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Juegos de azar

Actualizado el 23 de julio de 2013 a las 12:01 am

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En nuestro país, el tiempo para trabajar apenas alcanza. Un alto porcentaje de la población prefiere aceptar la oferta de juegos de azar, actividad que alcanza niveles verdaderamente frenéticos. Se manifiesta las 24 horas del día, los 7 días de la semana, y como una plaga se extiende por todo el territorio nacional.

La ilusión de salir de la pobreza o la ambición de acumular un poco más de dinero son los factores envilecen y empobrecen a todo un pueblo, que gasta parte de su salario o su pensión en busca de un golpe de la suerte. Ese anhelo los ha convertido en jugadores compulsivos, verdaderos ludópatas.

Miles y miles de compatriotas han convertido al país en un inmenso casino. Muy pocos se abstienen de perder su dinero en esa quimera que es la búsqueda de poder, riqueza y fama. Se da el caso de gente que, ante la negativa de la suerte, apuesta por la política. Pero ese es un enano de otro cuento.

Algunos apostadores, muy pocos por cierto, alcanzan el sueño de tener casa propia, carro del año (aunque las carreteras no sirvan) o engordar su cuenta bancaria. La inmensa mayoría queda a la espera de que la diosa Fortuna decida hacerles un guiño.

La oferta alcanza dimensiones gigantescas: lotería, chances, raspas, pega 1, progol, pega millones (ahora le llaman loto), lotería electrónica, además de los tiempos.

¿Cultura del juego o expoliación?

Tan intensa actividad, se supone, requiere de una frondosa burocracia, cuyos salarios mantienen conjuradas cualquier denuncia o amenaza de huelga. Ah, olvidaba mencionar la demanda que tiene en el medio nacional la lotería panameña. La fantasía trasciende las fronteras.

El juego de los tiempos constituye un multimillonario negocio en el que participan tanto instituciones del Estado como empresarios privados, generalmente ocultos en el anonimato. Operan sin ningún marco legal ni compromiso con el sistema tributario. Ante ellos, la Junta de Protección Social prefiere no hacer olas, pues todo parece indicar que el pastel alcanza para todos.

Los que dan la cara son los vendedores (los “tiemperos”) que han encontrado en esa actividad una forma digna de llevar el sustento a sus hogares. Todo parece indicar que la oferta está a la altura de la demanda. Un ejército de vendedores recorre el país ofreciendo su mercancía. Hasta hace algunos años, esa actividad cumplía una función social: estaba reservada para viudas o personas con alguna minusvalía.

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En la actualidad, el requisito es tener el dinero para pagar la cuota correspondiente y buenas piernas para caminar hasta encontrar a ese eterno aspirante a rico.

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