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Latinoamérica y el chavismo sin Chávez

Actualizado el 11 de mayo de 2013 a las 12:00 am

Un chavismodisminuido es mala noticia para el eje populista de la región

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CARACAS – En Venezuela, el chavismo perdió la hegemonía. No importa que aún conserve el control del Parlamento, 17 gobernaciones y todo el manejo de los poderes sometidos al Ejecutivo, incluyendo la Justicia. No importa tampoco que Nicolás Maduro haya asumido estos días la presidencia. Porque la ajustadísima y discutida victoria de Maduro en las elecciones presidenciales es una señal incontrastable de que algo profundo está ocurriendo en el país de Chávez. Crisis que afecta fuertemente a América Latina: un chavismo disminuido es mala noticia para el eje populista de la región.

Por primera vez en una elección presidencial, Venezuela queda dividida en dos mitades casi exactas, lo que admite muchas lecturas de cara al porvenir. La primera es que el chavismo sin Chávez empezó mal: puso en jaque no solo la hegemonía dogmática impuesta por el líder, sino la propia supervivencia de su movimiento, tal como se lo conoció hasta ahora.

Entre las elecciones del 7 de octubre próximo pasado y las de este 14 de abril, con igual participación de electores, el chavismo perdió casi 700.000 sufragios. Los mismos que ganó la Unidad Democrática de Henrique Capriles. Un fenomenal viraje que muchos –incluso en el chavismo– atribuyen a que “Maduro no es Chávez”. Toda una definición.

Se suponía que el heredero, elegido por el líder a poco de morir, podía hacer un mejor papel. Pero dilapidó el capital electoral de su padre político y, para peor, ahondó el mar de dudas que embarga a los dos chavismos que ahora asoman: uno ligado a Cuba, como Chávez siempre quiso (por eso dejó el mando a Maduro, marxista duro formado por los hermanos Castro) y otro más nacionalista, menos “anticapitalista”, cuyos líderes están sin duda en el sector militar, pero todavía no descubren su juego ni sus caras.

Cuba atrapó a Hugo Chávez para jugar un inusitado rol en el populismo que camina por América Latina con tres banderas básicas: levantar dos enemigos comunes “culpables” de todo (el imperialismo estadounidense y las “oligarquías” locales); la conquista activa no ya de los trabajadores, sino del lumpen ineducado y desposeído; y el poder total permanente a cualquier costo. El chavismo, Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega o Cristina Kirchner, se ven tentados por la reelección indefinida, el mando absoluto. Es curioso y hasta irracional, pero muchas de las democracias jóvenes que nacieron tras la ignominia militar derechista de los años 70/80, se miran en el espejo de la pertinaz dictadura comunista de Cuba. Se miman y apoyan mutuamente.

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Cambio de coyuntura. Pero esto puede empezar a cambiar tras la coyuntura de Venezuela, país ideológica y económicamente clave. A los Castro no les será sencillo encontrar otro Chávez para imponer su religión absolutista. Hacen lo imposible para sostener lo conquistado en Venezuela (penetración de la sociedad, petróleo gratuito y otras prebendas económicas y políticas), pero obviamente no es Maduro el candidato al liderazgo regional. ¿Son acaso la Kirchner o Correa? Ella tiene suficientes problemas internos. Y en La Habana –parece– prefieren al ecuatoriano. ¿Y Lula? No debe interesarle. Brasil ya juega en otra liga.

En Venezuela, los militares son hoy claves porque representan la máxima transformación institucional que logró Chávez en la sociedad. Así como Juan Perón, hace 70 años en Argentina, se afincó sobre la clase trabajadora, Hugo Chávez lo hizo en Venezuela sobre las Fuerzas Armadas: de apolíticas y no deliberantes –como son siempre en democracia– las convirtió en su verdadero partido y motor emblemático del “socialismo del siglo XXI“. La frase “Patria, Socialismo o Muerte” fue consigna en todos los cuarteles y guarniciones hasta que el líder enfermó de cáncer. Entonces el lema desapareció. Pero no la abrumadora presencia militar en ministerios, institutos y empresas del Estado, gobernaciones de provincias (11 en total) y en los negocios de todo tipo. Están en el mejor de los mundos: son poder sin haber asaltado el Gobierno. Algo, de paso, que no sucede en los otros países de la región. En Argentina, por ejemplo, los militares están huérfanos de poder.

En Venezuela, los militares parecen ser primordiales sostenes del gobierno de Nicolás Maduro. ¿Durará ese idilio? En principio no parece depender de la conflictividad poselectoral, sino de cómo se aboque el presidente a resolver los múltiples problemas del país: inflación, delincuencia, gran corrupción, estancamiento, improductividad, desabastecimiento, fuga de capitales, falta de inversión, inseguridad jurídica. Los militares son sus socios, por ahora. Pero con ellos el amor nunca es para toda la vida.

El presidente, además, no contará con los 100 días de luna de miel que suelen tener los gobiernos recién asumidos. Maduro encarna la continuidad absoluta de una gestión que ya lleva 14 años, donde él mismo tiene casi 180 días como titular del poder ejecutivo (primero como vice en ausencia de Hugo Chávez, luego como presidente encargado y ahora en plenas funciones). No puede desconocer ningún problema ni culpar “a la anterior administración”. Tampoco tiene los votos, la retórica, ni el carisma de su desaparecido jefe y mentor.

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El chavismo sin Chávez existe y es la mitad del país. Pero la otra mitad también existe y no puede ni debe ser ignorada. Si Maduro no reconoce esa realidad y falla, sobre todo, en resolver los problemas, perderá el piso militar. El peligro es que, al mismo tiempo, los venezolanos pierdan la República. Algo que tendría serias consecuencias en América Latina.

Raúl Lotitto es periodista, fundador y director del Grupo Producto Editorial en Caracas, Venezuela.

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