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Juntos sí podemos

Actualizado el 01 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

La ciudad tropical en el siglo XXI

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La población de nuestro planeta se incrementó dramáticamente de 2.500 millones en 1950 a más de 5.000 millones en 1990. Hoy en día ya vamos por los 7.000 millones y en aumento. Costa Rica, a su vez, ha experimentado un crecimiento de su población de más de 850.000 en 1950 a más de 4 millones hasta el 2012. Vivimos en una época privilegiada en donde podemos determinar y proponer las bases del futuro crecimiento y calidad de vida para nosotros y las futuras generaciones.

Muchos de los problemas de planeamiento territorial de Costa Rica los estamos viendo en decenas de países alrededor del globo. Hemos creado ciudades expandidas que cada vez más y más requieren de espacio en una periferia casi interminable y cuyo límite es constantemente cuestión de debate.

En Costa Rica tenemos este anhelo de querer vivir cerca de nuestro hermoso entorno natural con un buen jardincito y a la vez poder estar cerca de nuestra fuente de trabajo en la ciudad. Suena como una excelente idea ya que se obtiene lo mejor de dos mundos, pero la realidad para casi todos nosotros es completamente otra. Al vivir en las afueras de la ciudad tenemos que trasladarnos constantemente a nuestro trabajo y, como todos estamos haciendo lo mismo, el resultado es que pasamos gran parte de nuestro día sentados en un automóvil o en algún medio de transporte.

Las consecuencias de esta decisión de expandirnos hacia la periferia y a la vez trasladarnos a la ciudad día con día son mucho más devastadoras que el mero hecho de pasar horas pegados en una presa a costa de nuestra calidad de vida. El resultado más triste es que no solo nos estamos devorando nuestra belleza natural, sino que estamos destruyendo nuestras ciudades al vaciarlas día con día.

Las ciudades se nutren de vida y de la multiplicidad de sus actividades y usos. Si solo trabajamos y no vivimos en ellas, estaremos dejándole a “otro” la responsabilidad de embellecerlas. Las ciudades necesitan de permanencia humana para realmente poder ser transformadas. Nuestra permanencia en la ciudad dota a la municipalidad de los recursos necesarios para poner en práctica todas aquellas medidas de saneamiento y seguridad que no existen hoy por el simple hecho de que los recursos se están yendo hacia la periferia.

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Muchos hoy en día creen que con solo instalarle unos cuantos paneles fotovoltaicos a su hogar y comprarse un automóvil eléctrico, ya su huella en este planeta esta balanceada. Todas estas medidas son importantes pero si vemos el problema más allá de solo nosotros mismos, nos damos cuenta de que este esfuerzo realmente es solo un maquillaje para una forma de vida completamente aislada y descontextualizada de los verdaderos problemas que nos acometen. Según estudios del Urban Task Force de Inglaterra, la casa más ecológica del mundo y con todas las mejores y más eficientes tecnologías pero construida en la periferia es 6 veces menos eficiente que la casa menos ecológica construida en la ciudad.

En San José tenemos muchísimo campo en parqueos y lotes en desuso para empezar a proponer una nueva manera de cómo vivir la ciudad del trópico en el siglo 21. Muchos Gobiernos europeos han incentivado recientemente la reutilización de este tipo de propiedades haciendo de estas una inversión muy atractiva para los desarrolladores inmobiliarios. La arquitectura de nuestras ciudades puede ayudar en gran manera a convencer a muchos de que vivir ahí puede ser una grata experiencia.

En Costa Rica ya hay verdaderos rebeldes que no se conforman con la realidad actual de nuestra ciudad capital y se han metido a la fuerza a vivir en San José para empezar a generar este cambio, no con palabras, sino con acciones y con su ejemplo. Son personas que han tomado la decisión consciente de infiltrarse en una ciudad que ha rehusado por décadas ser un lugar placentero para vivir en armonía con la naturaleza, seguridad y tranquilidad.

El fruto de su visión y trabajo ya se ve reflejado en paseos en bicicleta, ferias orgánicas, eventos culturales y un embellecimiento muy lento y tenue del aspecto físico de la misma.

Solo juntos podemos embellecer nuestro entorno para el beneficio de todos y el planeta. De nada sirve aislarnos en nuestro pequeño mundo en la periferia de la ciudad si muy pronto la realidad de seguir en ese rumbo nos va a tocar la puerta. Nuestras ciudades pueden ser bellas nuevamente y podemos ser un ejemplo de cómo un cambio de rumbo y mentalidad es lo único que se ocupa para transformar de manera positiva el mundo que nos rodea.

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