Opinión

Maduro y sus prejuicios trogloditas

Actualizado el 15 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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Maduro y sus prejuicios trogloditas

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Henrique Capriles se ha presentado en el Miami Dade College para hablarles a los asistentes sobre el difícil panorama político que se vive en Venezuela. Le basta como carta de presentación ser el principal líder opositor en su país natal, donde estuvo muy cerca de arrebatarle el triunfo electoral a Nicolás Maduro en unas elecciones generales cuyos resultados todavía hoy quedan en entredicho.

No obstante, en los últimos tiempos el candidato de Primero Justicia y actual gobernador de Miranda se ha tenido que defender de la campaña con la que el presidente Maduro pretende desacreditarlo, proclamando su supuesta homosexualidad porque no se ha casado ni se le conoce una novia. Una campaña que consiste en lanzar sonoras groserías en el Parlamento, como si se tratara de una pandilla de matones empeñada en amedrentar al vecindario.

Lo lamentable es que el aparente demérito no surge por motivos que bien pudieran indignar a los ciudadanos, si se estuviera hablando de corruptelas, fraude o malversaciones, verdaderos delitos, de los que, por cierto, era sospechoso el desaparecido Hugo Chávez y ahora su sucesor, Maduro. O si hubiera pruebas de que Capriles viola los derechos humanos y recorta las libertades civiles, faltas que comete el actual Gobierno al perseguir a la oposición, controlar los medios y establecer un modelo de vigilancia ciudadana copiado de la dictadura castrista.

Entonces, si Capriles cuenta con el apoyo de la mitad de los venezolanos y con el reconocimiento internacional de los Gobiernos e instituciones que lo reciben, ¿qué sentido tiene que en pleno siglo XXI el partido en el poder lo apunte con su dedo acusador, como si estuviera sentando en el banquillo a un criminal o a un ser despreciable por la suposición de que pudiera no ser heterosexual?

Paciencia y resignación. Con infinita paciencia y resignación, Henrique Capriles le ha quitado importancia a este acto de repudio homófobo, y a los medios que le han preguntado acerca de su orientación sexual les ha dicho que, si fuera homosexual, sencillamente lo diría. Por otro lado, ha sentido la necesidad de aclarar que, si no se ha casado, es porque está entregado en cuerpo y alma a la política y no podría dedicarle a una mujer el tiempo que se merece.

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Lo cierto es que a estas alturas, con políticos y personalidades relevantes abiertamente gais e, incluso, casados con parejas del mismo sexo, resulta patético que un Gobierno, el que sea, desate una caza de brujas más propia del Medievo que de la era del triunfo de la metrosexualidad. Hoy está de más que una figura pública se vea en la obligación de aclarar los motivos que la han llevado a no tener pareja, con el objeto de disipar cualquier duda sobre sus preferencias sexuales.

Es evidente que Maduro tiene una mentalidad vetusta y sufre de un machismo trasnochado. Solo el presidente ruso Vladimir Putin (abanderado de los machos alfa) lo supera, con la imposición de leyes antigais que criminalizan a homosexuales y lesbianas, y despiertan el fantasma de los pogromos. Tal para cual.

En un mundo en el que la revolución sexual ya se estudia en los libros de texto y la lucha por los derechos civiles ha conseguido que en muchas partes se aprobara el matrimonio gay, a nadie debe importarle si Capriles es heterosexual o si tiene intención alguna de pasar por la vicaría con una señora. Son datos anecdóticos para las revistas del corazón. Lo que verdaderamente debe interesarles a los venezolanos es si sería capaz de sacar al país del caos en el que está sumido desde que se enquistó el proyecto chavista.

El problema de Nicolás Maduro no es que le gusten las mujeres y sea un heterosexual declarado con pelo en el pecho, sino que, más bien, sus dotes de gobernante dejan mucho que desear. Agitar prejuicios trogloditas es otra cortina de humo.

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