Opinión

Linchamiento mediático como forma de expresión

Actualizado el 02 de diciembre de 2016 a las 12:00 am

Con el auge de las redes sociales se destapó un extraño poder que pocos saben manejar

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Linchamiento mediático como forma de expresión

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La opinión pública y la imagen social han sido aspectos determinantes para toda persona o entidad que entienda la palabra legitimidad. Gozar de buen prestigio o fama alimenta la confianza y el posicionamiento o, de lo contrario, puede hundirnos en los pantanos de la vergüenza.

A la postre, legitimidad o desprestigio, sean verdaderos o no, fundamentados o no, son evidencia de aquel refrán que reza “crea fama y échate a dormir”.

Pero desde hace unos pocos años, con el auge de las redes sociales, se destapa un extraño poder del cual todos tienen derecho, pero pocos saben manejar, y es el poder de opinar. Hoy, opinar es la máxima conquista de la democracia. La libertad de expresión se ha convertido en el símbolo más valioso de ser libre. Y eso incluye, por supuesto, opinar sobre los demás.

Opiniones van y vienen, acertadas o no, algunas muy cultas y elaboradas, otras menos educadas, e incluso aquellas que nos hacen invocar a maestros de gramática y ortografía. Lo cierto es que ha sido repartido el poder de hablar (o más bien escribir) en público y todos hacen gala de su uso, desuso y abuso.

Ante una noticia que se ha hecho viral, generalmente desciende una cascada de comentarios donde a veces, sin tener claro el contexto, se disparan opiniones sin medida, aun propinando insultos, faltas de respeto y verdaderas luchas campales disputándose la razón. Incluso reclamando con insultos que han sido insultados.

Escarnio público. Estas escenas no son nuevas, ya las hemos visto antes. En tiempos medievales, era común ver una turba que marchaba con palos, piedras y antorchas para acabar con los herejes y detractores.

El escarnio debía ser público, debía ser visible, todos debían enterarse, era justicia correctiva. Después la turba buscaba a otro hereje para seguir canalizando su sed victimaria.

¿Qué diferencia existe con el día de hoy? Muy poca. Solo que antes se trataba de una turba física, hoy es una turba virtual. Antes se mataba a la persona, hoy se mata su legitimidad y se extorsiona con el prestigio e imagen social.

Alimentados por el morbo y el protagonismo mediático, se opina, se comparte, se viraliza y se recrean hechos que son imaginarios colectivos propios de la turba, a veces ni siquiera son parte de la noticia principal, pero un efecto de “bola de nieve” los construye y reconstruye.

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Es un comportamiento de masas que puede producir dos efectos: que la turba te levante como héroe o que te pisotee como basura. A veces ni siquiera se trata de tener razón, sino de externar opiniones que se ponen de moda.

Opinión sin ofensas. ¿Cuál es el saldo de estas turbas virtuales? ¿Son solo opiniones que quedan entre el soliloquio y el clamor popular o hay algo más de fondo? Sí, hay algo más. Hay una sociedad donde buena parte no ha comprendido que se puede opinar sin caer en el irrespeto, que se pueden exigir derechos sin difamar, que se pueden comunicar sin descalificar y se puede hablar del “otro” sin ofender.

Pero claro, la práctica requiere de un diagnóstico más sociológico para encontrar la razón de su funcionalidad. Recordemos que el insulto y la descalificación tienen una función psicológica y social: son actos simbólicos de agresión, son canalizadores verbales de una eventual violencia física y, a la vez, son la salida más sencilla cuando se acaban los argumentos en una discusión.

Si bien las redes sociales y la virtualidad vinieron a resolver la presencia física y la intercomunicación que la sociedad moderna había carcomido, también han resultado ser la trinchera perfecta para el linchamiento virtual.

En tiempos en que se habla tanto de respeto y tolerancia, donde se le recetan estas dos palabras a tanta gente y tantas personas lanzan sus opiniones a audiencias tan diferentes, urge repensar nuestras formas de expresión.

No se trata de que quede prohibido opinar. Se trata de que pensemos antes de hablar y realmente usemos como valores al respeto y a la tolerancia. ¿Será que entendemos verdaderamente sus significados?

El autor es profesor de sociología.

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