Opinión

Masculinidad tóxica

Actualizado el 17 de mayo de 2013 a las 12:00 am

Hay un pocode Ariel Castroen todoslos agresores

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En los últimos días el mundo entero se ha conmovido con la historia de tres mujeres que fueron mantenidas en cautiverio por más de 10 años en Cleveland, Ohio. Amanda Berry, Gina De Jesús y Michelle Knight fueron capturadas en diferentes momentos de su adolescencia, encerradas y sometidas a toda clase de torturas y vejámenes sexuales por parte de un hombre llamado Ariel Castro. Las mujeres vivieron atrapadas en una casa común y corriente en un vecindario que tenía muchas otras viviendas en la proximidad.

Gran parte de la atención se ha centrado en el perpetrador de estos terribles abusos y la explicación más común para sus actos es que se trata de un “monstruo.” Si bien esa explicación puede dejar tranquilas a muchas personas ya que un monstruo es un ser excepcional, que no forma parte de nuestra cotidianidad, la verdad es que Ariel Castro es solo un ejemplo extremo de un fenómeno muy común en nuestra cultura: la “masculinidad tóxica,” como le ha llamado Jaclyn Friedman, directora de la organización Women, Action and the Media.

Esta es la construcción dominante de la masculinidad, que se expresa como poder sobre las mujeres, la deshumanización de estas y su uso como trofeos o como objeto de placer por parte de los hombres.

Estos actos de violencia no son, por tanto, el producto de hombres locos, monstruosos o enfermos, sino que son el resultado de un proceso de entrenamiento rutinario en esa masculinidad tóxica. El componente principal de ese entrenamiento consiste en enseñar a los hombres a pensar que la forma de ser admitidos en la hermandad masculina es someter a las mujeres, demandarles obediencia y ejercer control sobre ellas. La violencia contra las mujeres se convierte así en el discurso jerárquico de la masculinidad y les concede a los hombres que la ejercen una posición destacada en esa hermandad que establece una relación entre hombría, dominio y placer.

Cuando ocurren situaciones límite como la del secuestro y cautiverio de estas tres mujeres, es fácil centrar la atención en ellas, pero la verdad es que el hombre que abusa cotidianamente de su compañera, el que le impide salir a trabajar o estudiar, el que le controla todos sus movimientos y la cela de forma irracional forman parte del mismo patrón. Es decir, hay un poco de Ariel Castro en todos ellos. Y, lamentablemente, estos hombres no son una minoría. Según la Encuesta Nacional de Violencia contra las Mujeres (UCR, 2004), un 45% reportó haber sufrido violencia física por parte de algún hombre y un 38% ha experimentado alguna forma de agresión sexual. Asimismo, un 25% afirmó que sus compañeros “tratan de limitar su contacto con familiares y amistades”, y un 31% reportó que ellos “insisten en saber con quién y dónde está ella en todo momento”.

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La indiferencia cotidiana frente a estos actos es también muy común. Por eso, al igual que las jóvenes de Cleveland pasaron 10 años encerradas sin que la policía investigara a Ariel Castro –a pesar de tener antecedentes como agresor de su esposa–, y sin que sus vecinos reportaran mayor cosa: “era un hombre simpático”, dicen, “con quien compartíamos barbacoas”, la mayoría de los actos de violencia contra las mujeres son tratados como hechos irrelevantes y no son reportados por nadie.

Por eso, la mejor estrategia para prevenir y enfrentar los resultados de la masculinidad tóxica no es escandalizarse con los casos espectaculares, pero sentir alivio porque no los tenemos cerca, sino prestar atención a los hechos de violencia cotidiana contra las mujeres, ofrecer apoyo a quiénes sufren de esa violencia y asumir responsabilidades colectivas por desmantelar el discurso y las prácticas de esta manera tan nefasta de ser hombre. De otra forma, corremos el riesgo de encontrarnos a un Ariel Castro a la vuelta de la esquina.

Montserrat Sagot R. Directora Posgrado en Estudios de la Mujer, Universidad de Costa Rica

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