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Karina y nuestras confusiones

Actualizado el 14 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

Tenemos importantes dificultades para razonar lógicamente y para pensar éticamente

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La difusión del video íntimo de la exviceministra Karina Bolaños, es relevante, sobre todo, por las reacciones sociales que generó y lo que estas revelan de nosotros como pueblo. Dejo de lado en este comentario aspectos merecedores de reflexión, como las circunstancias políticas que explican su ascenso a la alta función pública, el manejo de la crisis por parte del Gobierno (incluida la destitución), los papeles desempeñados por la prensa y las redes sociales y, más recientemente, el contenido y oportunidad de la participación de la señora Bolaños en la revista española Interviú.

Me interesan las reacciones de la gente. Esas reacciones no son retratos completos ni mucho menos coherentes de nuestra sociedad, pero sí son vistazos o fotos instantáneas que permiten avanzar comprensiones más generales sobre las distintas ideologías y creencias sociales compartidas, que anidan y se reproducen en diferentes sectores, grupos e instituciones sociales. La impresión general que me queda al leer los cometarios en La Nación o en redes sociales, es que junto a una arraigada cultura machista, más institucionalizada y sutil que sus puntuales y socialmente censuradas manifestaciones violentas, tenemos importantes dificultades para razonar lógicamente, expresar ideas de forma coherente y, cosa grave, para pensar éticamente y ejercer un discernimiento moral consistente.

Hubo quienes opinaron que la exfuncionaria “se tenía bien merecido” la difusión de ese video por (la “torpeza” de) haberlo hecho y/o por enmarcarse este, presuntamente, dentro de una relación extramarital. Lo primero supone la creencia de que tenemos el deber de proteger con candados todo aquello que no queremos hacer público y destruir con verguenza cualquier rastro de nuestra intimidad, a efecto de no facilitar (¡y legitimar!) que esta sea avasallada. Lo segundo, implica que la difusión del video, cual apedreo de la adúltera, en vez de acto criminal, constituye un castigo del pecado, una vara de justicia que, con ello, queda implícitamente justificada.

Si lo anterior lo expresara un talibán no me asombraría, pero fue manifestado por personas que (presumiblemente) entienden y creen que los seres humanos disfrutamos de un ámbito de intimidad que está vedado a todos, con excepción de las personas a las que cada quien quiera compartírselo (y en la medida en que desee hacerlo). Individuos que (presumiblemente) entienden y creen que invadir ese espacio está mal, que es un acto indebido que no puede justificarse por ninguna razón (con excepción de l as limitaciones que, como derecho fundamental, la Constitución admite para la represión del delito).

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Gesto simbólico. Luego, en reacción a un grupo de ciudadanas que postearon fotografías con el rótulo “yo también soy Karina”, algunos criticaron el gesto, manifestando que, aunque censuraban la difusión del video, no podían identi- ficarse con la señora Bolaños porque repudiaban su actuar en la gestión pública. Esas personas no entendieron el gesto. Sin haber participado de este, creo que su intención nunca fue asumir la bandera de defensa de la exviceministra como tal ni, mucho menos, reivindicar su carrera en la función pública. Lo leí como un reconocimiento, inteligente y empático, de que, así como la intimidad de esa persona había sido violentada, podía serlo la de cualquiera de ellas, y de que en lo ocurrido, pero sobre todo en las reacciones provocadas, se evidenciaba la dominación patriarcal sobre (el cuerpo de) las mujeres.

Por último, tras la publicación en Interviú, dos reclamos circulan en el ciberespacio: que dónde están ahora las que “se rasgaban las vestiduras con el yo también soy Karina”, y que el dolor manifestado por la señora Bolaños ante la difusión del video no era sincero, porque ahora ella “se anda exhibiendo” voluntariamente. Sobre lo primero, derivado de la incapacidad para comprender un acto simbólico, solo cabría aclarar que siendo el sentido del gesto el que he explicado, no hay razón para, ni mucho menos obligación de, que sus autoras se manifiesten respecto de la aparición de la exfuncionaria en la revista española.

Lo segundo es más delicado. La idea (perversa) de fondo es que el respeto debido a la intimidad de una mujer es proporcional al pudor con que cada una la oculte. De ahí a condicionar, también, el respeto a la integridad física y psicológica de las mujeres, hay solo un paso. No hace mucho una tristemente célebre homilía lo expresó claro, clarito. Una creencia socialmente compartida que se reproduce en conversaciones cotidianas: “fulanita se expuso para que la acosaran por andar de confianzuda”; “zutanita se arriesga a que la violen vistiendo de forma tan provocativa”.

De su intimidad y cuerpo cada adulto puede disponer según quiera, mostrando y ocultando lo que quiera, a quien quiera y donde quiera (con las limitaciones que, desde luego, se imponen para los espacios públicos). Es un derecho de todos y de todas. No lo tiene más una monja que una trabajadora sexual. Así, el hecho de que una persona autorice ser fotografiada desnuda y que ese material sea publicado, no mina su derecho básico a la intimidad y el deber de sus semejantes de inhibirse de acceder a todo aquello que ella no haya consentido exponer.

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En muchas ciudades del mundo, sobre todo ahora en verano, es usual ver a las muchachas en los parques, plazas y barrios, con ropa que, en Costa Rica, casi que ni en la playa se aventurarían a usar. Caminan tranquilas, sin miedo, sin necesidad de que un varón las acompañe para protegerlas. Se entiende socialmente que, por andar así vestidas, no están autorizando ser tocadas o insultadas por cualquiera al que se le antoje. Duele decirlo, pero sencillamente son lugares más libres y donde la gente sabe pensar mejor.

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