Opinión

Marea roja en reflujo

Actualizado el 26 de mayo de 2016 a las 12:00 am

Si el intervencionismo estatal ha resultado perjudicial, ¿por qué subsisten sus defensores?

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La Rusia soviética que tras un corto período, después de la Segunda Guerra Mundial, amenazó con tragarse al mundo entero, finalmente colapsó en 1991, sin disparar un tiro, víctima de sus propias contradicciones y de un sistema económico inviable.

Pero como nadie experimenta en cabeza ajena, la corriente socializante continuó con brío en América Latina, precisamente a fines del siglo pasado y comienzos del presente, cuando ya era evidente que el experimento también había fracasado estrepitosamente en la isla de Cuba.

En América Latina, algunos países se sintieron tentados a emular el modelo cubano y creyeron poder resolver sus problemas con base en una invasiva intervención estatal en todos los campos. Tal es el caso, entre otros, de Argentina, Brasil, Bolivia y Venezuela, países que con diversos matices, se declararon socialistas, pero que ya están volviendo sobre sus pasos y tratando de rectificar, en diferentes formas, sus equivocadas políticas.

Un caso aparte ha sido el de Nicaragua, en el que su actual presidente, claro ejemplo de “un izquierdista con la billetera a la derecha”, mantiene un discurso demagógico al tiempo que, según es “vox populi”, participa en las pocas grandes empresas de su país, mientras su pueblo permanece sumido en la pobreza, como resulta evidente por la enorme cantidad de nicaragüenses que, a falta de oportunidades de trabajo en su terruño, se ven obligados a emigrar a Costa Rica.

Sistema en declive. Aquí, afortunadamente, ya existe una creciente convicción de que el excesivo intervencionismo de un Estado ineficiente y proclive a la corrupción ha tenido como resultado engordar una abusiva burocracia, aumentar la carga tributaria y endeudar al país sin ningún resultado positivo, lo que es de esperar que forzará drásticos cambios en el futuro inmediato.

En los países más desarrollados y ricos del mundo se estimula y protege a los empresarios, pues se reconoce que su actividad es la que mantiene en movimiento la economía y genera las fuentes de trabajo que le pueden garantizar una mejor calidad de vida a los ciudadanos, mientras que en los países del llamado “tercer mundo”, por lo general, se les mira con sospecha y frecuentemente se les califica indiscriminadamente de explotadores, egoístas y evasores de impuestos.

Pero, cabe preguntarse, si el intervencionismo estatal ha resultado tan evidentemente perjudicial, ¿cómo y por qué subsisten los defensores del sistema?

Es hasta cierto punto entendible que altos funcionarios del Gobierno Central y de las llamadas “instituciones autónomas”, que devengan sueldos millonarios y se benefician de muchas otras prebendas adicionales, salgan en defensa del sistema estatizado, pues así justifican la existencia de la institución a la que supuestamente sirven.

Evidentemente, no es este el caso de muchos otros oficiosos defensores del sistema, que están dispuestos a tirarse a la calle, atendiendo al llamado de cualquier improvisado demagogo, aunque ellos personalmente no tengan ningún puesto de privilegio que defender.

Resentimiento. En estos casos, el secreto impulso que mueve a estos exaltados es un sentimiento tan antiguo como la humanidad, pero muy generalizado en nuestro tiempo: la envidia. No en vano dice un conocido refrán, que “si la envidia fuera tiña, todo el mundo se tiñera”.

La envidia, compañera inseparable de complejos de inferioridad no admitidos, está mucho más extendida de lo que estamos dispuestos a confesar. Es un sentimiento muy arraigado, exacerbado por la prédica populista que pretende que el principio de igualdad ante la ley, adoptado por todas las modernas constituciones del mundo, debe conducir a la igualdad de fortunas, lo que produce que el menos afortunado mire con recelo a su vecino mejor acomodado, atizando así el resentimiento social.

En este punto viene como anillo al dedo el consejo que don Quijote le da a su escudero Sancho Panza, cuando este va a asumir el gobierno de la ínsula Barataria: “Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre; pero no más justicia que las informaciones del rico”.

Los consejos de don Quijote, más que legales eran morales y filosóficos y no creo que nadie se haya atrevido a calificar a don Miguel de Cervantes, que padeció hasta cárcel por deudas, de plutócrata o capitalista.

El autor es abogado.

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