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Liderazgo, soledad y compromiso por el otro

Actualizado el 20 de mayo de 2017 a las 10:00 pm

El líder no es un representante de sí mismo, sino el promotor de una causa humana

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Comencé a leer con entusiasmo el artículo de El Financiero de este 15 de mayo, “¿Es la soledad inherente al liderazgo?”, de Ligia Olvera. Pero me desilusioné al comprobar que se trataba, una vez más, de la consabida teoría del cuidado personal. ¡Nada más alejado de la realidad del líder responsable! Con esto no quiero decir que cuidar de la propia persona sea algo banal, pero sí afirmar que la responsabilidad primaria del líder no es él mismo, sino dar cuenta de los valores de su liderazgo.

El artículo en cuestión parece soslayar completamente la cuestión, tal vez porque está más interesado en dar oportunidades al líder de rehacerse en su trabajo, en vez de concentrarse en una temática ética de primordial importancia en nuestro tiempo. En efecto, el líder no es un representante de sí mismo, sino el promotor de una causa humana y humanitaria, que se traduce en una organización social.

La caracterización apenas expuesta de un líder puede ser muy discutida, porque nuestro contexto social parece preferir que el líder sea funcional a los intereses de la empresa o la institución. Nada raro en un mundo donde el capitalismo globalizado parece olvidar con demasiada facilidad que detrás de toda decisión económica o estratégica hay seres humanos involucrados.

¿Qué relación se tiene con las personas que el líder pretende guiar? ¿Qué implica una decisión estratégica para el ambiente laboral y la cohesión del grupo con el cual se trabaja? ¿Es una decisión ética o antojadiza o es una simple manifestación del poder personal sobre otros? Ya el papa Benedicto XVI había puesto en el tapete de discusión global las cuestiones éticas inherentes a las políticas de las sociedades transnacionales en su encíclica Caritas in Veritate, pero que se pueden aplicar fácilmente a otras realidades más pequeñas.

Solidaridad. La soledad del auténtico líder solo puede tener una causa: la necesidad imperiosa de ser solidario con las personas directa o indirectamente vinculadas con sus decisiones. Es cierto que otros factores pueden condicionar las decisiones de un líder, pero en ellas debe existir una prioridad ética que mire a buscar el mayor bien posible o el mal menor posible para las personas que están sujetas a sus decisiones.

De allí que otros criterios como el económico, la ganancia, el ahorro, la productividad o incluso la eficiencia pasen a un segundo plano. No es fácil ser líder, porque solo en la soledad de propia conciencia ética es donde las diversas opciones pueden ser valoradas y actuadas. Y eso toma mucho tiempo de discernimiento, porque el buen líder nunca actúa solo, sino que busca el asesoramiento adecuado.

El líder, sobre todo, debe demostrar una cercanía con sus colaboradores, la humanidad de sus decisiones meditadas y la criticidad con su propio actuar. Nunca puede pretender que la arrogancia del ejercicio de su poder sea el motor de cualquier decisión. Los que saben guiar a otros reconocen sus errores y piden perdón.

Acciones colectivas. Esta última afirmación nos lleva a otra consideración. El líder no es quien ejecuta una acción institucional/empresarial, es solo su coordinador y motivador último. Las acciones en nuestro contexto social son colectivas, donde cada pieza del engranaje es de capital importancia para la consecución de determinados fines.

Reconocer su propia insuficiencia para hacer de una organización un proyecto que progresa y alcanza sus objetivos, es esencial para valorar y aceptar el aporte de todos los participantes en ella, incluso el de aquellos que parecen tener animadversión del líder.

La soledad del líder se entiende en la persistencia de un conflicto interno: tomar una decisión objetiva o emocional, relativizar conflictos contra él porque no obstaculizan la labor del grupo o erradicar cualquier resistencia para salvaguardar su poder. Hablamos de conflicto interno porque los seres humanos no somos éticamente puros, ni perfectos, ni carentes de ambigüedad: aceptar ese conflicto es el primer paso para reconsiderar y valorar las decisiones con la mayor objetividad posible.

La manutención del poder o el empoderamiento emocional del líder no garantizan ni la eficiencia, ni la productividad, ni la consecución de los fines institucionales/empresariales. Incluso se pueden constituir en la razón de su total incumplimiento.

La explicación de esto es muy simple: cuando se actúa por estas motivaciones se termina por erradicar la única arma vital y efectiva del líder, la confianza de sus colaboradores. Un líder que no se conflictúa en su soledad con cuestiones éticas, sino que busca refugio en centros de bienestar, en lisonjas exigidas a su poder, en momentos de relax o en la búsqueda de un personal totalmente afín a sus intereses, termina traicionando la propia razón de su liderazgo. Cuando se actúa así, el imperativo ético se transforma en búsqueda del propio bienestar.

Principios. Como moraleja, podemos decir que un líder solo lo es si la razón de su acción no es él mismo, sino los valores que guían sus relaciones humanas. Está claro que una organización, cualquiera que ella sea, es siempre y necesariamente una forma de relación humana con fines específicos. Pero para que sea una organización humana y humanitaria tiene que estar fundada en principios éticos claros y precisos. Si esos principios son violados, la organización se convierte en una caricatura de su propia razón de ser.

El líder de tal organización tiene que ser el garante y promotor de esos principios, que incluyen la confianza en los demás, la distribución de tareas, el trabajo grupal en humildad y la búsqueda de la mejor política a seguir, la solidaridad entre los colaboradores y, sobre todo, la creación de un ambiente armónico donde no prevalezca el poder, sino la motivación por llevar una tarea común que valga la pena, que sea un aporte a la humanidad.

Ahora sí, comprendería la soledad del líder que se preocupa de todas estas cosas. Y, aunque necesitara de unos momentos de dispersión y relax, no dejaría de considerar un valor esa sensación de soledad que genera el sentirse responsable y comprometido con los otros. Porque eso hace que el líder sea creíble, no solo una marioneta de un poder personal que siempre resulta falso y efímero.

El autor es franciscano conventual.

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