto en Grecia, Tsipras ha dejado a su paso una cadena de poses efímeras, contradicciones y traspiés.

El país permanece en la parálisis y con pronóstico muy reservado. Su impronta más notoria, hasta ahora, ha sido tragar sin indigestarse la medicina financiera recetada por Europa y combatida visceralmente por él, y aun así ganar una segunda elección.

Las vidas de Mateo, el estadista, y Alexis, el político aún en busca de rumbo, poseen interesantes paralelismos.

El primero nació en enero de 1975; el segundo, en julio de 1974. Mateo es el primer ministro más joven desde la unificación italiana, en 1861; Alexis, el más joven de Grecia desde 1865. Ambos desarrollaron su interés por la política durante sus tiempos estudiantiles. Renzi ganó la alcaldía de Florencia en el 2009; Tsipras llegó al Parlamento griego ese mismo año.

Los dos fotografían bien, con su pelo negro corto, sonrisa contagiosa y ademanes desenvueltos, pero Mateo demuestra mayor gusto y formalidad en sus atuendos. Y los dos llegaron al poder de países mediterráneos en medio de serias crisis económicas, aunque con mayor profundidad y menores opciones en Grecia.

Es en su abordaje de las turbulentas coyunturas que les tocó enfrentar y, sobre todo, en las iniciativas para afrontar sus raíces estructurales, que las diferencias resultan más notorias.

El brillo. Desde la rebelión que encabezó en su Partido Democrático para arrebatarle el poder al primer ministro Enrico Letta el 13 de febrero del 2014, Mateo Renzi dejó de manifiesto tres rasgos clave de su liderazgo: primero, el compromiso con el cambio político, económico y social en Italia; segundo, una enorme capacidad de maniobra política; tercero, su férrea voluntad y claridad estratégica para actuar.

A estas cualidades, al saludable respaldo ciudadano, a la decreciente legitimidad de los sindicatos fosilizados y otras añejas estructuras de poder, y a la fatiga de varios legisladores con sus dirigentes crónicos, se deben sus éxitos.

Contra la voluntad de Silvio Berlusconi –a quien cultivó como aliado táctico— impulsó a un magistrado constitucional y político decente, Sergio Mattarella, para que llenara a inicios de este año el enorme vacío dejado por Giorgio Napolitano en la presidencia.

Meses atrás, a pesar de las movilizaciones sindicales, consiguió pasar una reforma laboral sin precedentes, que rompió rígidas estructuras vigentes desde 1970, abrió nuevas posibilidades de dinamismo económico y ha estimulado la contratación de los jóvenes. Además, se está avanzando en el rediseño del sistema fiscal, la justicia civil y la Administración Pública, aunque el paso es lento y las dificultades, notorias.

Pero la “madre de todas las reformas”, aquella que eliminará la volatilidad del sistema político italiano, transformará la naturaleza de su Gobierno y reforzará su capacidad de iniciativa y acción, es el cambio constitucional aprobado el 13 de este mes por el Senado. Su apoyo en la Cámara de Diputados es seguro, y casi nadie duda de que tendrá holgada mayoría en un referendo. El éxito definitivo, por tanto, parece seguro.

A partir de su implementación, el próximo año, el Senado se reducirá de 315 a 100 miembros y perderá su capacidad de legislar, que pasa en su totalidad a la Cámara. Según una reforma legal paralela, el partido que ocupe el primer lugar en las elecciones, con al menos 40% de los votos, recibirá un “bono” que le garantizará una mayoría de 340 diputados frente a un total de 630. Y si ninguno alcanza ese porcentaje en la primera vuelta, habrá una segunda entre los dos más votados.

Este cambio implica una inyección intravenosa de vigor y eficacia en la gobernabilidad italiana, y augura tiempos de mucha mayor estabilidad, en medio de instituciones renovadas. Sin exageraciones, es posible decir que se trata de la reforma política más importante llevada a cabo en Europa desde el desplome del bloque soviético.

La opacidad. Alexis Tsipras y su partido Syriza habitan en el reverso gris y opaco de este espejo. Llegaron al poder el 26 de enero pasado, en el clímax de la frustración griega por una brutal austeridad, pero también cuando la medicina comenzaba a dar sus primeros y muy débiles frutos.

Su promesa, anclada en un izquierdismo radical doctrinario, fue el rechazo total tanto de la ortodoxa receta financiera europea como de las reformas estructurales indispensables para corregir las causas más profundas de la crisis.

Desde esta postura, y con el agua de la bancarrota nacional al cuello, las negociaciones con sus socios de la zona euro se convirtieron en una batalla campal de poses inflexibles, en la que Grecia agotó su capacidad de maniobra, mientras la economía caía en picada.

Tsipras rechazó la oferta final de salvación y convocó a un referendo para obtener un mandato indiscutible a su estrategia del no. Lo ganó con contundencia, pero de inmediato hizo todo lo contrario: ceder y comprometerse a aplicar la amarga receta de Bruselas.

Desafiado por una rebelión de los sectores más radicales de Syriza, logró purgarlos y renovar su mandato mediante nuevas elecciones, en setiembre. Fue una victoria por fatiga e inercia, pero el saldo de estos nueve meses perdidos en el poder difícilmente podría ser peor: mayor recesión económica, humillación política, contradicción ideológica y parálisis en las reformas estructurales. La crisis podría reaparecer muy pronto.

Doctrina y razón. Tras los éxitos o fracasos de los gobernantes se agolpan múltiples factores. Sin embargo, en la base de los resultados tan opuestos entre Mateo y Alexis están sus disímiles abordajes de la política y, sobre todo, el Gobierno.

Alexis partió de una concepción doctrinaria de la acción, centrada en la defensa de principios inflexibles, más que en la búsqueda de resultados tangibles. Pareciera que para él la ideología –como el mercado para otros– posee una “mano invisible” capaz de generar automáticamente los fines deseados. Sabemos que no es así.

Olvidó que en democracia la ideología debe ser mediada por la política, y que esto implica deponer los absolutos y negociar para alcanzar objetivos concretos y secuenciales. Al perder de vista esta máxima elemental, se hundió en sus propias trincheras, pero tuvo que abandonarlas, junto al país, calcinado por la realidad. Su única habilidad como dirigente la ha desplegado en el juego corto de ganar elecciones.

Mateo ha demostrado ser un consumado artífice del quehacer político, que siempre pasa por las transacciones, la flexibilidad y los mejores acuerdos posibles. No carece de ideales; los tiene claros y están anclados en un centro-izquierdismo moderno con nexos democristianos. Pero no los asume como autos de fe, sino como guías para orientar la acción e impulsar con método y firmeza logros extraordinarios.

Mateo es un ejemplo del idealista pragmático e inteligente; Alexis, del ortodoxo obcecado, hasta que los hechos vaciaron sus poses y doblegaron su conducta.

Mateo Renzi destaca, hoy, como el hacedor político más interesante y promisorio de Europa; Alexis Tsipras, como el mensajero de una intransigencia triturada por los hechos. Italia puede hoy mirar el futuro con razonable esperanza. Grecia sigue anclada en la inmediatez de una crisis sin horizonte.

Alexis tiene un modelo al otro lado del Mediterráneo. Aún está a tiempo de cambiar.

Eduardo Ulibarri es periodista.

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