Opinión

Mandela hasta la eternidad

Actualizado el 13 de diciembre de 2013 a las 09:36 am

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MELBOURNE – Sin Nelson Mandela, la pesadilla del apartheid de Sudáfrica finalmente podría haber terminado. Sus ejecutores se habían pasado de la raya, y la paciencia del mundo para con ellos se había agotado. Pero, sin la moral elevada y el liderazgo político de Mandela, la transición habría sido larga, desagradable e inconmensurablemente sangrienta.

F.W.De Klerk, un líder afrikáner, llegó a entender –tarde, pero no demasiado– lo que exigían los tiempos, y mereció absolutamente compartir con Mandela el Premio Nobel de la Paz en 1993. Pero fue Madiba –el nombre tribal con el que los sudafricanos de toda casta y color hoy se refieren afectuosamente a Mandela– quien marcó la diferencia crucial.

Yo fui lo suficientemente afortunado, por estar al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores de Australia en aquel momento, de ser uno de los primeros funcionarios extranjeros en saludarlo después de su liberación de la prisión en febrero de 1990 –pocos días después, en Lusaka, donde él había volado para reunirse con sus colegas del Congreso Nacional Africano en el exilio–. Cuando se acercaba la reunión, yo estaba emocionado pero nervioso. ¿La realidad del hombre acaso podría cumplir mis expectativas?

Mandela había sido mi héroe personal desde mucho tiempo antes, desde mis épocas de estudiante en los años 1960 cuando, al igual que tantos otros de mi generación, yo era un activista anti- apartheid . Sabíamos que los riesgos que corríamos de recibir una paliza o ser arrestados mientras nos manifestábamos contra la visita de los equipos de rugby Springbok eran absolutamente triviales comparados con los riesgos que él y sus colegas habían estado dispuestos a enfrentar.

Podríamos recitar de memoria las últimas palabras de su discurso por el proceso de Rivonia en 1964, una de las afirmaciones más escalofriantes del espíritu humano que alguna vez se hayan pronunciado: “Una sociedad libre… es un ideal por el que espero vivir y que deseo alcanzar. Pero, si fuera necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”. Pero ¿cuánto de esa dignidad e idealismo podrían haber sobrevivido al sufrimiento de 27 años en la cárcel, la mayoría de los cuales transcurrieron en la isla Robben, en el Atlántico sur?

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No tendría por qué haberme preocupado. Como muchos otros antes y desde entonces, me sentí cautivado desde el primer momento por la sonrisa enorme y luminiscente de Mandela, por su carisma y su gracia infatigables y por la inteligencia lúcida con la cual discutía los problemas de la transición de su país. Pero, sobre todo, estaba su extraordinaria, casi increíble, falta de rencor hacia sus carceleros afrikáneres.

Mandela, por cierto, tenía tantas ganas de hablar conmigo como yo de conocerlo. Quería agradecerle a Australia por el papel tan importante que nuestro país había desempeñado a la hora de sostener la presión por el cambio, particularmente durante el gobierno de Bob Hawke, y de liderar la carga global para que se aplicaran sanciones financieras al régimen del apartheid . De modo que, sentados frente a frente a la mesa del presidente de Zambia, los dos pasamos una hora o más conversando cómodamente sobre todo, desde las sanciones de las Naciones Unidas hasta el fin de la Guerra Fría y las carreras de nuestros hijos.

De todas las reuniones con todos los líderes y otras figuras internacionales de todo el mundo que he tenido durante todos los años en la función pública, no hay ninguna duda sobre cuál fue la que más regocijo me dio. Mandela es, simplemente, el ser humano más sorprendente y decente que yo haya conocido o, probablemente, llegue a conocer.

Es más, esa fue una impresión que no se esfumó con la familiaridad. Nos reunimos varias veces en los años posteriores, en sus visitas a Australia y en Sudáfrica –en su casa en Soweto–, y en una ocasión memorable, cuando lo acompañé al partido de apertura de la Copa Mundial de Rugby de 1995, en el estadio Newlands en Ciudad del Cabo.

Más de 50.000 sudafricanos –en su mayoría afrikáneres, prácticamente sin ningún rostro negro a la vista– estaban allí para ver a su país jugar contra el mío. Y, cuando su nuevo presidente salió al campo de juego para saludar a los jugadores, cada uno de ellos parecía gritar en una unión encantada “¡Man-de-la!, ¡Man-de-la!”. Si uno puede decir, y yo creo que sí, que el liderazgo de Mandela ha sido de una calidad que se da una sola vez en todo un siglo, la oportunidad de experimentarlo de primera mano fue un privilegio que se da una sola vez en la vida.

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Cuando se trata de liderazgo nacional en un momento de fragilidad y transición, mucho parece depender de la suerte echada. ¿Se encontrará un país con un Miloševiæ o un Mugabe, un Atatürk o un Arafat, un Rabin, que pueda ver y aprovechar el momento para cambiar el curso de los acontecimientos o alguien que nunca lo hará?

Sudáfrica fue afortunada –casi milagrosamente– por haber tenido a Nelson Mandela. Su recuerdo será apreciado mientras se siga escribiendo la historia.

Gareth Evans, ministro de Relaciones Exteriores de Australia, de 1988 a 1996, y presidente del Grupo Internacional de Crisis, del 2000 al 2009, copreside el Centro Global para la Responsabilidad de Proteger, con sede en Nueva York. © Project Syndicate.

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