Opinión

Mandela y Malala

Actualizado el 01 de agosto de 2013 a las 12:01 am

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En semanas recientes, la ONU, en New York, rindió homenaje a dos personajes emblemáticos, que, más allá de sus obvias diferencias, encarnan mucho de lo que son valores inspiradores para un mundo mejor.

Nelson Mandela, también conocido entre los suyos con el afectivo nombre de Madiba, que le fue dado por su clan, ha sido un vivo ejemplo de quien, a pesar de los maltratos, torturas y agravios sufridos, conserva en su alma la razón esencial de sus luchas. Una vez alcanzado el primer y más importante objetivo de su vida pública, la abolición del apartheid , fue elegido presidente de la nueva República de Sudáfrica, a la que gobernó y educó mirando el presente y el futuro.

Sin olvidar el pasado, a este lo coloca en una dimensión tal que no obstaculice e impida la reconciliación entre las diversas etnias de su país. Y esta dimensión conlleva preservar la memoria sobre uno de los regímenes más inhumanos y crueles, así como el desarrollo de políticas de “acción afirmativa”, que agilicen el establecimiento de un “campo de juego parejo” para la mayoría negra y los miembros de otras minorías no blancas.

Tarea de reconciliación. Esta tarea de reconciliación, por supuesto, aún no ha acabado. Es un desafío de décadas. Lo que sí ha logrado dejar consolidado es una democracia política, que es base fundamental para evitar la destrucción de la infraestructura y otros logros económicos alcanzados por el viejo régimen racista. Sudáfrica, sin dejar de tener frente a sí grandes retos en su desarrollo socioeconómico, está mejor posicionada que otras sociedades que, producto de los conflictos y la violencia, han destruido o arrasado lo que tanto costó construir. Esta es una manera tangible de entender cuánto afecta al desarrollo la “solución” violenta de los conflictos.

Malala, cuyo apellido es Yousafsai, pero realmente conocida mundialmente por su nombre propio, es una adolescente pakistaní que, el pasado 12 de julio, cumplió 16 años y los celebró, en el salón de la Asamblea General de la ONU, ante un público emocionado que incluyó al presidente de esa Asamblea, al secretario general, a Gordon Brown, expremier del Reino Unido, embajadores, diplomáticos, niñas y niños de muchos lugares y culturas, sus propios padres y muchas personas de la sociedad civil.

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Extraordinario discurso. Con voz y tono firmes, y con la seguridad de una veterana figura pública, Malala pronunció un extraordinario discurso e inspiró con ello a millones de personas en el mundo entero, especialmente a niños, adolescentes y mujeres.

Recojo solamente su corta e impactante frase: “Estoy aquí para hablar a favor del derecho a la educación de cada niña y niño. Quiero educación para las hijas e hijos de los talibanes y de los terroristas y extremistas”. Claro, Malala habla de “educación” en general, pero la educación no es neutra ni neutral.

Ella lo sabe, aunque no lo dice. Lo sabe porque la educación que imparten y reciben los talibanes, es una educación basada en valores trastocados y en prejuicios, una educación dogmática que, en lugar de liberar, ata, encadena y esclaviza. Fue esta “educación” la que llevó al talibán terrorista, islamista, a dispararle y tratar de matarla por haberse convertido en una vocera a favor de la educación para todos. Ahora, ella pide para ellos una educación basada en los derechos humanos, según los define la declaración universal de la ONU.

Al hacerse público el rostro de Malala, después de haber escrito un blog anónimo a favor de sus causas y haber aparecido en un documental de la BBC, ella fue blanco de esos terroristas. Dichosamente no murió y fue asistida primero en su ciudad y, luego, en Inglaterra, de donde logró salir recuperada. Los talibanes mantienen su amenaza de muerte contra ella y su padre…

Personalmente, este episodio me hizo recordar uno similar en diciembre del 2008, cuando los miembros de una misión del Consejo de Seguridad de la ONU en Kabul, Afganistán, supimos de un ataque similar contra un grupo de niñas que salía de la escuela, y ellas y su maestra fueron rociadas con ácido en la cara y los ojos como castigo por ir a la escuela siendo mujeres… Sufrimos un tremendo shock y, al margen de nuestras procedencias y diferencias, condenamos ese horrible ataque.

“Una niña, un maestro, un libro, un lapicero pueden cambiar el mundo” fue una de las impactantes frases que esta adolescente pronunció. Doce palabras que resumen una visión y una filosofía de vida.

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Dos vidas, dos ejemplos. Madiba y Malala, dos vidas, dos ambientes que más podrían haber conducido a estas dos personas al odio y la revancha; dos épocas, dos edades, dos sexos o géneros, pero la misma ansia de justicia, de armonía y de humanismo.

Ojalá que ellos sean ejemplos para los niños y adolescentes en nuestro país y para millones y millones en el mundo. Lo son para mí.

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