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Actualizado el 17 de octubre de 2015 a las 12:00 am

Hay noticias que no son nuevas, aunque decirlo así parezca una contradicción

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Hay noticias que no son nuevas, aunque decirlo así parezca una contradicción. Porque de alguna manera se las espera o se las teme.

Dentro de este género, yo ubico el polémico informe de la NASA –apenas sacado del horno– de que la Agencia halló agua (y mucha) en Marte, el planeta más sahariano de nuestro sistema: el reporte anuncia que el equipo científico-técnico logró aislar una molécula de sal con agua cristalizada y muy extendida en la superficie del planeta rojo, parecida a una salmuera que cuando se calienta produce un derrame de agua líquida.

Esto, de paso, explica el surgimiento y la desaparición de los canales del planeta rojo: visibles en una atmósfera de calor, al descender la temperatura marciana se “borran” de súbito, fenómeno que los diversos monitoreos de recepción terrestre no pudieron explicar.

El escritor norteamericano Ray Bradbury, autor de Crónicas marcianas (1950), ya se había planteado en aquel libro fundacional ciertos elementos claves de la colonización de Marte y, curiosamente, acertó con las marchas y contramarchas de la investigación científica, la cual atravesaba –aparte de cada uno de los problemas de orden práctico– un problema no legible todavía para las entendederas del homo sapiens: ¿Cuál era el sentido profundo, no declarado, de tamaña misión espacial?

Aquellas páginas que describen la “vaga arena azul marciana, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguas barcas para andar por la arena”, Borges dixit, eclipsan un poco la pregunta por el significado de la empresa.

En efecto, el tono elegíaco de la prosa y la hechizante claridad de una presencia ilimitada nublan a ratos la visión crítica de la cuestión central.

Cuatro expediciones y una conquista. Descubrir Marte, qué duda cabe, como aventura humana es grandioso, y algo del enigma de la vida corre por la mente y el corazón de solo imaginar la proeza.

No obstante, la evocación de monumentos prodigiosos, libros que se convierten al roce de los dedos en una música que no es de este mundo y la historia subyugante y desconocida de una civilización natural, simple y solidaria, opuesta a la técnica por la técnica, espera aún su evaluación rigurosa.

La obra de Bradbury tiene fechas. La primera expedición se lleva a cabo en enero de 1999 y las tres que siguen tocan la puerta de junio del 2001.

Esta última ya aporta un hecho solemne: se inicia la conquista y rápida colonización de Marte. La llegada terrestre parece un suave aterrizaje en el epicentro de la nada. La ausencia de los marcianos llama poderosamente la atención. ¿Serán los testigos, sin voz ni voto, de las peripecias humanas? ¿Asumen quizá el papel de fantasmas, internados en la psicología de los invasores? ¿O son apenas una leyenda excitada por la soledad del paisaje?

Después, al pasar, se nos avisa (apenas un par de frases) que una epidemia de varicela que traían los primeros conquistadores fue la causa del exterminio de los nativos. Un mero accidente, casi un rumor al pie de página de la historia.

Aquí uno puede apreciar la mala fe del proyecto. El objetivo es hallar otro planeta porque la Tierra –literalmente– se extingue. No es cierto que se trata de ampliar la riqueza de un cosmos en busca de un bien mayor para sus hijos. No. La palabra colonizar debe tomarse acá en su acepción salvaje.

A poco de andar, Crónicas muestra su lógica implacable. El hombre, en Marte, viene a confirmar su historia de quién es y quién fue en la Tierra: su impulso destructivo, el racismo, su pequeñez moral ante la naturaleza y el universo, el afán bélico…

Los humanos reinciden, sus querellas afloran a la superficie, el espacio exterior no representa un ideario de la especie sino una coartada para repetir la desangelada codicia y el egoísmo predador, cargado de banalidad, que acaba con la abolición del otro y la muerte de cualquier entorno.

Los adanes de la cruzada eligen nombres para sus residencias que testimonian su burda autosatisfacción –Pueblo Hierro, Aldea Eléctrica y semejantes– con el ánimo mediocre que no se maravilla de las maravillas y reitera la reiteración. Segunda parte allá arriba de lo que hizo en la primera aquí abajo.

¿Apocalipsis ahora? Veamos el presente, el cúmulo de adversidades que logramos conseguir. Calentamiento global, pobreza, hambre, injusticia social, guerras y, por encima, el reinado del instinto tribal: un recuento atroz, excesivo.

Pero vale interrogar por los individuos que podrían moderar o controlar la barbarie de hoy; y el tono apocalíptico no ayuda.

En El corazón de las tinieblas (1899), Joseph Conrad alude a la imposibilidad de narrar un sueño. El sueño es una mezcla de absurdo, sorpresa y desconcierto que nos convierte en “cautivos de lo increíble” y a la vez podría mostrarnos la otra cara de la moneda: la nostalgia de lo que pudo haber sido, los valores de la caridad, el desapego material, las muestras gentiles del trato justo a los demás. Valores sensibles que pueden comenzar por la simple tarea de vencerse a uno mismo, idea simple que oculta sin embargo una astucia de la razón.

Ray Bradbury, quien amaba las bicicletas, la vida sencilla, despojada de elementos fatuos, lo sabía; la NASA, que no leyó ni entendió sus libros, lo invitaba a sus lanzamientos al espacio. Ray, amable, sonreía.

Está bien. No se puede ser cautivo un día y ser libre al día siguiente. Habría que obtener lecciones de la historia y extrapolar metas con los ojos fijos en el universo y otras formas de cultura posibles. Tarea larga, incierta, pausada.

Lo cual implica un salto cualitativo y aquí viene la astucia: en lugar de ceder a la facilidad de la rutina, el hombre ha de vencerse a sí mismo antes que vencer a la fortuna; pero, si uno desea ante todo vencerse, lo hace en última instancia para vencer mejor a la fortuna.

Y que todo sea por el agua salada que, inocente, discurre en las alturas de Marte y da vueltas y vueltas para acertar con un mecanismo inteligente que cambie los seres y las cosas reinantes por seres y cosas más nobles y, también, para que haya un verdadero porvenir en el futuro.

Víctor J. Flury es escritor.

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